Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo.
Olvidar
He estado diciéndome toda la tarde, dudando de venir aquí, a escribir sobre ello. Porque aceptemoslo: el más hermoso sueño no vale nada al ser contrastado con la realidad. ¿Alguna vez acaso, hemos estado juntos, descansando en un sofá? ¿Alguna vez, abrazado junto a ella de manera casual (en el mismo sofá), me he detenido a explicarle mis temores y, entregándome por completo a su sonrisa, a (por primera vez) confiar? ¿Alguna vez estuvimos en alguna sala de amplias ventanas que daban a un jardín, tan hermoso como ella? Claro que no. Y he dudado en venir aquí una vez más porque sé que ese es el problema (o parte de. El escribir así; el sentir así. Todo eso denota una negación a la realidad de los que me rodean. Este es mi mundo. Y obviamente, estoy solo en él). El hecho de que cada texto, cada sueño, cada memoria; no logran sino alimentar las llamas de este infierno, que es este bregar diario sin ella. También porque al despertar hoy, a diferencia de otras veces en que la sueño, no fui ya presa de aquella devoradora fiebre que es la pregunta: "que será de ella? Estarán bien?". El sueño era ya, solo un cuento que seguramente leí hace tiempo, que ya olvidé de donde. Una historia ajena, que por salud mental era mejor no recordar. Porque ya basta, esto no vale. Estas palabras no sirven para regresarme a las tardes de Lima en una banca, o a su voz atrapada en esta celda conmigo. Porque es una celda, este fragmento de tiempo en el que me he recluido, abandonado de todo (fragmento de tiempo en el que me abandono). Entonces, prisionero y cínico, me digo que ella no es más que una excusa para perpetuar este castigo a mi cobardía. Y así, con el corazón vacío decido una vez más, que olvidar es mejor, que olvidar es más sano, y digo que no voy a escribir más. Entonces leo.
Y ya no sé más. Vengo a escribir.
"Finnegans Wake"..
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http://finwake.com/
(Resistiendo entrar a dicha página sin antes haber terminado con el libro)
... a dormir
Tu mano tomaba la mía
Las estrellas que brillan en tus ojos
no las dejes ir
Así que vuela, niña dorada
y encara esos miedos
Estaré contigo en tus sueños.
El mundo es mas obscuro de lo que parece.
Y estaré esperando aquella la luz
que nos guíe a través
de la peor de las noches
Y estaré esperando la señal
de tu regreso
y de que hayas encontrado tu camino.
Sé que has visto lo peor
Ya antes se había roto tu corazón
Aquellas bestias no te dejarán ir
así que aferrate a lo que sabes.
Así que a navegar niña dorada
y pelea contra esos temores
Yo estaré contigo en tus sueños
En un mundo ya sin reina.
Samsa Enamorado
-
Se despertó, para descubrir que había sufrido una metamorfosis y se había convertido en Gregorio Samsa.
Estaba acostado en la cama, mirando al techo. Le tomó tiempo a sus ojos ajustarse a la falta de luz. El techo parecía ser un techo común y corriente, del tipo que uno puede encontrar en cualquier lado. Alguna vez fue pintado de blanco, o quizás crema pálido. Años de polvo y suciedad, sin embargo, le habían dado el color de la leche vinagrada. Sin adornos ni características resaltantes. Sin tema, sin substancia. Cumplía su función básica, sin aspirar a nada más.
Había una ventana en lo alto de la habitación, a su izquierda; pero la cortina había sido removida y tenía gruesos tablones clavados a lo largo del marco. Quedaba más o menos una pulgada de espacio entre las tablas horizontales, quizás a propósito, o quizás no, eso no estaba claro. Los rayos del sol de la mañana brillaban a través, mostrando una fila de brillantes líneas paralelas en el piso. ¿Por qué había sido bloqueada la ventana de una manera tan burda? ¿Se aproximaría una gran tormenta o un tornado? ¿O era para evitar que alguien entrara? ¿O para evitar que alguien (¿él mismo, quizás?) saliera?
Aún acostado, volteó lentamente la cabeza y examinó el resto de la habitación. No veía otros muebles además de la cama en la que yacía. No había roperos, ni escritorio, ni silla. Ni un cuadro, reloj o espejo en las paredes. No lámpara o luz alguna. Tampoco pudo encontrar algún tapete o alfombra en el piso. Solo madera. Las paredes estaban cubiertas con un papel tapiz de complicado diseño, pero estaba tan viejo y gastado que con tan poca luz era poco menos que imposible reconocer de qué era el diseño.
La habitación habría servido alguna vez como un dormitorio normal. Pero ahora todo rastro de vida le había sido arrancado. Lo único que quedaba era su solitaria cama en el centro. Y no había pijamas. Ni sábanas, tampoco cubrecama ni almohada. Solo un viejo colchón.
Samsa no tenía idea de donde estaba, o de qué debería hacer. Todo lo que sabía era que ahora era un ser humano llamado Gregorio Samsa. ¿y cómo sabía eso? ¿Quizás alguien se lo había susurrado al oído mientras dormía? ¿Pero quién había sido antes de convertirse en Gregorio Samsa? ¿Qué había sido?
Apenas empezó a pensar en ello sin embargo, cuando algo parecido a una negra nube de mosquitos empezó a armar un remolino en su cabeza. El enjambre iba haciéndose más y más denso mientras se dirigía a una parte más delicada de su cerebro, zumbando por el camino. Samsa decidió dejar de pensar. Tratar de pensar en algo más resultaba ya una carga muy pesada.
En todo caso, ya tenía que aprender a mover este cuerpo. No podía quedarse ahí, mirando al techo para siempre. Aquella postura lo dejaba muy vulnerable. Así no tendría oportunidad de sobrevivir a un ataque - de aves de presa, por ejemplo. Para empezar, trató de mover los dedos. Tenía diez de ellos, cosas largas que sobresalían de sus dos manos. Cada uno tenía cierta cantidad de uniones, lo que hacía muy complicado sincronizar sus movimientos. Para empeorar las cosas, sentía su cuerpo adormecido, como si estuviera inmerso en algún líquido pesado y pegajoso, así que le resultaba difícil enviar fuerza a sus extremidades.
Aun así, luego de varios intentos y fallos, cerrando los ojos y concentrándose, le fue posible manejar mejor sus dedos. Poco a poco iba aprendiendo a moverlos a la vez. Al tiempo que terminaba de aprender a controlar el movimiento de sus dedos, la parálisis que cubría su cuerpo iba desvaneciéndose. En su lugar - como un obscuro y siniestro arrecife dejado al descubierto por la bajamar - iba despertando un insoportable dolor.
Le tomó algún tiempo a Samsa descubrir que aquél dolor era hambre. Este irrefrenable deseo de comida era nuevo para él, o al menos, no recordaba haber sentido algo parecido. Era como si hubiera pasado una semana sin probar bocado. Sentía como si el centro de su cuerpo fuera el vacío de una caverna. Sus huesos chillaron, sus músculos se tensaron, sus órganos se crisparon.
Sin poder soportar el dolor un momento más, apoyó los codos sobre el colchón y, poco a poco, fue impulsándose hacia arriba. Su columna dejó escapar algunos crujidos graves y atemorizantes durante el proceso. Dios mío, pensó. ¿Cuánto tiempo he estado aquí? su cuerpo resentía cada movimiento. Pero continuó reuniendo fuerzas hasta que finalmente logró sentarse.
Samsa observó desanimado su cuerpo desnudo. ¡Cuán deforme era! Peor que deforme. No tenía ningún mecanismo de defensa. Piel lisa y blanca (cubierta apenas por una ligera capa de cabello) con delicados vasos sanguíneos azules, visibles a través de ella. Un abdomen blando y desprotegido; genitales de una forma ridícula, imposible. Piernas y brazos desgarbados (¡apenas dos de cada uno!) un cuello delgado y fácil de romper. Una cabeza enorme y deforme con pelo duro creciendo por arriba. Dos orejas absurdas, abiertas de par en par como almejas. Era esta cosa realmente él? podría un cuerpo tan absurdo, tan fácil de destruir (sin caparazón de protección, sin armas para atacar), sobrevivir en el mundo? ¿Por qué no fue convertido en pez? ¿O en un girasol? Un pez o un girasol tenían sentido, más sentido aún, que este ser humano, Gregorio Samsa.
Esforzándose, bajó las piernas al borde de la cama hasta que las plantas de sus pies tocaron el piso. El inesperado frio de la madera desnuda lo hizo estremecerse. Luego de varios intentos fallidos que terminaron con él estrellado en el piso, logró finalmente mantenerse en balance sobre sus dos pies. De pie, golpeado y herido, con una mano sujeta al armazón de la cama para apoyarse. Su cabeza era extrañamente pesada y difícil de sostener. El sudor se escurría de sus axilas, y sus genitales se contrajeron a causa de la tensión. Tuvo que tomar varias bocanadas de aire antes de que sus músculos encogidos comenzaran a relajarse.
Una vez acostumbrado a mantenerse en pie, tenía que aprender a caminar. Caminar en dos piernas parecía alguna especie de tortura, con cada movimiento siendo un ejercicio de dolor. Lo viera como lo viera, mover una pierna hacia adelante y luego la otra era una idea tan extraña que se burlaba de todas las leyes de la naturaleza, mientras que la sobrecogedora distancia entre sus ojos y el piso lo paralizaba de terror. Tuvo que aprender a coordinar el movimiento de las caderas y el doblar de las rodillas. A cada paso sus rodillas se tambaleaban, y tenía que asegurarse apoyándose en la pared con ambas manos.
Pero sabía que no podía quedarse en esa habitación por siempre. Si no encontraba comida, y rápido, su hambriento vientre empezaría a devorarlo, y pronto dejaría de existir.
Se tambaleó hacia la puerta, manoteando las paredes a su paso. El viaje le pareció de horas, a pesar de no tener forma de medir el tiempo excepto por el dolor. Sus movimientos eran torpes; su avance, de tortuga. No lograba avanzar sin tener que apoyarse en algo. Con suerte en la calle la gente lo vería como a un lisiado.
Sujetó el pomo de la puerta y jaló. No se movió un centímetro. Empujar tuvo el mismo resultado. Entonces, giró el pomo hacia la derecha y jaló. La puerta se abrió a medias con un leve chirrido. Asomó la cabeza por la abertura y miró hacia afuera. El pasadizo estaba desierto. Estaba tan silencioso como el fondo del océano. Extendió la pierna izquierda fuera de la habitación, balanceó la parte superior de su cuerpo hacia afuera, con una mano sujeta al marco de la puerta, seguida por su pierna derecha. Avanzó lentamente por el corredor, apoyándose en las paredes.
