Olvidar

- Fue un sueño hermoso.

He estado diciéndome toda la tarde, dudando de venir aquí, a escribir sobre ello. Porque aceptemoslo: el más hermoso sueño no vale nada al ser contrastado con la realidad. ¿Alguna vez acaso, hemos estado juntos, descansando en un sofá? ¿Alguna vez, abrazado junto a ella de manera casual (en el mismo sofá), me he detenido a explicarle mis temores y, entregándome por completo a su sonrisa, a (por primera vez) confiar? ¿Alguna vez estuvimos en alguna sala de amplias ventanas que daban a un jardín, tan hermoso como ella? Claro que no. Y he dudado en venir aquí una vez más porque sé que ese es el problema (o parte de. El escribir así; el sentir así. Todo eso denota una negación a la realidad de los que me rodean. Este es mi mundo. Y obviamente, estoy solo en él). El hecho de que cada texto, cada sueño, cada memoria; no logran sino alimentar las llamas de este infierno, que es este bregar diario sin ella. También porque al despertar hoy, a diferencia de otras veces en que la sueño, no fui ya presa de aquella devoradora fiebre que es la pregunta: "que será de ella? Estarán bien?". El sueño era ya, solo un cuento que seguramente leí hace tiempo, que ya olvidé de donde. Una historia ajena, que por salud mental era mejor no recordar. Porque ya basta, esto no vale. Estas palabras no sirven para regresarme a las tardes de Lima en una banca, o a su voz atrapada en esta celda conmigo. Porque es una celda, este fragmento de tiempo en el que me he recluido, abandonado de todo (fragmento de tiempo en el que me abandono). Entonces, prisionero y cínico, me digo que ella no es más que una excusa para perpetuar este castigo a mi cobardía. Y así, con el corazón vacío decido una vez más, que olvidar es mejor, que olvidar es más sano, y digo que no voy a escribir más. Entonces leo.

Y ya no sé más. Vengo a escribir.

"Finnegans Wake"..

... o: "Manual para provocar el suicidio de un traductor"
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http://finwake.com/
(Resistiendo entrar a dicha página sin antes haber terminado con el libro)

... a dormir

El tiempo se detuvo por un momento
Tu mano tomaba la mía
Las estrellas que brillan en tus ojos
no las dejes ir
Así que vuela, niña dorada
y encara esos miedos
Estaré contigo en tus sueños.
El mundo es mas obscuro de lo que parece.

Y estaré esperando aquella la luz
que nos guíe a través
de la peor de las noches
Y estaré esperando la señal
de tu regreso
y de que hayas encontrado tu camino.

Sé que has visto lo peor
Ya antes se había roto tu corazón
Aquellas bestias no te dejarán ir
así que aferrate a lo que sabes.
Así que a navegar niña dorada
y pelea contra esos temores
Yo estaré contigo en tus sueños
En un mundo ya sin reina.



Samsa Enamorado

Samsa in Love
De la traducción del japonés al inglés del cuento de Haruki Murakami Samsa in Love realizada por Ted Goossen. Publicado en The New Yorker el 28 de octubre del 2013

-

Se despertó, para descubrir que había sufrido una metamorfosis y se había convertido en Gregorio Samsa.

Estaba acostado en la cama, mirando al techo. Le tomó tiempo a sus ojos ajustarse a la falta de luz. El techo parecía ser un techo común y corriente, del tipo que uno puede encontrar en cualquier lado. Alguna vez fue pintado de blanco, o quizás crema pálido. Años de polvo y suciedad, sin embargo, le habían dado el color de la leche vinagrada. Sin adornos ni características resaltantes. Sin tema, sin substancia. Cumplía su función básica, sin aspirar a nada más.
Había una ventana en lo alto de la habitación, a su izquierda; pero la cortina había sido removida y tenía gruesos tablones clavados a lo largo del marco. Quedaba más o menos una pulgada de espacio entre las tablas horizontales, quizás a propósito, o quizás no, eso no estaba claro. Los rayos del sol de la mañana brillaban a través, mostrando una fila de brillantes líneas paralelas en el piso. ¿Por qué había sido bloqueada la ventana de una manera tan burda? ¿Se aproximaría una gran tormenta o un tornado? ¿O era para evitar que alguien entrara? ¿O para evitar que alguien (¿él mismo, quizás?) saliera?