Había cuatro puertas en el pasillo, incluyendo la que acababa de utilizar. Todas eran idénticas, todas de la misma madera oscura. ¿Qué, o quién habitaba tras ellas? deseó por un momento abrirlas y descubrirlo. Quizás entonces podría empezar a entender las misteriosas circunstancias en las que se encontraba. O al menos hallar alguna pista de algún tipo. Pasó, sin embargo junto a cada una de las puertas haciendo el menor ruido posible. La necesidad de llenar la barriga pudo más que la curiosidad. Tenía que encontrar algo para saciar su hambre.
Y ahora sabía dónde encontrarlo.
Sólo sigue el olor, pensó, olfateando. Era el aroma de comida caliente, pequeñas partículas que flotaban hacia él a través del aire. La información recabada por los receptores olfatorios en su nariz siendo transmitidas a su cerebro, produciendo una anticipación tan vívida, un deseo tan violento, que pudo sentir sus intestinos retorcerse lentamente, como por obra de un experimentado torturador. La saliva inundaba su boca.
Para llegar al origen del aroma, sin embargo, era necesario descender un empinado tramo de escalones, diecisiete exactamente. Ya tenía bastante dificultad en terreno llano - bajar esa escalera iba a ser una verdadera pesadilla. Se sujetó de la barandilla con ambas manos y empezó el descenso. Sus flacos tobillos ya estaban a punto de ceder bajo su peso, y terminó los últimos escalones casi cayéndose.
¿Y en qué pensaba Samsa mientras bajaba la escalera? Peces y girasoles, mas que nada. De haber sido transformado en un pez o en un girasol, pensó, podría haber vivido mi vida en paz, sin tener que subir ni bajar escaleras como esa.
Cuando Samsa llegó al final de los diecisiete escalones, se lanzó hacia adelante, reunió las fuerzas que le quedaban y se dirigió con paso inseguro en dirección del tentador aroma. Cruzó bajo el alto techo de la entrada de aquella sala y atravesó la puerta abierta del comedor. La comida estaba servida en una amplia mesa oval. Había cinco sillas, pero ni rastro de gente. Blancas motas de vapor surgían de los platos servidos. Un florero de vidrio con una docena de lirios ocupaba el centro de la mesa. Cuatro asientos tenían cubiertos y servilletas, sin usar, al parecer. Era como si hubiera habido gente aprestándose a cenar momentos antes, cuando un evento súbito e inesperado los hubiera ahuyentado. ¿Qué había pasado? ¿A dónde se habían ido? ¿O habían sido llevados? ¿Regresarían a terminar su cena?
Pero Samsa no tenía tiempo para pensar en eso. Dejándose caer en la silla mas cercana, tomó con las manos toda comida que tuviera a su alcance y se la metió a la boca, ignorando cuchillos, cucharas, tenedores, y servilletas. Hizo pedazos el pan y se lo tragó sin mermelada ni mantequilla, engulló enteras las salchichas sancochadas, devoró huevos sancochados con tal velocidad que casi olvida descascararlos, tomó puñados del puré de papas aun tibio y peló los encurtidos con los dedos. Lo masticó todo junto e hizo pasar el resto con agua de una jarra. El sabor no importaba. Sin sabor o delicioso, picante o agrio - era lo mismo para él. Todo lo que importaba era llenar esa caverna vacía en su interior. Comió con total concentración, como en una carrera contra el tiempo. Estaba tan concentrado en comer que, mientras se relamía los dedos, se los mordió por error. Pedazos de comida volaban por todas partes, y cuando un plato cayó al piso y se rompió el no prestó la menor atención.
Para cuando Samsa se hubo saciado y se detuvo a recobrar el aliento, ya casi no quedaba nada en la mesa, que ofrecía una visión espantosa. Parecía como si una bandada de cuervos peleoneros se hubiera metido por una ventana, se hubieran despachado a su gusto y se hubieran ido volando de nuevo. Lo único que quedó a salvo fue el florero con los lirios; pero de haber habido menos comida, podría habérselos comido también.
Se quedó sentado, aturdido en la silla por largo rato. Con las manos sobre la mesa, observaba los lirios a través de sus ojos semicerrados, respirando larga y lentamente, mientras que el alimento ingerido se abría paso a través de su sistema digestivo, del esófago a los intestinos. Una sensación de satisfacción lo envolvió como la marea subiendo. Tomó una cafetera de metal y se sirvió en una taza de cerámica blanca. El fuerte aroma le trajo el recuerdo de algo. No llegó directamente, sin embargo, sino por fragmentos. Era una sensación extraña, como si estuviera recapitulando lo presente desde algún punto en el futuro. Como si el tiempo se hubiese de algún modo partido en dos y así, recuerdo y memoria se continuaran en un ciclo cerrado, con uno siguiendo al otro. Puso gran cantidad de crema en su café, lo removió con el dedo y se lo bebió. Aunque el café se había enfriado, aún conservaba un poco de calor. Lo mantuvo en la boca un rato, temeroso, antes de dejar que se escurriera por su garganta. Descubrió que lo calmaba un poco.
Y de pronto, sintió frio. La intensidad del hambre había ahogado todas las demás sensaciones. Pero ahora ya saciado, el frio de la mañana sobre su piel lo hizo estremecerse. El fuego se había apagado. Ninguno de los calentadores parecía estar encendido. Y sobre todo, estaba completamente desnudo - estaba incluso descalzo.
Sabía que tenía que encontrar algo para vestir. Se estaba muy frio así. Además, la falta de ropa iba a ser un problema si aparecía alguien. Alguien podría llamar a la puerta. O la gente que estaba a punto de sentarse a almorzar momentos antes podría regresar. ¿Quién sabe cómo reaccionarían de encontrarlo en ese estado?
Él entendía todo eso sin haberlo analizado, o percibido mediante el intelecto. Solo lo sabía, simple, sencillo. Samsa no tenía idea de donde le venía ese conocimiento. Tal vez tuviera algo que ver con aquellos recuerdos que tenía revueltos.
Se levantó de la silla y se dirigió al centro de la sala. Aún era extraño, pero al menos ahora podía sostenerse y caminar en dos piernas sin tener que sujetarse a algo. Había un canasto de hierro forjado para guardar paraguas en la sala, con algunos bastones. Sacó uno de roble negro para apoyarse. El solo hecho de sujetar el grueso mango lo calmaba y le daba ánimos. Ahora tenía también un arma para defenderse en caso lo atacaran las aves. Se acercó a la ventana y miró hacia afuera por entre las cortinas de encaje.
La casa daba a la calle. No era una calle muy grande. Tampoco había mucha gente allí. Aun así, notó que cada persona que pasaba iba completamente vestida. Sus ropas eran de variados colores y estilos. Hombres y mujeres llevaban prendas distintas. Zapatos de cuero duro cubrían sus pies. Unos cuantos llevaban botas brillantemente lustradas. Podía oír el golpeteo de las suelas contra los adoquines. Muchos de esos hombres y mujeres llevaban sombreros. Parecían no dar importancia al hecho de andar en dos pies y con los genitales cubiertos. Samsa comparó su reflejo en el espejo de cuerpo completo con la gente que pasaba allá afuera. El hombre que vio en el espejo era una criatura frágil y de apariencia lamentable. Su abdomen estaba manchado de salsa, y migajas de pan colgaban de su vello púbico como puntos de algodón. Se sacudió la suciedad con una mano.
Si, pensó de nuevo, debo encontrar algo para cubrirme.
Miró a la calle una vez más, por si había aves a la vista. Pero no había ninguna.
El primer piso de la casa estaba conformado por el pasillo, el comedor, una cocina y una sala. Pero hasta donde él sabía, ninguna de esas habitaciones tenía ropa o similares. Lo que significaba que el acto de ponerse o sacarse la ropa debía ocurrir en algún otro lado. Quizás en alguna habitación del segundo piso.
Samsa regresó a la escalera y empezó a subir. Le sorprendió lo fácil que era subir, en comparación con bajar. Sujetándose a la barandilla, le fue posible escalar los diecisiete escalones mucho más rápidamente y sin tanto dolor o temor, deteniéndose varias veces en el camino (aunque nunca por mucho tiempo) para descansar.
Podría decirse que estaba de suerte, ya que ninguna de las habitaciones del segundo piso estaba con llave. Todo lo que tuvo que hacer fue girar la perilla y empujar, y cada puerta se abrió. Había cuatro habitaciones en total y exceptuando aquella gélida habitación del piso desnudo en la que había despertado, todas estaban confortablemente amobladas. Cada una tenía una cama y ropa limpia, un vestidor, un escritorio, una lámpara pegada al techo o a la pared y una manta o una alfombra de complicado diseñado. Los libros estaban cuidadosamente alineados en sus estantes y cuadros de pinturas al óleo de paisajes adornaban las paredes. Cada habitación tenía un florero con flores frescas. Ninguna tenía toscos tablones clavados a lo largo de la ventana. Las ventanas tenían cortinas de encaje, a través de las cuales la luz del sol caía como bendición del cielo. Todas las camas mostraban signos de haber sido utilizadas. Pudo ver la marca de cabezas en las almohadas.
Samsa encontró una bata de dormir de su talla en el closet de la habitación más grande. Se veía como algo que podría manejar. Pero no tenía idea de qué hacer con las otras ropas - como ponérselas, como llevarlas. Se veían demasiado complicadas. Tantos botones, por un lado, y no estaba seguro de cómo distinguir el frente de la espalda, o arriba de abajo. ¿Cuál se suponía debía ir por fuera y cual por dentro? La bata, por el contrario, era simple, práctica y libre de adornos. La tela, suave y ligera se sentía bien contra la piel, y el color era azul oscuro. Incluso encontró un par de pantuflas que hacían juego.
Cubrió con la bata su cuerpo desnudo y después de varios intentos logró anudársela a la cintura. Se observó en el espejo, vestido con bata y pantuflas. Era mucho mejor que andar desnudo. No era lo más abrigador, ciertamente, pero mientras permaneciera dentro de la casa evitaría el frio. Lo mejor de todo era que ya no tenía que preocuparse de que su delicada piel quedase expuesta a las perversas aves.
Cuando el timbre de la puerta sonó, Samsa ya dormitaba en la habitación más grande (y en la cama más grande) de la casa. Se estaba caliente bajo los edredones de plumas, tan acogedores como dormitar en un huevo. Se despertaba de un sueño que no podía recordar detalladamente, pero había sido placentero y alegre. La campana retumbando por toda la casa, sin embargo, lo lanzó de nuevo a la fría realidad.
Se arrastró fuera de la cama, se ajustó la bata y se puso las pantuflas azul oscuro. Sujetó el bastón negro y, apoyandose en la barandilla, bajó las escaleras tambaleándose. Fue mucho más fácil que la primera vez. Aun así, el peligro de caer estaba siempre presente. No podía bajar la guardia. Con cuidado fue bajando las escaleras un paso a la vez, mientras el timbre continuaba sonando. Quien fuera que estuviera llamando seguramente era la persona más terca e impaciente del mundo.
Con el bastón en la mano izquierda, Samsa llegó a la puerta principal. Giró la manilla hacia la derecha y jaló, y la puerta se abrió.
Una mujer pequeña esperaba afuera. Una mujer muy pequeña. Era sorprendente que hubiera llegado a alcanzar el timbre. Cuando observó con atención, sin embargo, se dio cuenta de que el tema no era su estatura. Era su espalda, doblada hacia adelante en un agacharse permanente. Esto la hacía parecer pequeña cuando de hecho, su contextura era de tamaño normal. Tenía sujeto el cabello con una banda de goma para evitar que le cayera sobre el rostro. El cabello era castaño oscuro y abundante. Llevaba puesta una maltratada chaqueta de tweed y una falda holgada, que le cubría los tobillos. Una bufanda de algodón a rayas le envolvía el cuello. No llevaba sombrero. Los zapatos eran de los altos, con pasadores, y parecía tener poco más de veinte años. Aún tenía algo de niña. Sus ojos eran grandes, su nariz pequeña, y sus labios se curvaban un poco hacia un lado, como una luna nueva. Sus cejas oscuras formaban dos líneas rectas a lo largo de la frente brindándole un aire escéptico.
"¿Es esta la residencia Samsa?" preguntó la mujer, estirando el cuello para mirarlo. Luego retorció todo su cuerpo, como la tierra durante un terremoto.
Aquello lo sorprendió, pero logró mantener la compostura. “Si”, respondió. Ya que él era Gregorio Samsa, era probable que la casa fuera la residencia Samsa. Por lo menos, no creía que hubiera algún peligro en decirlo.
Pero la mujer no pareció encontrar satisfactoria aquella respuesta. Una ligera arruga se dejaba ver en su frente. Quizás ella hubiera detectado alguna nota de confusión en su voz.
¿Entonces esta es realmente la residencia Samsa? Dijo con voz aguda, como un viejo portero increpando a un visitante sospechoso.
“Yo soy Gregorio Samsa” dijo Samsa, con la voz más relajada que pudo. De eso, al menos, estaba seguro.
“Espero que así sea,” dijo ella, agachándose a recoger una bolsa de tela que estaba a sus pies. Era de color negro y parecía muy pesada. Gastada en algunas partes, sin duda había pasado por varios dueños. “Entonces empecemos.”
Ingresó a la sala sin esperar respuesta. Samsa cerró la puerta detrás de ella. Se quedó allí, mirándolo de arriba a abajo. Parecía que la bata y las pantuflas le hicieran desconfiar.
“Tal parece que le he despertado” dijo con voz fría.
“Está bien,” respondió Samsa. Podía darse cuenta, por la expresión sombría de ella, que las ropas que llevaba no eran adecuadas para la situación, “Disculpe mi apariencia,” comenzó “Hay razones…”
La mujer ignoró sus palabras “¿Entonces?” dijo ella, con labios fruncidos.
“¿Entonces?” Samsa repitió.
“¿Entonces, donde está la cerradura que le está dando problemas?” dijo la mujer.
“¿La cerradura?”
“La cerradura que está malograda,” dijo ella. “Usted nos llamó para repararla”
“Ah” dijo Samsa “La cerradura malograda.”
Samsa rebuscó en su mente. Sin embargo, apenas había lograba enfocarse en algo, aparecía nuevamente aquella columna de mosquitos.
“No estaba enterado de nada acerca de una cerradura” dijo “Supongo que será alguna de las puertas del segundo piso.”
La mujer lo fulminó con la Mirada “¿supone?” dijo, mirando hacia arriba, hacia su rostro. Su voz se había hecho más fría. Una ceja se arqueó, escéptica. “¿Una de las puertas?” continuó.
Samsa pudo sentir su rostro enrojecerse, Su ignorancia en lo referente a la cerradura era lo que le resultaba más vergonzoso. Se aclaró la garganta para hablar, pero las palabras no salieron.
“Señor Samsa, ¿se encuentran sus padres en casa? Creo que será mejor si hablo con ellos.”
“Parece que han salido por un asunto” dijo Samsa.
“¿Un asunto?” dijo ella, consternada. “¿En medio de todo este lio?”
“En realidad no tengo idea, Cuando me levanté esta mañana, todos se habían ido,” dijo Samsa.
“¡Demonios!,” dijo la mujer. Dejó escapar un suspiro de cansancio. “Les avisamos que alguien vendría hoy a esta hora.”
“Lo lamento mucho.”
La mujer se quedó ahí por un momento. Luego lentamente, la ceja escéptica fue bajando, y ella notó el bastón en la mano izquierda de Samsa. “¿le molestan las piernas, Gregorio Samsa?”
“Si, un poco,” consiguió mentir.
Nuevamente, la mujer se sacudió repentinamente. Samsa no tenía idea que lo que significaba eso, o cual era el motivo. Pero aun así se sintió instintivamente atraído por aquella compleja secuencia de movimientos
“bueno, a la tarea,” dijo la mujer con aire de resignación. “echemos un vistazo a esas puertas del segundo piso. Crucé el puente y todo el pueblo en esta terrible situación para llegar aquí. Arriesgué la vida, de hecho. Así que no tendría mucho sentido decir, ‘Oh, ¿así que no hay nadie aquí? Volveré despues’, ¿no crees?”
¿Esta terrible situación? Samsa no alcanzaba a comprender a qué se estaba refiriendo ella. ¿Qué horrible cambio estaba sucediendo? pero decidió no pedir detalles. Mejor evitar exponer aún más su ignorancia.
Encorvada, la joven sujetó con la mano derecha la pesada bolsa negra y subió las escaleras, como un insecto rastrero. Samsa hizo lo mismo tras ella, sujetándose a la baranda. La manera de arrastrarse le ganó su simpatía - le recordaba algo.
La mujer se quedó de pie al final de la escalera e inspeccionó el pasillo. “Así que,” dijo, “una de estas cuatro puertas probablemente tenga una cerradura malograda, ¿cierto?”
El rostro de Samsa se enrojeció. “Si,” dijo “Una de esas. Puede ser la que está al final del pasillo a la izquierda, posiblemente” dijo vacilante. Esa era la puerta de la habitación en la que había despertado esa mañana.
“Puede ser,” dijo la mujer con tanta vida en la voz como una hoguera extinguida. “Posiblemente.” Ella volteó a examinar el rostro de Samsa.
“Esa o alguna otra” dijo Samsa.
La mujer suspiró de nuevo. “Gregorio Samsa,” dijo secamente. “Es un verdadero placer hablar contigo. Tan rico vocabulario, y tú siempre directo al punto.” Inmediatamente su tono cambió. “Pero no importa. Revisemos la puerta del fondo a la izquierda primero.”
La mujer fue hacia la puerta. Dio vueltas al pomo de un lado a otro y empujó, y se abrió hacia adentro. La habitación estaba como la había dejado: solo una cama con un colchón sin cubierta, que estaba menos que limpio. El piso también descubierto y las tablas clavadas cubriendo la ventana. La mujer debía haber notado todo eso, pero no se mostraba sorprendida. Su falta de reacción daba a entender que habitaciones como esta podían encontrarse por toda la ciudad.
Se agachó, abrió la bolsa negra, sacó una franela blanca y la tendió en el piso. Luego sacó algunas herramientas, que alineó cuidadosamente sobre la tela, como haría un curtido torturador mostrando los siniestros instrumentos de su oficio ante algún pobre mártir.
Eligió un alambre de grosor mediano, lo insertó en la cerradura y con mano experta, lo fue maniobrando desde varios ángulos. Con ojos semicerrados en concentración y oídos alertas al menor sonido. Luego escogió un alambre más delgado y repitió el proceso. Su rostro se tornó sombrío, y su boca cambió a la forma de algo afilado, como una espada china. Acercó una linterna larga y, con una negra mirada en los ojos, comenzó a examinar la cerradura con mayor detalle.
“¿Tienes la llave de esta cerradura?” le preguntó a Samsa
“No tengo la menor idea de donde pueda estar la llave,” respondió sinceramente.
“Ah, Gregorio Samsa, a veces me haces desear morir,” dijo.
Luego de eso, no hizo más que ignorarlo. Eligió un desarmador de las herramientas alineadas sobre la tela y procedió a retirar la cerradura de la puerta. Sus movimientos eran lentos y cuidadosos. Se detenía cada cierto tiempo para removerse y temblar como había hecho antes.
Estando de pie detrás de ella, observándola moverse de esa manera, el cuerpo de Samsa comenzó a reaccionar de manera extraña. Todo él se estaba calentando, y sus fosas nasales quemaban. Su boca estaba tan seca que producía un estruendoso sonido al tragar saliva. Le picaban los lóbulos de las orejas. Y su órgano sexual, que antes colgaba descuidado, empezó a endurecerse y expandirse. Al elevarse, dejaba ver un bulto en frente de su bata. No tenía idea, sin embargo, de lo que eso pudiera significar.
Luego de retirar la cerradura, la joven la llevó hacia la ventana, a fin de inspeccionarla a la luz del sol que se filtraba a través de las tablas. Le dio unos golpecitos con un alambre delgado y la sacudió para escuchar como sonaba. Su rostro se ensombreció y frunció los labios. Finalmente suspiró de nuevo y se dirigió a Samsa.
“Lo de adentro está roto,” dijo la mujer. “Es kaput. Esta era, como dijiste.”
“Ah, qué bueno,” dijo Samsa.
“No, no es bueno,” dijo la mujer. “No hay manera de que pueda repararlo aquí mismo. Es un tipo especial de cerradura. Tendré que llevármela y que mi padre o alguno de mis hermanos la revise. Ellos quizás puedan repararla. Yo soy solo una aprendiz - Solo puedo atender cerraduras normales.”
“Ya veo,” dijo Samsa. Así que esta joven tenía padre y hermanos. Una familia entera de cerrajeros.
“En realidad, se suponía que uno de mis hermanos vendría hoy, pero a causa de la conmoción allá afuera ellos me enviaron en su lugar. La ciudad está llena de garitas de control.” Ella volvió a observar la cerradura en sus manos. “¿Pero cómo llegó esta cerradura a romperse de esta manera? Es extraño. Alguien debe haberla removido por dentro con alguna herramienta especial. No hay otra forma de explicarlo.”
Otra vez ella tembló. Sus brazos giraron como si fuera una nadadora practicando una nueva brazada. Él encontró el acto hipnotizante y muy excitante.
Samsa se decidió. “¿Puedo preguntarle algo?” dijo.
“¿Preguntar?” dijo ella, dirigiéndole una mirada dubitativa. “No puedo imaginar qué, pero adelante.”
“¿Por qué se retuerce de esa manera a cada rato?”