Aún acostado, volteó lentamente la cabeza y examinó el resto de la habitación. No veía otros muebles además de la cama en la que yacía. No había roperos, ni escritorio, ni silla. Ni un cuadro, reloj o espejo en las paredes. No lámpara o luz alguna. Tampoco pudo encontrar algún tapete o alfombra en el piso. Solo madera. Las paredes estaban cubiertas con un papel tapiz de complicado diseño, pero estaba tan viejo y gastado que con tan poca luz era poco menos que imposible reconocer de qué era el diseño.

La habitación habría servido alguna vez como un dormitorio normal. Pero ahora todo rastro de vida le había sido arrancado. Lo único que quedaba era su solitaria cama en el centro. Y no había pijamas. Ni sábanas, tampoco cubrecama ni almohada. Solo un viejo colchón.

Samsa no tenía idea de donde estaba, o de qué debería hacer. Todo lo que sabía era que ahora era un ser humano llamado Gregorio Samsa. ¿y cómo sabía eso? ¿Quizás alguien se lo había susurrado al oído mientras dormía? ¿Pero quién había sido antes de convertirse en Gregorio Samsa? ¿Qué había sido?

Apenas empezó a pensar en ello sin embargo, cuando algo parecido a una negra nube de mosquitos empezó a armar un remolino en su cabeza. El enjambre iba haciéndose más y más denso mientras se dirigía a una parte más delicada de su cerebro, zumbando por el camino. Samsa decidió dejar de pensar. Tratar de pensar en algo más resultaba ya una carga muy pesada.

En todo caso, ya tenía que aprender a mover este cuerpo. No podía quedarse ahí, mirando al techo para siempre. Aquella postura lo dejaba muy vulnerable. Así no tendría oportunidad de sobrevivir a un ataque - de aves de presa, por ejemplo. Para empezar, trató de mover los dedos. Tenía diez de ellos, cosas largas que sobresalían de sus dos manos. Cada uno tenía cierta cantidad de uniones, lo que hacía muy complicado sincronizar sus movimientos. Para empeorar las cosas, sentía su cuerpo adormecido, como si estuviera inmerso en algún líquido pesado y pegajoso, así que le resultaba difícil enviar fuerza a sus extremidades.

Aun así, luego de varios intentos y fallos, cerrando los ojos y concentrándose, le fue posible manejar mejor sus dedos. Poco a poco iba aprendiendo a moverlos a la vez. Al tiempo que terminaba de aprender a controlar el movimiento de sus dedos, la parálisis que cubría su cuerpo iba desvaneciéndose. En su lugar - como un obscuro y siniestro arrecife dejado al descubierto por la bajamar - iba despertando un insoportable dolor.

Le tomó algún tiempo a Samsa descubrir que aquél dolor era hambre. Este irrefrenable deseo de comida era nuevo para él, o al menos, no recordaba haber sentido algo parecido. Era como si hubiera pasado  una semana sin probar bocado. Sentía como si el centro de su cuerpo fuera el vacío de una caverna. Sus huesos chillaron, sus músculos se tensaron, sus órganos se crisparon.

Sin poder soportar el dolor un momento más, apoyó los codos sobre el colchón y, poco a poco, fue impulsándose hacia arriba. Su columna dejó escapar algunos crujidos graves y atemorizantes durante el proceso. Dios mío, pensó. ¿Cuánto tiempo he estado aquí? su cuerpo resentía cada movimiento. Pero continuó reuniendo fuerzas hasta que finalmente logró sentarse.

Samsa observó desanimado su cuerpo desnudo. ¡Cuán deforme era! Peor que deforme. No tenía ningún mecanismo de defensa. Piel lisa y blanca (cubierta apenas por una ligera capa de cabello) con delicados vasos sanguíneos azules, visibles a través de ella. Un abdomen blando y desprotegido; genitales de una forma ridícula, imposible. Piernas y brazos desgarbados (¡apenas dos de cada uno!) un cuello delgado y fácil de romper. Una cabeza enorme y deforme con pelo duro creciendo por arriba. Dos orejas absurdas, abiertas de par en par como almejas. Era esta cosa realmente él? podría un cuerpo tan absurdo, tan fácil de destruir (sin caparazón de protección, sin armas para atacar), sobrevivir en el mundo? ¿Por qué no fue convertido en pez? ¿O en un girasol? Un pez o un girasol tenían sentido, más sentido aún, que este ser humano, Gregorio Samsa.