Ella observó a Samsa con los labios ligeramente separados. “¿Retorcerme?” Lo pensó por un momento. “O sea, ¿así?” ella repitió el movimiento para él.
“Si, Así.”
“Mi sostén no encaja,” dijo hosca. “Eso es todo.”
“¿Sostén?” dijo Samsa con voz aburrida. Era una palabra que no encontraba en su memoria.
“Un sostén. Sabes lo que es un sostén, ¿cierto?” dijo la mujer. “¿O te parece extraño que las jorobadas lleven sostenes? ¿Crees que es vanidoso de nuestra parte?”
“¿Jorobada?” dijo Samsa. Era otra palabra que había sido tragada por aquel extenso vacío que llevaba dentro. El no tenía idea de qué estaba hablando ella. Aun así, sabía que debía decir algo.
“No, no creo eso, para nada,” murmuró.
“Pues escúchame. Las jorobadas tenemos dos senos, como cualquier otra mujer, y tenemos que usar sostenes para sujetarlos. No podemos andar por ahí como vacas balanceando las ubres”
“Claro que no.” Samsa estaba completamente perdido.
Pero los sostenes no están diseñados para nosotras - nos quedan anchos. Nuestra contextura es distinta a la de las mujeres normales, ¿cierto? así que tenemos que andar retorciéndonos para volverlos a su lugar. Las jorobadas tenemos más problemas de los que puedas imaginar. ¿Es por eso que has estado todo el rato mirándome desde atrás? ¿Es así como te excitas?
“No, nada de eso. Solo me dio curiosidad al verle hacer eso.”
Así que, en conclusión, un sostén era un aparato diseñado para mantener los pechos en su lugar, y una jorobada era una persona con la contextura similar a esta mujer en particular. Había tanto por aprender en este mundo.
“¿Seguro de que no te estás burlando de mí?” preguntó la mujer.
“No me estoy burlando de usted.”
La mujer levantó la mirada y encaró a Samsa. Pudo ver que decía la verdad - no parecía haber malicia en él. Solamente estaba algo ido, eso era todo. Era probablemente unos años mayor que ella. Además de ser lisiado, parecía ser algo tarado. Pero era de buena familia, y sus modales eran impecables. Era guapo, además, aunque un poco flaco y pálido.
Fue cuando notó la protuberancia en la parte baja de su bata.
“¿Qué diablos es eso?” dijo ella, fríamente. “¿Qué hace ese bulto ahí?”
Samsa miró hacia abajo, delante de su bata. Su sexo estaba realmente muy hinchado. Por su reacción pudo deducir que la situación era de algún modo inapropiada.
“Ya veo,” le espetó. “Te estarás preguntando como sería tirarse a una jorobada, ¿no?”
“Tirarse?” dijo. Otra palabra que no podía ubicar.
“Estás pensando que ya que una jorobada está doblada a la altura de la cintura, puedes cogerla por detrás sin problemas, ¿no?” dijo la mujer. “Créeme, hay un montón de pervertidos como tú por ahí, que al parecer creen que les dejaremos hacer lo que quieran solo porque somos jorobadas. Pues, piénsalo de nuevo huevón ¡No somos tan fáciles!”
“Estoy muy confundido,” dijo Samsa, Si le he ofendido de alguna manera, sinceramente lo lamento. Me disculpo. Por favor, perdóneme. No quise lastimarla. He estado enfermo, y hay muchas cosas que no entiendo.
“De acuerdo, creo que comprendo.” ella suspiró. “Entonces eres un poco lento, ¿no? pero tu salchicha sí que está en buena forma. Así es la vida: una con otra, supongo”
“Lo lamento,” dijo Samsa de nuevo.
“Olvidalo.” concedió. “Tengo en casa cuatro hermanos buenos para nada, y desde que era pequeña ellos me lo han mostrado todo. Todo les da risa. Jodidos bastardos, todos ellos. Así que no bromeo cuando digo que sé de qué hablo.”
Se agachó para volver sus herramientas de vuelta en la bolsa, envolviendo la cerradura rota en la tela y colocándola cuidadosamente dentro.
“Me estoy llevando la cerradura,” dijo, levantándose. “Díselo a tus padres. O la arreglamos o la reemplazamos. Y si tenemos que conseguir una nueva, eso puede tardar algo de tiempo, así como están las cosas actualmente. No te olvides de decirles, ¿O.K.? ¿Me entiendes? ¿Te acordarás?”
“Les diré,” dijo Samsa.
Ella bajó lentamente la escalera, seguida por Samsa. Ambos eran un ejemplo de contraste: Ella parecía estar arrastrándose a gatas, mientras que él iba inclinado hacia atrás de la forma menos natural. Pero sus ritmos eran idénticos. Samsa intentaba sin éxito reprimir su “bulto” pero este se resistía a volver a su estado anterior. Observar los movimientos de ella desde atrás, mientras descendía las escaleras le hizo estremecer el corazón. Sangre fresca y caliente corría en torrentes por sus venas. El terco bulto persistía.
“Como te dije antes, se suponía que uno de mis hermanos vendría hoy,” dijo la mujer cuando llegaron a la entrada. Pero las calles están infestadas de soldados y tanques. Están encerrando a la gente. Es por eso que los hombres de mi familia no pueden salir a la calle. Si te arrestan, no hay manera de saber cuándo regresarás. Es por eso que me enviaron a mí. Todo el camino cruzando Praga, sola. ‘Nadie se va a fijar en una chica jorobada,’ dijeron”
“¿Tanques?” murmuró Samsa.
“Si, un montón. Tanques con cañones y metralletas. Tu cañón es impresionante,” dijo ella, apuntando al bulto bajo su bata, “pero esos cañones son más grandes y más duros, y mucho más letales. Esperemos que toda tu familia logre regresar a salvo.”
Samsa decidió tomar al toro por las astas. “¿Sería posible encontrarnos de nuevo?” dijo.
La joven estiró la cabeza hacia Samsa. “¿Estás diciendo que quieres verme de nuevo?”
“Sí, quiero verte una vez más”
“¿Con tu cosa sobresaliendo así?”
Samsa bajó la mirada nuevamente hacia el bulto. “No sé cómo explicarlo, pero eso no tiene nada que ver son mis sentimientos. Debe ser algún tipo de problema del corazón.”
“No digas,” dijo ella. “Un problema del corazón, dices. Es una forma interesante de explicarlo. No había escuchado esa antes”
“Verás, está fuera de mi control.”
“¿Y no tiene nada que ver con tirar?”
“Tirar no es lo que tengo en mente. En serio.”
“Entonces déjame comprender esto. Cuando tu cosa se pone así de grande y dura, ¿no es tu mente sino tu corazón lo que lo causa?”
Samsa asintió
“¿Lo juras por Dios?” dijo la mujer.
“Dios,” Samsa repitió. Otra palabra que no recordaba haber oído antes. Se quedó en silencio.
La mujer meneó la cabeza, cansada. Se retorció y volteó nuevamente para ajustar su sostén. “Olvídalo, tal parece que Dios dejó Praga hace unos días. Olvidémonos de eso.”
“Entonces ¿podré verte de nuevo?” preguntó Samsa.
Una mirada distinta se pudo ver en el rostro de la joven - los ojos fijos en algún lejano y brumoso paisaje.
“¿En verdad quieres verme de nuevo?”
Samsa asintió.
“¿Y qué haríamos?”
“Podríamos hablar.”
“¿Acerca de qué?” preguntó la mujer.
“De varias cosas.”
“¿Solo hablar?”
“Hay tantas cosas que quisiera preguntarte,” dijo Samsa.
“¿Sobre qué?”
“Sobre este mundo. Sobre tí. Siento como si hubiera tantas cosas de las que necesitamos hablar. Tanques, por ejemplo. Y Dios. Y sostenes. Y cerraduras.”
Otro silencio cayó sobre ellos.
“No lo sé,” dijo finalmente la mujer. Sacudió lentamente la cabeza, pero el frío en su voz era menos notorio. “Tú eres más educado que yo. Y dudo que a tus padres les emocione ver a su precioso hijo en tratos con una jorobada del lado feo del pueblo. Aún si ese hijo es un lisiado y algo lento. Para colmo, la ciudad entera está repleta de tanques y tropas extranjeras. Quien sabe lo que nos espera.”
Samsa ciertamente no tenía idea de lo que les esperaba. Estaba a oscuras acerca de todo: el futuro, por supuesto, pero el presente y el pasado también. ¿Qué era correcto, y qué estaba mal? solo el aprender cómo vestirse era un enigma.
“De cualquier forma, yo volveré por aquí en unos días,” dijo la joven. “Si podemos arreglarla, traeré la cerradura, y si no podemos, tendré que regresarla, de todos modos. Se les cobrará por el servicio a domicilio, por supuesto. Si estás aquí, entonces podremos vernos. Que tengamos o no esa larga charla o no, eso no lo sé. Pero si yo fuera tú escondería ese bulto de tus padres. En la vida real, no te elogian por mostrar ese tipo de cosas.”
Samsa asintió. Aunque no tenía claro como algo así pudiera ocultarse.
“Es extraño, no crees?” dijo la mujer con voz pensativa. “Todo está explotando alrededor nuestro, pero aún hay quienes se preocupan por una cerradura rota, y otros lo suficientemente apegados a su deber como para tratar de repararla… pero quizás así es como debería ser. Tal vez encargarse de las pequeñas cosas tan responsablemente y honestamente como se pueda es cómo podemos mantenernos cuerdos mientras el mundo se cae a pedazos.”
La mujer miró a Samsa a a la cara. “No quisiera entrometerme, pero ¿qué hay con esa habitación del segundo piso? ¿Por qué tus padres necesitan una cerradura tan grande para un cuarto que no tiene más que una cama, y por qué les preocupó tanto cuando la cerradura se malogró? ¿Y qué hay de esas tablas cubriendo la ventana? ¿Había algo encerrado ahí, acaso - es eso?”
Samsa negó con la cabeza. Si alguien o algo hubiera estado encerrado ahí, seguramente hubiera sido él. ¿Pero por qué habría sido eso necesario? no tenía idea.
“Supongo que no sirve de nada preguntarte,” dijo la mujer “Bien, me tengo que ir. Se preocuparán si llego tarde. Ruega por que pueda cruzar el pueblo en una pieza. Que los soldados no presten atención a una pobre y pequeña jorobada. Que ninguno de ellos sea un pervertido. Ya estamos jodidos lo suficiente, tal como están las cosas.”
“Rogaré,” dijo Samsa. Pero no tenía idea de lo que significaba “pervertido”. O “rogar,” para empezar.
La mujer tomó su bolso negro y, aún encorvada, se dirigió a la puerta.
“¿Te veré de nuevo?” preguntó Samsa por última vez.
“Si piensas en una persona con la suficiente fuerza, es seguro que la volverás a ver,” dijo ella, despidiendose. Esta vez había verdadera calidez en su voz.
“Cuidado con las aves,” le respondió. Ella volteó y asintió. Luego salió a la calle.
Samsa observaba por entre las cortinas mientras la encorvada silueta cruzaba la vereda adoquinada. Ella se movía torpemente, pero con sorprendente velocidad. Él encontraba cada movimiento de ella encantador. Le recordaba un insecto de agua que se aventurase a corretear en tierra seca. A él le parecía que caminar como lo hacía ella tenía más sentido que andar haciendo malabares en dos piernas.
No hacía mucho que la había perdido de vista cuando notó que sus genitales habían regresado a su estado blando y encogido. Aquel súbito e impetuoso bulto había, en algún momento, desaparecido. Ahora su sexo colgaba entre sus piernas como fruto descuidado, tranquilo e indefenso. Sus testículos descansaban cómodamente en su bolsa. Acomodándose el cinturón de la bata se sentó a la mesa del comedor y se terminó lo que quedaba de aquel frio café.
La gente que vivía aquí se había ido a algún otro lado. Él no sabía quiénes eran, pero suponía que serían su familia. Algo había sucedido de repente, y se habían marchado. Quizás nunca regresarían. ¿Qué significaría “el mundo se está cayendo a pedazos”? Gregorio Samsa no tenía la menor idea. Tropas extranjeras, puestos de control, tanques - todo aquello estaba envuelto en misterio.
Lo único que podía asegurar era que deseaba volver a ver a la chica jorobada de nuevo. Para sentarse uno frente al otro y conversar a sus anchas, para desentrañar los enigmas del mundo junto a ella. Deseaba observar desde todos los ángulos la manera en que se retorcía y temblaba cuando se ajustaba el sostén. De ser posible, deseaba recorrer el cuerpo de ella con sus manos. Tocar su delicada piel y sentir su calor en la punta de los dedos. Subir y bajar junto a ella las escaleras del mundo.
Solo el pensar en ella le devolvía la calidez. Ya no deseaba ser un pez o un girasol - o alguna otra cosa. Estaba contento con ser un humano. Aunque claro, era tremendo inconveniente tener que caminar en dos piernas y llevar ropa. Había tantas cosas que no sabía. Pero de haber sido pez o girasol en vez de humano, jamás habría podido experimentar esta emoción. De eso estaba seguro.
Samsa se quedó sentado largo rato con los ojos cerrados. Luego, decidido, se puso de pie, sujetó el bastón negro y se dirigió a las escaleras. Regresaría al segundo piso a encontrar la manera de vestir adecuadamente. Por lo pronto, esa sería su misión.
El mundo lo esperaba en su aprendizaje.
Mierda. Pienso
¿es verdad?
Entonces googleo y es cierto.
¿No había escuchado de él hace poco?
(¿hace cuanto? ¿un mes? ¿dos meses?)
Que decían que estaba mal de salud o algo así?
¿Entonces? no iba a ser sorpresa, ¿no?
O sea, todos mueren, claro
Todos mueren.
.
.
.
Entonces, ¿por qué escribo esto?
Spoilers
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| (a forzar la vista!) |
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| (y aca suelta la sorpresa del cuento) |
(Por cierto, gracias R por el dato. Ya me habia olvidado de esperar este libro)
(Y asi es como no termino nunca de traducir lo que me propongo -_-')
Tenía planeado...
Esta otra traducción salió más rápido, así que... ahí va.
Recuerdos, iluminen los resquicios de nuestras mentes
Del original Memories, Light the Corners of our Minds
De Steve Smith
Lucas Tres aún continuaba en la cafetería mucho después de su partida; mucho después de que la gente que había observado aquella escena ya se hubiera marchado. Sentado por horas luego de que ella, de manera calma y despiadada terminase con su relación de tres años; con tal calculada precisión de lenguaje que ni siquiera él lo hubiera podido explicar mejor.
"Ha sido divertido, realmente... ha sido fantástico, pero tú sabías que esto no iba a durar." Ella no había tocado su café, lo cual nunca era buena señal.
"Tú nunca vas a envejecer, mientras que yo envejeceré y moriré. En algún momento me dejarás por alguien más joven, y para entonces ya estaré demasiado vieja para encontrar a alguien que me ame y sencillamente moriré sola." sus manos dibujaban en el vacío frente a ella mientras hablaba. Varias veces se había preguntado, si se le hubiera forzado a mantener las manos en los bolsillos, ¿sería capaz de hablar? él sonrió ante la sola idea, y el sonreír le resultó doloroso.
"Ya mis amigos te encuentran 'pintoresco' y tus amigos me ven como si fuera poca cosa. Janson Cuatro me llamó 'reliquia'. ¿Reliquia? tengo veintinueve años, no soy una maldita reliquia." Ella levantó su vaso y lo volvió a su sitio sin beberlo. "¿Que dirán de mí a los cincuenta y nueve? ¿setenta y nueve? ¿seré entonces la atracción de feria de tus eventos sociales? lo siento, no voy a esperar a eso. Tú sabías que este día llegaría, y llegó. Ya he sacado mis cosas del departamento esta mañana. Puedes revocar mis accesos cuando quieras, ya no voy a regresar."
Ya estaba de pie en ese momento y de repente, consciente de que su voz elevada sin querer había llamado la atención de los comensales y motivado conversaciones susurradas, bajó la voz y dejó caer los hombros, mientras los ojos perdían aquella llamarada, que era su propósito de llegar hasta el final, dejándose vencer por una neblina de inseguridad
"Escucha Lucas, lo lamento. En verdad. Te he amado, aún te amo," su voz se quebró, "pero no puedo continuar así. Me tengo que ir."
Llegó hasta la puerta antes de voltear.
"Adiós" fue todo lo que dijo, y luego se había ido.
Cuando el dueño de la cafetería, nada sutil él, apagó las luces y movió la señal de "Cerrado" en la puerta, Lucas salió al aire de la noche. Ella había sido lo más hermoso que él había visto alguna vez, una luz brillante en un mar de gris, y se había marchado. Si tuviera un corazón, estaría rompiéndose en este momento, y hasta donde él sabía, su diseño no había sido preparado para sentir lo que estaba sintiendo, los pensamientos y las respuestas emotivas agolpándose en su cabeza eran demasiado para soportarlo. Empezó a pensar que si no hacía algo, terminaría por fallar por completo.
En el muelle, al murmullo de las olas acunando la costa, desactivó los seguros y ejecutó una búsqueda de sus recuerdos, trasladando cada momento que compartieron juntos a un solo bloque, y sin dudarlo un momento, eliminó ese bloque por completo.
Cuando el proceso se hubo completado, le quedó una extraña sensación de vacío, pero la ansiedad ya había desaparecido.
Cuando volteó, la vió; quizás lo mas hermoso que había visto alguna vez. Se acercaron mutuamente, y pudo ver que ella había estado llorando, el rostro marcado y el maquillaje arruinado. "Que pintoresco" pensó en voz alta, y ella se detuvo, buscando con la mirada los ojos de él.
"Lucas," dijo ella mientras él pasaba, "Lucas," su voz casi suplicante, "Lo siento, no quiero vivir sin tí."
Mientras llegaba al final del muelle, la voz de la extraña y bella mujer se apagaba detrás suyo, y al alejarse se preguntó a quién irían dirigidas esas palabras.
Dobló la esquina de la cafetería de siempre, y tropezó, con la mente acelerada, con procesos mentales y emocionales corriendo como locos sin motivo aparente. Hubiera jurado que si tuviera un corazón y alguna vez hubiera permitido a alguien entrar, que así se sentiría este corazón imaginario si es que fuera a romperse.
“¿Tienes la palabra clave?”
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Algunas horas, nada más...
... duran más que tu vida
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https://www.youtube.com/watch?v=SBpsanEPUuk&feature=youtube_gdata_player
Hace tiempo que nunca...
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What the Fox say?
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Hey! A donde se van? Neuronas? Regresen! Les juro que no lo vuelvo a hacer! Vengan! Regresen! Vamos a ver algo de... Tarkovski?... si?
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No se vaayaaaannn!!!
Releer
20121210
(Traicioneramente. Traidoramente)
Es un tiempo extraño. Detenido, si se quiere. Ya no recuerdo cuando fué la última vez que escribí, o la última vez que me detuve a escuchar música. La escucho, obviamente, pero es un sonido ajeno, percibido lejano en alguna habitación contigua, en el laberinto de mi cabeza. Se ha hecho presente en la vigilia, un sueño recurrente: camino un camino largo, navegando la niebla más espesa, cuando me asalta la certeza de que hay una pared frente a mí, de que si sigo caminando finalmente la veré. Me detengo de improviso, porque no quiero aceptar esta certeza, este saber en los huesos, que mi camino se acaba. No quiero continuar, no quiero ver el final. Es, claramente, el punto crítico de esta escena de la que repito los pasos cada vez que ando algún camino largo, el punto en el que me quedo quieto, esperando que acabe la puesta en escena. Y es precísamente mi indecisión la que me expulsa de este onírico teatro, de vuelta a la vereda, de vuelta a ser espectador.
Ciertamente he ido cauterizando varias pequeñas heridas, una a la vez. He tratado de tomarme el tiempo necesario para comprender (y para comprenderme). He vuelto a buscar respuestas a preguntas obvias, cuyas respuestas ya sabía lógicas, pero no sinceras. Qué más he dejado? He dejado de leer, claro. He dejado de preocuparme del trabajo, de ahorrar, de pensar en que debería hacer el próximo año, o la próxima semana. He dejado de saludar, he dejado los correos o los mensajes a conocidos, he dejado de buscar eso que no sé qué es, pero que desde hace mucho tiempo buscaba. Se ha instalado el silencio. Toda comunicación no pasa de esa habitación que mencioné lineas arriba. Todo es protocolar. Acuse de recibo? Sello y retirese.
Mas de una vez abuelo mencionó aquello de encontrar "ese algo especial". Lo repetía tantas veces, desesperado en su esperanza, al borde... al otro lado del borde. Desesperado y atónito, mirando hacia atrás, al borde que acaba de cruzar. A donde acabo yo de llegar. Quisiera creer que encontró alguna respuesta, pero sé que no fué así. Se fué sin saber como buscar, tal como estoy yo ahora.
Saber, conocer. Castellano, te admiro por dejar en claro aquellas sutiles diferencias que el inglés se pierde con su apurado to know. Respuesta: te sé, pero no te conozco. Y así, sabiendo sin conocer, como quien se memoriza el mapa pero jamás se atreve a viajar, repaso los dedos por la ruta que me ha de llevar a donde no me atrevo a llegar. Ciego y deseperado, aferrado al tacto del mapa, queriendo creer que los crispados dedos puedan percibir la tinta, aferrados a una respuesta que ya no se puede leer.