Esforzándose, bajó las piernas al borde de la cama hasta que las plantas de sus pies tocaron el piso. El inesperado frio de la madera desnuda lo hizo estremecerse. Luego de varios intentos fallidos que terminaron con él estrellado en el piso, logró finalmente mantenerse en balance sobre sus dos pies. De pie, golpeado y herido, con una mano sujeta al armazón de la cama para apoyarse. Su cabeza era extrañamente pesada y difícil de sostener. El sudor se escurría de sus axilas, y sus genitales se contrajeron a causa de la tensión. Tuvo que tomar varias bocanadas de aire antes de que sus músculos encogidos comenzaran a relajarse.

Una vez acostumbrado a mantenerse en pie, tenía que aprender a caminar. Caminar en dos piernas parecía alguna especie de tortura, con cada movimiento siendo un ejercicio de dolor. Lo viera como lo viera, mover una pierna hacia adelante y luego la otra era una idea tan extraña que se burlaba de todas las leyes de la naturaleza, mientras que la sobrecogedora distancia entre sus ojos y el piso lo paralizaba de terror. Tuvo que aprender a coordinar el movimiento de las caderas y el doblar de las rodillas. A cada paso sus rodillas se tambaleaban, y tenía que asegurarse apoyándose en la pared con ambas manos.

Pero sabía que no podía quedarse en esa habitación por siempre. Si no encontraba comida, y rápido, su hambriento vientre empezaría a devorarlo, y pronto dejaría de existir.

Se tambaleó hacia la puerta, manoteando las paredes a su paso. El viaje le pareció de horas, a pesar de no tener forma de medir el tiempo excepto por el dolor. Sus movimientos eran torpes; su avance, de tortuga. No lograba avanzar sin tener que apoyarse en algo. Con suerte en la calle la gente lo vería como a un lisiado.

Sujetó el pomo de la puerta y jaló. No se movió un centímetro. Empujar tuvo el mismo resultado. Entonces, giró el pomo hacia la derecha y jaló. La puerta se abrió a medias con un leve chirrido. Asomó la cabeza por la abertura y miró hacia afuera. El pasadizo estaba desierto. Estaba tan silencioso como el fondo del océano. Extendió la pierna izquierda fuera de la habitación, balanceó la parte superior de su cuerpo hacia afuera, con una mano sujeta al marco de la puerta, seguida por su pierna derecha. Avanzó lentamente por el corredor, apoyándose en las paredes.

Había cuatro puertas en el pasillo, incluyendo la que acababa de utilizar. Todas eran idénticas, todas de la misma madera oscura. ¿Qué, o quién habitaba tras ellas? deseó por un momento abrirlas y descubrirlo. Quizás entonces podría empezar a entender las misteriosas circunstancias en las que se encontraba. O al menos hallar alguna pista de algún tipo. Pasó, sin embargo junto a cada una de las puertas haciendo el menor ruido posible. La necesidad de llenar la barriga pudo más que la curiosidad. Tenía que encontrar algo para saciar su hambre.

Y ahora sabía dónde encontrarlo.

Sólo sigue el olor, pensó, olfateando. Era el aroma de comida caliente, pequeñas partículas que flotaban hacia él a través del aire. La información recabada por los receptores olfatorios en su nariz siendo transmitidas a su cerebro, produciendo una anticipación tan vívida, un deseo tan violento, que pudo sentir sus intestinos retorcerse lentamente, como por obra de un experimentado torturador. La saliva inundaba su boca.

Para llegar al origen del aroma, sin embargo, era necesario descender un empinado tramo de escalones, diecisiete exactamente. Ya tenía bastante dificultad en terreno llano - bajar esa escalera iba a ser una verdadera pesadilla. Se sujetó de la barandilla con ambas manos y empezó el descenso. Sus flacos tobillos ya estaban a punto de ceder bajo su peso, y terminó los últimos escalones casi cayéndose.

¿Y en qué pensaba Samsa mientras bajaba la escalera? Peces y girasoles, mas que nada. De haber sido transformado en un pez o en un girasol, pensó, podría haber vivido  mi vida en paz, sin tener que subir ni bajar escaleras como esa.

Cuando Samsa llegó al final de los diecisiete escalones, se lanzó hacia adelante, reunió las fuerzas que le quedaban y se dirigió con paso inseguro en dirección del tentador aroma. Cruzó bajo el alto techo de la entrada de aquella sala y atravesó la puerta abierta del comedor. La comida estaba servida en una amplia mesa oval. Había cinco sillas, pero ni rastro de gente. Blancas motas de vapor  surgían de los platos servidos. Un florero de vidrio con una docena de lirios ocupaba el centro de la mesa. Cuatro asientos tenían cubiertos y servilletas, sin usar, al parecer. Era como si hubiera habido gente aprestándose a cenar momentos antes, cuando un evento súbito e inesperado los hubiera ahuyentado. ¿Qué había pasado? ¿A dónde se habían ido? ¿O habían sido llevados? ¿Regresarían a terminar su cena?

Pero Samsa no tenía tiempo para pensar en eso. Dejándose caer en la silla mas cercana, tomó con las manos toda comida que tuviera a su alcance y se la metió a la boca, ignorando cuchillos, cucharas, tenedores, y servilletas. Hizo pedazos el pan y se lo tragó sin mermelada ni mantequilla, engulló enteras las salchichas sancochadas, devoró huevos sancochados con tal velocidad que casi olvida descascararlos, tomó puñados del puré de papas aun tibio y peló los encurtidos con los dedos. Lo masticó todo junto e hizo pasar el resto con agua de una jarra. El sabor no importaba. Sin sabor o delicioso, picante o agrio - era lo mismo para él. Todo lo que importaba era llenar esa caverna vacía en su interior. Comió con total concentración, como en una carrera contra el tiempo. Estaba tan concentrado en comer que, mientras se relamía los dedos, se los mordió por error. Pedazos de comida volaban por todas partes, y cuando un plato cayó al piso y se rompió el no prestó la menor atención.

Para cuando Samsa se hubo saciado y se detuvo a recobrar el aliento, ya casi no quedaba nada en la mesa, que ofrecía una visión espantosa. Parecía como si una bandada de cuervos peleoneros se hubiera metido por una ventana, se hubieran despachado a su gusto y se hubieran ido volando de nuevo. Lo único que quedó a salvo fue el florero con los lirios; pero de haber habido menos comida, podría habérselos comido también.

Se quedó sentado, aturdido en la silla por largo rato. Con las manos sobre la mesa, observaba los lirios a través de sus ojos semicerrados, respirando larga y lentamente, mientras que el alimento ingerido se abría paso a través de su sistema digestivo, del esófago a los intestinos. Una sensación de satisfacción lo envolvió como la marea subiendo. Tomó una cafetera de metal  y se sirvió en una taza de cerámica blanca. El fuerte aroma le trajo el recuerdo de algo. No llegó directamente, sin embargo, sino por fragmentos. Era una sensación extraña, como si estuviera recapitulando lo presente desde algún punto en el futuro. Como si el tiempo se hubiese de algún modo partido en dos y así, recuerdo y memoria se continuaran en un ciclo cerrado, con uno siguiendo al otro. Puso gran cantidad de crema en su café, lo removió con el dedo y se lo bebió. Aunque el café se había enfriado, aún conservaba un poco de calor. Lo mantuvo en la boca un rato, temeroso, antes de dejar que se escurriera por su garganta. Descubrió que lo calmaba un poco.

Y de pronto, sintió frio. La intensidad del hambre había ahogado todas las demás sensaciones. Pero ahora ya saciado, el frio de la mañana sobre su piel lo hizo estremecerse. El fuego se había apagado. Ninguno de los calentadores parecía estar encendido. Y sobre todo, estaba completamente desnudo - estaba incluso descalzo.