He decidido reiniciar un circulo voluntariamente. He decidido releer un libro. Parecerá algo sencillo, pero la verdad es que yo no releo. Jamás he terminado por segunda vez un libro. ¿Por qué me decido a releer? Alguna vez alguien que quiero me dijo (o quizás lo soñé), que para que las cosas sucedieran, tenía que decidirme yo a hacer que sucedan. Con lo cual estoy por completo de acuerdo... siempre y cuando lo que quiero que suceda no afecte a nadie más que a mí. La idea de imponer mi voluntad, o causar malestar a alguien me aprisiona en mis razones. ¿Quien me creo yo, para importunar así algún mundo ajeno? El pensamiento de que alguien pueda verse afectado por lo que haga o deje de hacer me congela en el sitio.
Así pues, releo. Me traiciono (que no importa) con la certeza de que encontraré otras respuestas, que pensaré en las antiguas y que la idea del "esta parte ya la leí, quizás deba adelantar" estará al acecho en cada página, tentándome a abandonar.
Así empiezo este círculo de relecturas: con El fin del mundo y un despiadado pais de las maravillas. Murakami, llevando al protagonista por aquellas habitaciones extrañas de paredes blancas, techo blanco y moqueta color café. Solo hace falta en el escritorio, una botellita con la etiqueta: bébeme.
Pag. 159 - 160
¿En París, por encontrarse estabilizado, hubiera escrito más ficción? No se puede saber. Lo que sí sabemos es lo que pensaba Cortázar en cuanto al lugar y el momento adecuados para la escritura, y en esta cuestión siempre se mostró reacio a un programa y a un orden. "Nunca la he tenido [la noción de horario]. La época en la que he tenido que ganarme la vida con algo que no tenía que ver con la literatura, nunca aguanté los horarios. Siempre me busqué un tipo de empleo que supusiera dos o tres horas de trabajo a lo sumo, aunque te pagaran muy poco, porque luego salías a la calle y eras tú. Entonces en el trabajo literario es lo mismo. Yo no soy absolutamente nada disciplinado." Un cuento o una novela podían empezar en cualquier lugar, en cualquier momento. nunca fue partidario de prefijar una cuota del dia rutinariamente establecida a tal fin, como Vargas Llosao como García Márquez, por citar a dos autores próximos, entre otras cosas porque le resultaba insoportable, y mantuvo siempre que podía escribir en cualquier sitio: en el subte, en un ómnibus, en un avión, en un café, en la sala de espera de un aeropuerto o en una estación, en la oficina de la UNESCO, entre sesión y sesión, cuando se convirtió en traductor vinculado a ella.
En los últimos años, sin embargo, siempre reconoció también que prefería el silencio para hacerlo. Además, este planteamiento anárquico cambia "cuando estoy llegando al punto central de lo que quiero decir porque en ese momento yo soy un poco la víctima de lo que estoy haciendo, estoy poseído por lo que estoy haciendo. Por ejemplo, todo el final de Rayuela está escrito en condiciones físicas tremendas porque yo me olvidé del tiempo. No sabía si era de día o denoche. Mi mujer [se refiere a Aurora Bernárdez] venía con un tazón de sopa y me decía "Bueno, hay que dormir un poco", ese tipo de cosas. Pero antes de eso habían pasado dos años en que yo no había escrito nada. Escribía cosas sueltas, así un capítulo. Luego hay un momento en que todo se concentra, y ahí hay que terminar. Pero no es una cuestión de horario sino de obsesión".
Julio Cortázar, una biografía revisada
Miguel Herráez
Sombras chinescas
Llamo y como siempre, no se me ocurre nada que decir. Quizás que ví una película. Pero eso no es importante. Quizás si. Es novedoso, es algo nuevo en esta existencia de 24/3 de trabajar, dormir y pensar en qué hacer con el tercio restante. También es testimonio del porqué escribo en vez de hablar.
Acerca la cañita (“sorbete” voy a escribir, si lo llego a contar) a los labios y lo que sigue es un largo y leeeento sorbo de jugo de naranja.
¿Qué te parece?
Empieza bien… ¿cuando lo terminas?
Ehm… ese es el texto completo. Es todo el cuento.
… ah
Luego de otro largo sorbo, se digna a apaciguar mi mirada interrogante:
¿Porqué no la alargas un poco? o sea, el resultado se venía venir y a pesar de que el espectador ya conoce el final, la narración logra mantener cierto nivel de tensión, que le da un toque… fatalista? no, esa no es la palabra, pero por ahi va. Lo que pasa es que llega muy rápido. Tal vez demasiado rápido como para que esa ominosidad envuelva completamente al lector y le permita tragarse el desenlace.
Gastando menos saliva: apresuré el final.
No. Prefiero gastar más saliva a fin de que se me entienda mejor. ¿Ya ves? de repente ese es el problema con este cuento: se niega a gastar saliva.
Vuelvo la hoja a mis ojos, repasando las linea de manera casi ritual. No quiero que el protagonista pase por lo que tiene que pasar, pero ambos sabemos que es inevitable.
podría haber seguido ocultandole lo del robo a la familia…
… entonces la familia lo hubiera internado, o lo hubieran perdonado, o cosas como esas
… o lo podrían haber botado.
Eso, claro.
Pero para que el lector tema una reacción de la familia le debes mostrar los antecedentes. De repente un hermano mayor desheredado u olvidado por haber hecho algo parecido… no sé, algo así.
Pero si hago eso le quito al lector que ponga de sí en la historia. Que ponga por ejemplo, a su familia. Claro, el lector no dirá “qué haría mi familia si yo...”, pero sin querer, sus elucubraciones al desarrollar la historia tomarán como base su entorno directo, ves? ”Yo”, “mi familia”... eso es lo que quiero en el lector.
Guardo la hoja doblada en el cuaderno que luego guardo en la mochila.
Pues no sé… yo no vi nada de eso.
tal vez porque… no sé, creo que sabes porqué, pero somos demasiado flojos para explicarlo. Pero luego de las explicaciones técnicas, qué te pareció?
Llega la ensalada
te vas a terminar todo eso?
Nunca me lo acabo
¿entonces?
¿entonces qué?
dirigimos una mirada breve al mozo, que responde con un asentimiento de cabeza, mientras pone en la mesa el plato adicional que no sabíamos que tenía en la bandeja. Nos reimos y agradecemos. Se retira sonriendo.
¿Podrías escribir una historia sobre un mozo?
No sé… supongo que si
…
¿Pero podrías escribir un buen cuento sobre un mozo?
Sonrío ante la ironía mientras separo una porción de ensalada en el plato vacío. Espero a que se descuide e intercambio los papeles.
El cuento de la semana pasada, no sé…
¿El que te pasé por correo? - asiente en silencio -
hasta ahora todos tienen la misma atmósfera enervante, o mas bien… me enerva leerlos.
Eso fue cruel - sonríe, mostrando al fin algo de interés -
Déjame que me explique. Quizás patine feo acá, pero me da la impresión de que buscas mostrar un estilo, una especie de marca característica. Que cuando lean un cuento sepan que fuiste tú.
Esas ”elucubraciones”... eso, se lo dejo al lector.
Pero es que no te sale!
Alza los brazos al decirlo, fingiendo alarma, para luego disculparse con el mozo que creía que lo estaba llamando.
Pero no crees que hay que desarrollar un estilo?
Desarrollar… claro! pero no encontrar en algun lado un estilo para luego decir: yo voy a escribir así. Eso es buscar desarrollar cierto estilo en vez de encontrar primero el propio, no?
Pero es que ese es mi estilo! yo soy así!
Entonces caí en la cuenta: me había sobrepasado. Quizás le estuve dando demasiadas vueltas al asunto, luego de repasar los cuentos. Pero la sinceridad me pareció mejor idea. Aunque claro, es solo mi opinión. Como sea.
En los tuyos ni siquiera se distingue quien dice qué!
Ya que estamos en confianza - me dice sonriendo - tus cuentos - a excepción de este - no llegan a ninguna parte.
Bueno, ahi creo que te equivocas.
Ah?
Llamo nuevamente al mozo - Es que creo que tampoco este llegue a ninguna parte.
Oye al viento cantar(fragmento?)
Oye al viento cantar
Haruki Murakami
1.
“No existe tal cosa como la escritura perfecta. Tanto como no existe la desesperación perfecta.”
Un escritor que tuve la oportunidad de conocer cuando estaba en la universidad me dijo esto alguna vez. Aunque fue mucho después cuando comprendí el verdadero alcance de estas palabras, al menos podía hallar algo de consuelo en ellas. En el hecho de que no existiera tal cosa como la escritura perfecta.
Pero era igual, cuando tenía que ponerme a escribir, siempre era superado por la desesperación. El alcance de mis habilidades era demasiado limitado. Aún si pudiera escribir acerca de, digamos, elefantes, probablemente no hubiera escrito una sola línea acerca de los entrenadores de elefantes. Así era.
Durante 8 años, estuve atrapado en ese dilema - y 8 años es un largo tiempo.
Pero claro, uno puede decirse a sí mismo que siempre hay una lección que aprender de todo, y envejecer no debería ser así de difícil. Esa es la tendencia general.
Desde que llegué a los 20, he tratado de ceñirme a esta filosofía de vida. Gracias a la cual he recibido puñaladas, he sido engañado y malentendido innumerables veces, o con la misma frecuencia me he encontrado en las más extrañas situaciones. Todo tipo de gente se me ha acercado para contarme sus historias, pasando sobre mí como si yo fuera un puente, para no volver jamás. Todo el tiempo mantenía la boca cerrada sin decir nada. Así es como vi pasar mis veintitantos años.
Ahora creo que estoy listo para hablar.
De hecho que no he encontrado la solución a nada. Si la idea fuera esa, para cuando hubiera terminado de hablar, las cosas no serán distintas de cuando empecé. Caes en la cuenta rápidamente: escribir no es ninguna forma de autoayuda. Es apenas un pasable intento de autoayuda.
Aún así, es tremendamente difícil decir las cosas honestamente. Mientras más honesto trato de ser, más se alejan en la distancia las palabras adecuadas.
No es que quiera racionalizarlo, pero al menos este escrito es mi mejor esfuerzo en este momento dado. No hay más que decir. Y aún así, me encuentro pensando que, si todo sale bien, en algún momento más adelante, años, tal vez décadas a partir de hoy, podría descubrir, al final, que estos esfuerzos han sido mi salvación. Entonces contemplaré, desde ese punto, a los elefantes regresando a las planicies y plasmaré esta visión en palabras más hermosas.