Sabía que tenía que encontrar algo para vestir. Se estaba muy frio así. Además, la falta de ropa iba a ser un problema si aparecía alguien. Alguien podría llamar a la puerta. O la gente que estaba a punto de sentarse a almorzar momentos antes podría regresar. ¿Quién sabe cómo reaccionarían de encontrarlo en ese estado?

Él entendía todo eso sin haberlo analizado, o percibido mediante el intelecto. Solo lo sabía, simple, sencillo. Samsa no tenía idea de donde le venía ese conocimiento. Tal vez tuviera algo que ver con aquellos recuerdos que tenía revueltos.

Se levantó de la silla y se dirigió al centro de la sala. Aún era extraño, pero al menos ahora podía sostenerse y caminar en dos piernas sin tener que sujetarse a algo. Había un canasto de hierro forjado para guardar paraguas en la sala, con algunos bastones. Sacó uno de roble negro para apoyarse. El solo hecho de sujetar el grueso mango lo calmaba y le daba ánimos. Ahora tenía también un arma para defenderse en caso lo atacaran las aves. Se acercó a la ventana y miró hacia afuera por entre las cortinas de encaje.

La casa daba a la calle. No era una calle muy grande. Tampoco había mucha gente allí. Aun así, notó que cada persona que pasaba iba completamente vestida. Sus ropas eran de variados colores y estilos. Hombres y mujeres llevaban prendas distintas. Zapatos de cuero duro cubrían sus pies. Unos cuantos llevaban botas brillantemente lustradas. Podía oír el golpeteo de las suelas contra los adoquines. Muchos de esos hombres y mujeres llevaban sombreros. Parecían no dar importancia al hecho de andar en dos pies y con los genitales cubiertos. Samsa comparó su reflejo en el espejo de cuerpo completo con la gente que pasaba allá afuera. El hombre que vio en el espejo era una criatura frágil y de apariencia lamentable. Su abdomen estaba manchado de salsa, y migajas de pan colgaban de su vello púbico como puntos de algodón. Se sacudió la suciedad con una mano.

Si, pensó de nuevo, debo encontrar algo para cubrirme.

Miró a la calle una vez más, por si había aves a la vista. Pero no había ninguna.

El primer piso de la casa estaba conformado por el pasillo, el comedor, una cocina y una sala. Pero hasta donde él sabía, ninguna de esas habitaciones tenía ropa o similares. Lo que significaba que el acto de ponerse o sacarse la ropa debía ocurrir en algún otro lado. Quizás en alguna habitación del segundo piso.

Samsa regresó a la escalera y empezó a subir. Le sorprendió lo fácil que era subir, en comparación con bajar. Sujetándose a la barandilla, le fue posible escalar los diecisiete escalones mucho más rápidamente y sin tanto dolor o temor, deteniéndose varias veces en el camino (aunque nunca por mucho tiempo) para descansar.

Podría decirse que estaba de suerte, ya que ninguna de las habitaciones del segundo piso estaba con llave. Todo lo que tuvo que hacer fue girar la perilla y empujar, y cada puerta se abrió. Había cuatro habitaciones en total y exceptuando aquella gélida habitación del piso desnudo en la que había despertado, todas estaban confortablemente amobladas. Cada una tenía una cama y ropa limpia, un vestidor, un escritorio, una lámpara pegada al techo o a la pared y una manta o una alfombra de complicado diseñado. Los libros estaban cuidadosamente alineados en sus estantes y cuadros de pinturas al óleo de paisajes adornaban las paredes. Cada habitación tenía un florero con flores frescas. Ninguna tenía toscos tablones clavados a lo largo de la ventana. Las ventanas tenían cortinas de encaje, a través de las cuales la luz del sol caía como bendición del cielo. Todas las camas mostraban signos de haber sido utilizadas. Pudo ver la marca de cabezas en las almohadas.

Samsa encontró una bata de dormir de su talla en el closet de la habitación más grande. Se veía como algo que podría manejar. Pero no tenía idea de qué hacer con las otras ropas - como ponérselas, como llevarlas. Se veían demasiado complicadas. Tantos botones, por un lado, y no estaba seguro de cómo distinguir el frente de la espalda, o arriba de abajo. ¿Cuál se suponía debía ir por fuera y cual por dentro? La bata, por el contrario, era simple, práctica y libre de adornos. La tela, suave y ligera se sentía bien contra la piel, y el color era azul oscuro. Incluso encontró un par de pantuflas que hacían juego.