***
He aprendido bastante sobre escribir de Derek Heartfield. Tal vez casi todo. Desafortunadamente, Heartfield era un talento desperdiciado, en todo el sentido de la palabra. Léelo y verás. Su estilo es difícil, las historias, imposibles; los temas, infantiles. Sin embargo, era uno de los pocos escritores caracterizados por la habilidad de darle una buena pelea a las palabras. Un contemporáneo de Hemingway, Fitzgerald, y toda esa gente. Heartfield era, a mi parecer, no menos “luchador” que ellos. Era solo que hasta el final, Heartfield nunca tuvo una imagen clara de con quién debía haber estado peleando. Ese fue, finalmente, el desperdicio de su talento.
Durante 8 años y 2 meses él luchó en vano, luego murió. Una buena mañana de domingo, en junio de 1938, un retrato de Hitler sujeto a su mano derecha y un paraguas en su mano izquierda, saltó desde la cima del edificio Empire State. Fue tan inadvertida su muerte, como había sido su vida.
Fue durante las vacaciones de verano, en mi tercer año de preparatoria - y yo estaba con una terrible picazón en la entrepierna - que una edición agotada de Heartfield encontró su rumbo a mis manos. El tío que me dio el libro desarrolló cáncer intestinal 3 años después, y murió con dolor insoportable, las tripas por completo en pedazos y tubos de plástico entrando y saliendo de su cuerpo. La última vez que lo vi, estaba tan demacrado y enrojecido como un viejo y astuto mono.
***
En total he tenido 3 tíos, uno de los cuales murió en las afueras de Shanghai. Dos días después del cese del fuego, pisó una mina que él mismo había plantado. Mi único tío sobreviviente se había convertido desde entonces en prestidigitador, y ofrecía su espectáculo a las posadas de aguas termales por todo Japón.
***
Heartfield había dicho sobre el escribir bien: “La tarea de escribir consiste primeramente en reconocer la distancia entre uno mismo y las cosas alrededor de uno. No es sensibilidad lo que se necesita, sino una regla.” (¿Qué hay de malo en sentirse bien? 1936).
Para mí, tuvo que haber sido el año que el presidente Kennedy murió que tomé mi regla y empecé a comprobar las cosas de fuera, siempre con mucho cuidado. Eso ha sido ya hace 15 años, y en esos 15 años he abandonado un montón de cosas. Así como cuando un avión tiene problemas en el motor y empiezan a botar todo el equipaje para reducir peso, luego los asientos, y finalmente llegarán incluso a lanzar a las aeromozas. A lo largo de aquellos 15 años he descartado todo tipo de cosas, pero no me he quedado con casi nada en el proceso.
No estoy completamente seguro de haber hecho lo correcto. Ciertamente, hizo mi carga más llevadera, pero las perspectivas son realmente aterradoras: al envejecer, cuando llegue el momento de morir, ¿qué quedará en la tierra de mí? luego de mi cremación no quedará ni un hueso.
“A aquellos de espíritu triste llegan solo tristes sueños.” es lo que mi abuela siempre decía.
La noche que mi abuela murió, lo primero que hice fue acercarme a ella y cerrar sus ojos. Y en cuanto hube bajado sus párpados, los sueños de sus 79 años se dispersaron tranquilamente como una pasajera lluvia de verano en una calle de negocios, sin dejar nada atrás.
***
Una cosa más acerca de escribir. Esta es la última.
Para mí, escribir es un trabajo difícil en extremo. Hay veces que me toma un mes entero escribir una sola línea. Otras veces escribiré 3 días y noches de corrido, solo para que todo esté mal.
No obstante, escribir puede ser también divertido. Comparado con lo difícil que es la vida, el proceso de encontrarle significados a esta lo es todo para vivir tranquilo.
De vuelta en mi juventud, ¿en qué estaba? Me sorprendió tanto despertar a esta verdad, que durante una semana no dije una palabra. Que si prestaba la menor atención a las cosas, el mundo empezaría a seguir mi voluntad - eso es lo que parecía - todos los valores cambiarían, incluso el paso del tiempo empezaría a cambiar.
La trampa se descubrió, desafortunadamente, mucho después. Tracé una línea al centro de una hoja de cuaderno, puse a la izquierda las cosas que había conseguido, y a la derecha todo lo que había dejado en el camino - cosas que perdí, cosas que destruí, cosas de las que me alegraba haber perdido el rastro, cosas que sacrifiqué, cosas que traicioné - la lista era interminable.
Un enorme abismo separa a aquello de lo que intentamos ser conscientes de aquello de lo que realmente somos conscientes. Y no importa que tan larga sea tu regla, no hay medida que baste. Lo que puedo dejar aquí, por escrito, solo llega a ser un catálogo. No una novela, ni literatura, ni siquiera arte. Solo un cuaderno con una línea trazada por el centro. Y quizás una lección o dos por algún lado.
Si es arte o literatura lo que estás buscando, harías bien en leer lo que escribieron los griegos. Para que exista el verdadero arte, es necesario que exista la esclavitud. Así era con los antiguos griegos: mientras los esclavos trabajaban la tierra, preparaban los alimentos, y remaban en los barcos, los ciudadanos podían tenderse bajo el sol mediterráneo. Perderse en la composición de poemas u ocuparse de sus matemáticas. Así es con el arte.
Más los simples humanos que se dirigen a sus refrigeradores a las 3 de la mañana serían incapaces de tal escritura.
Y eso me incluye.
2.
Esta historia empieza el 8 de agosto de 1970, y termina 18 años después, el 16 de agosto del mismo año.
3.
“Los ricos pueden comer mierda!”
Rata volteó hacia mí y gritó tristemente, ambas manos apoyándose en el mostrador. O quizás estaba gritándole al molino de café detrás mio. Rata estaba sentado junto a mí en el mostrador, así que realmente no había necesidad de que volteara en mi dirección. Bueno, como sea. Una vez que se hubo calmado, continuó saboreando su cerveza con la usual expresión satisfecha. Valga decir, ni un alma prestó atención al exabrupto. El pequeño bar estaba repleto, y ¿quién no gritaba igual de fuerte a alguien más? todo el lugar parecía un barco de pasajeros a punto de hundirse.
“¡Parásitos, es lo que son!” Rata movió la cabeza, vehemente, “¡nada más que peso muerto todos ellos! ¡Me da escalofríos de solo mirar a sus caras de monederos!”
Me llevé el vaso de cerveza a los labios y asentí en silencio. Rata había dicho su discurso y guardó silencio y se quedó mirando su mano sobre el mostrador, dando vuelta a sus dedos de un lado al otro, una y otra vez, como si los estuviera asando al fuego. Me resigné a mirar al techo. No se inició una nueva línea de conversación hasta que hubo terminado de examinar sus diez dedos en orden. Siempre era así.
Solíamos beber como posesos. Durante el transcurso de un verano llegamos a tomar un estanque de 25 metros de cerveza y comer tanto maní como para cubrir el piso del bar de J con 2 pulgadas de cáscaras. Si no lo hubiéramos hecho, no habríamos sobrevivido a aquel aburrido verano.
Un poster amarillento de nicotina colgaba detrás del mostrador del bar de J, y cuando las cosas iban insoportablemente lentas nos quedábamos mirando a esa imagen durante horas sin término. La imagen era un patrón, algo como un test de Rorschach, en el que yo veía lo que parecía ser el enfrentamiento entre 2 monos verdes lanzándose al aire 2 bolas de tenis uno al otro.
Cuando le dije esto a J, el cantinero, se detuvo un momento a echar un vistazo, para luego responder con un despreocupado, “bueno, ahora que lo mencionas...”
“¿Qué crees que simbolice?” le pregunté.
“El mono de la izquierda eres tú y el de la derecha soy yo. Yo te lanzo una botella de cerveza y tú me lanzas el dinero por ella.”
Bebí mi cerveza, muy impresionado.
“¡Me dan escalofríos!”
Rata había terminado la revisión de sus dedos y estaba empezando de nuevo. Aquellas diatribas contra los ricos no eran nada nuevo en Rata, y de hecho, realmente los odiaba. Su propia familia era de posición acomodada, aunque siempre que le mencionaba ese punto, su respuesta habitual era, “eso no es culpa mía.” A veces (generalmente cuando yo había bebido demasiado), le decía “nah, en realidad es tu culpa.” Una vez que decía eso, siempre me sentía pésimo. Porque, en cierto modo, Rata tenía razón.
“¿Por qué crees que no soporto a la gente rica?”
Esa noche, Rata no se detenía. Era la primera vez que había seguido con lo mismo durante tanto tiempo.
Moví la cabeza.
“bien, déjame decirte.” Rata siempre estaba “dejándome-decirte” algo. “Es porque los ricos no se preocupan por comprender nada. Ellos necesitan una linterna y una vara incluso para rascarse sus propios traseros”
“No me digas”
“Si, muchos de ellos no tienen un solo pensamiento que valga la pena en sus cabezas. Ellos solo fingen pensar... ¿y sabes por qué?”
“Te escucho”
“Porque no lo necesitan. Claro, tienen que usar sus cabezas un poco para enriquecerse, pero ya no para mantenerse ricos. No más que un satélite necesita gasolina para seguir dando vueltas y vueltas en el mismo lugar. Pero las cosas no son así para ti o para mí. Nosotros tenemos que ingeniárnoslas para sobrevivir. Tenemos que considerar todo, desde el tiempo que hará mañana hasta el tamaño del tapón de la bañera. ¿Cierto o no?”
“Ahá.”
“ya ves, así es la cosa.”
En cuanto Rata hubo terminado, sacó un pañuelo de su bolsillo y se sonó la nariz ruidosamente. Cuan serio era acerca del tema, no sabría decir.
“aunque, todos mueren al final,” aventuré.
“¿Y qué con eso? todo el mundo tiene que morir alguna vez. Pero hasta que llegue ese momento se pasan sus buenos 50 años de vida por vivir, y déjame decirte, vivir 50 años pensando en varias cosas es todo un infierno comparado a vivir 500 años sin pensar en nada, ¿estoy en lo cierto?”. Tuve que admitir que tenía un argumento ahí.
4.
Conocí por primera vez a Rata hace 3 años en primavera. Ambos entramos a la universidad aquel año, y los 2 habíamos quedado muy vapuleados. Así que no recuerdo absolutamente nada de los que pueda haber pasado para que termináramos en aquel viaje pasadas las 4 de la mañana en su brillante Fiat 600 negro. Supongo que teníamos algun amigo en común.
Sea cual fuere el caso, íbamos ebrios, acelerando ruidosamente, y para colmo el velocímetro llegaba ya a los 50. ¿Qué mejor razón para arrancar de cuajo los arbustos de un parque, arrasar un campo de azaleas, e irnos directo contra un poste de piedra? Solo nuestra enorme suerte permitió que ninguno de los dos saliera herido.
Cuando mi cabeza se aclaró del choque, abrí la malograda puerta de una patada y salí, solo para encontrarme con que el capó había salido volando limpiamente y había aterrizado a treinta pies frente a una jaula de monos. La parte delantera del auto estaba encajada perfectamente en la superficie del poste de piedra, y los monos de la jaula no estaban nada contentos de haber sido despertados tan rudamente.
Rata yacía sentado desarreglado, con ambas manos en el volante. No estaba lastimado, solo estaba depositando en el tablero los restos de la pizza que había pedido una hora antes. Me subí sobre el carro y atisbé por la ventana del techo que daba al asiento del conductor.
“¿Estás bien?”
“Ajá, me pasé un poco con la bebida, creo. Me hizo vomitar”
“¿Puedes salir?”
“Tendrás que jalarme.”
Rata apagó el motor, tomó su paquete de cigarrillos del tablero, se lo metió al bolsillo, y luego rápidamente tomó mi mano para alzarse al techo del auto. Y allí nos quedamos, uno al lado del otro sobre el techo del Fiat, mirando al cielo empezar a iluminarse, fumando los cigarrillos en silencio. No sé porqué, pero se me vino a la mente una película de guerra protagonizada por Richard Burton. No tengo idea de qué pensaba Rata.
“hombre, la suerte de hecho está con nosotros” dijo cinco minutos después. “O sea, míranos. Ni un rasguño. ¿Puedes creerlo?
Asentí. “el auto ya es chatarra, sin embargo.”
“”Hey, no te preocupes por eso. Puedes comprar otro auto, pero no puedes comprar tu suerte.”
Eso me sorprendió un poco, y observé a Rata “¿Eres así de adinerado?”
“Así parece”
“Bien por ti”
Rata no respondió; solo se quedó moviendo la cabeza, insatisfecho. “Como sea, viajamos con la suerte a nuestro lado”
“Supongo”
Rata apagó su cigarrillo en la suela de su zapatilla, lanzando luego la colilla en dirección a la jaula de los monos.
“Hey, ¿porqué no hacemos los dos un equipo? apuesto que podríamos hacer grandes cosas.”
“¿cómo qué, para empezar?”
“¿Qué tal unas cervezas?”
Compramos media docena de cervezas de una máquina expendedora cercana, caminamos hasta la playa, nos tendimos en la arena y luego nos sacudimos. Luego miramos al mar. Iba a ser un magnífico día soleado.
“Puedes llamarme ‘Rata’,” dijo
“¿Como conseguiste un nombre así?”
“Ya lo olvidé. fué hace mucho tiempo. Al principio realmente odiaba que me llamaran así, pero ahora ni siquiera pienso en ello. Uno se acostumbra a lo que sea.”
Lanzamos las latas vacías al mar, luego nos quedamos en el embarcadero y dormimos una hora con un abrigo sobre nuestras cabezas. Cuando desperté, mi cuerpo rebosaba una extraña energía. Se sentía muy raro.
“Apuesto que puedo llegar a setenta corriendo,” le dije.
“Yo también,” dijo Rata.
En realidad, lo que terminamos teniendo que hacer fue pagar a la municipalidad los daños al parque por un periodo de tres años, con intereses.
5.
Rata era terriblemente iletrado. De hecho, jamás lo vi leer algo excepto quizás un periódico deportivo o publicidad por correo directo. Una vez, cuando yo estaba leyendo para matar el tiempo, le dio una mirada al libro, tan perplejo como una mosca mirando un matamoscas.
“¿Por qué lees libros?”
“¿Por qué bebes cerveza?”
Le respondí entre que daba bocados a la ensalada y al escabeche de caballa, sin siquiera mirarlo. Esto dejó a Rata sumido en lo profundo de sus pensamientos. Eso fue cinco minutos antes de que volviera a abrir la boca.
“Lo grandioso de la cerveza es que puedes expulsarla toda. Un out, una base, doble juego. Así todo cerrado y terminado.”
Rata me observaba seguir comiendo mientras lo decía.
“¿Por qué solo lees libros?”
Me tomé la pieza de caballa con un trago de cerveza para pasarla, alejé mi plato y comencé a pasar las hojas de La Educación Sentimental que tenía al lado.
“porque Flaubert está muerto y enterrado. Por eso.”
“¿No lees libros de autores vivos?”
“No hay nada de valor en los autores vivos”
“¿Cómo es eso?”
“Cuando la gente está muerta, puedes perdonarle ‘casi cualquier cosa’.” Terminé mi lado de la conversación mirando una repetición de “Ruta 66” en la televisión que estaba detrás del mostrador. Nuevamente, Rata se quedó en silencio, absorto en sus pensamientos.
“entonces, ¿qué hay de la gente de carne y hueso? ¿A ellos tampoco les puedes perdonar ‘casi cualquier cosa’?”
“Buena pregunta. Nunca le di mayor importancia. Pero si llegara el caso, entonces eso sería probablemente lo que sucedería. Es, sencillamente que no está en mí el perdonarles”
J se acercó y puso dos cervezas más frente a nosotros.
“Y si no puedes perdonar, ¿entonces qué?”
“Abrazo mi almohada y me voy a dormir”
Rata meneó la cabeza, se veía realmente desconcertado.
“Que extraño. Yo, no sé qué pensar,” dijo Rata.
Volví a llenar su vaso, pero eso no lo sacó de sus pensamientos.
“La última vez que leí un libro? debe haber sido el verano pasado,” dijo. “Ya olvidé el título y el autor. Ya hasta olvidé por qué lo leí, pero como sea, era una novela, escrita por una mujer. El protagonista era una mujer, una diseñadora de modas famosa, de treinta años o algo, que se le mete en la cabeza que tiene una enfermedad incurable”
“¿qué tipo de enfermedad?”
“Ya lo olvidé. Cancer o algo. ¿Alguna otra enfermedad incurable?... bien, así que va a este refugio junto a la playa, y de inicio a fin se la pasa masturbándose. En el baño, en los bosques, en su cama, en el océano, en todos sitios.”
“¿En el océano?”
“Ajá... ¿puedes creerlo? ahora, porqué alguien escribiría una novela así? tiene que haber mucho mejores cosas de las cuales escribir.”
“Eso creo”
“Novelas como esa, no gracias, no para mí. Me hacen querer vomitar”
Asentí.
“Yo, creo que escribiría un tipo de novela completamente distinto”
“¿Como por ejemplo?”
Rata pasaba el dedo por el borde de su vaso mientras se ponía a pensar un poco en ello.
“¿Qué tal esto? Estoy en un barco que se hunde en medio del pacífico. Allí estoy, sujetándome a mi salvavidas, mirando las estrellas, flotando completamente solo en el mar de noche. Una bella y tranquila noche. ¿Entonces qué debería pasar? una mujer joven, también sujeta a su salvavidas, viene nadando, así, de la nada.”
“¿Es bonita?”
“¿Tú qué crees?”
Bebo un sorbo de cerveza y meneo la cabeza.
“Suena algo tonto”
“Tú solo escucha, quieres? entonces los dos estamos flotando hombro a hombro ahí en el océano, solo disfrutando de la brisa. De dónde venimos, a donde vamos, intereses y pasatiempos, los compañeros de cama que tuvimos, programas de televisión favoritos, sueños de la noche anterior, cosas como esas. Entonces nos conseguimos unas cervezas”
“Hey, un segundo. ¿De dónde salió la cerveza?”
Rata lo pensó un segundo.
“Estaba flotando alrededor, latas de cerveza del almacén del barco. También con algunas latas de sardinas, ok?”
“Entendido.”
“Eventualmente, el amanecer se termina. ¿Qué debemos hacer? ella me pregunta. ‘Yo creo que empezaré a nadar hacia una isla’ dice ella. ‘Pero y si no hay ninguna isla?’ digo yo. ‘yo creo que me quedaré aquí, flotando y bebiendo cerveza. Seguramente vendrá un avión de rescate.’ Pero ella decide irse nadando de todos modos”
Rata suspiró y tomó un trago.
“La mujer nada durante dos días y noches hasta que finalmente llega a una isla. ¿Yo? pues, luego de la esperada resaca aparece un avión para rescatarme. Entonces, unos años después, los dos nos encontramos en un pequeño bar en Yamate,”
“Y supongo que se toman algunas cervezas, por los viejos tiempos”
“¿No te parece?”
“me conmueve” dije.
6.
La novela de Rata tenía dos puntos rescatables: primero, no hay escenas de sexo; y segundo, nadie muere. Dejado a sus anchas, un hombre se acostará con mujeres y morirá, de todos modos. Es la naturaleza del animal.
*
“¿Entonces crees que estaba equivocada?” preguntó.
Rata tomó un trago de cerveza y lentamente meneó la cabeza. “Bueno, déjame decirte, todo el mundo está equivocado.”
“¿Qué te hace pensar eso?”
“Uhm,” Rata se aclaró la garganta, luego se pasó la lengua por los labios, pero no dió respuesta.
“Yo nadé hasta no sentir los brazos tratando de alcanzar esa isla. Dolía tanto que pensé que me iba a morir. Y eso no es todo. Yo seguía pensando, ¿qué tal si tú tuvieras razón y yo estuviera equivocada? ahí estaba yo matándome, entonces, por qué tú solo te quedaste flotando sin hacer nada?”
Entonces ella forzaba una risita, para luego pasar a masajearse las sienes, desanimada. Rata consiguió algo de tiempo buscando sin rumbo en sus bolsillos. Por primera vez en tres años deseaba fumar.
“¿Deseaste que hubiera muerto?”
“Un poco.”
“De verdad, ¿solo un poco?”
“... ya lo olvidé.”
Se quedaron en silencio por un rato. Rata sintió que debía decir algo.
“Hey, no todos los hombres son creados iguales, ¿sabes?”
“¿Quien dice?”
“John F. Kennedy.”
Inasibles
1.
Un cuento que salió en la revista Somos (hace ya mucho tiempo, cuando la revista somos publicaba cuentos). Una pareja de ancianos, cada uno con su rutina. El viejo saca el sillón a la puerta de la casa, a observar la calle. Pasan los dias y cuando se ha hecho rutina, decide mover el mueble a la acera de en frente. Esa se convierte en la nueva rutina. Los dias siguen pasando, él observando el acontecer de la cuadra tal como hiciera cuando estaba del otro lado. Es entonces algo lejano e impersonal el acontecimiento, de los vecinos entrando a la casa de enfrente, y encontrar a la anciana fallecida. Oh, la anciana de la casa de enfrente, su pareja de dias anteriores, de aquella ya lejana vida al otro lado de la acera.
2.
Un texto de Cortazar, en el que hace notar como ella acompaña la frase "te quiero" con "ese aumentativo que disminuye": "mucho". Para dejar en claro que aunque existente y abundante, continúa el sentimiento prisionero de la medida.
Para ambos, aplica la pregunta: ¿cual es el cuento?