Cubrió con la bata su cuerpo desnudo y después de varios intentos logró anudársela a la cintura. Se observó en el espejo, vestido con bata y pantuflas. Era mucho mejor que andar desnudo. No era lo más abrigador, ciertamente, pero mientras permaneciera dentro de la casa evitaría el frio. Lo mejor de todo era que ya no tenía que preocuparse de que su delicada piel quedase expuesta a las perversas aves.

Cuando el timbre de la puerta sonó, Samsa ya dormitaba en la habitación más grande (y en la cama más grande) de la casa. Se estaba caliente bajo los edredones de plumas, tan acogedores como dormitar en un huevo. Se despertaba de un sueño que no podía recordar detalladamente, pero había sido placentero y alegre. La campana retumbando por toda la casa, sin embargo, lo lanzó de nuevo a la fría realidad.

Se arrastró fuera de la cama, se ajustó la bata y se puso las pantuflas azul oscuro. Sujetó el bastón negro y, apoyandose en la barandilla, bajó las escaleras tambaleándose. Fue mucho más fácil que la primera vez. Aun así, el peligro de caer estaba siempre presente. No podía bajar la guardia. Con cuidado fue bajando las escaleras un paso a la vez, mientras el timbre continuaba sonando. Quien fuera que estuviera llamando seguramente era  la persona más terca e impaciente del mundo.

Con el bastón en la mano izquierda, Samsa llegó a la puerta principal. Giró la manilla hacia la derecha y jaló, y la puerta se abrió.

Una mujer pequeña esperaba afuera. Una mujer muy pequeña. Era sorprendente que hubiera llegado a alcanzar el timbre. Cuando observó con atención, sin embargo, se dio cuenta de que el tema no era su estatura. Era su espalda, doblada hacia adelante en un agacharse permanente. Esto la hacía parecer pequeña cuando de hecho, su contextura era de tamaño normal. Tenía sujeto el cabello con una banda de goma para evitar que le cayera sobre el rostro. El cabello era castaño oscuro y abundante. Llevaba puesta una maltratada chaqueta de tweed y una falda holgada, que le cubría los tobillos. Una bufanda de algodón a rayas le envolvía el cuello. No llevaba sombrero. Los zapatos eran de los altos, con pasadores, y parecía tener poco más de veinte años. Aún tenía algo de niña. Sus ojos eran grandes, su nariz pequeña, y sus labios se curvaban un poco hacia un lado, como una luna nueva. Sus cejas oscuras formaban dos líneas rectas a lo largo de la frente brindándole un aire escéptico.

"¿Es esta la residencia Samsa?" preguntó la mujer, estirando el cuello para mirarlo. Luego retorció todo su cuerpo, como la tierra durante un terremoto.

Aquello lo sorprendió, pero logró mantener la compostura. “Si”, respondió. Ya que él era Gregorio Samsa, era probable que la casa fuera la residencia Samsa. Por lo menos, no creía que hubiera algún peligro en decirlo.

Pero la mujer no pareció encontrar satisfactoria aquella respuesta. Una ligera arruga se dejaba ver en su frente. Quizás ella hubiera detectado alguna nota de confusión en su voz.

¿Entonces esta es realmente la residencia Samsa? Dijo con voz aguda, como un viejo portero increpando a un visitante sospechoso.

 “Yo soy Gregorio Samsa” dijo Samsa, con la voz más relajada que pudo. De eso, al menos, estaba seguro.

 “Espero que así sea,” dijo ella, agachándose a recoger una bolsa de tela que estaba a sus pies. Era de color negro y parecía muy pesada. Gastada en algunas partes, sin duda había pasado por varios dueños. “Entonces empecemos.”

Ingresó a la sala sin esperar respuesta. Samsa cerró la puerta detrás de ella. Se quedó allí, mirándolo de arriba a abajo. Parecía que la bata y las pantuflas le hicieran desconfiar.

 “Tal parece que le he despertado” dijo con voz fría.

 “Está bien,” respondió Samsa. Podía darse cuenta, por la expresión sombría de ella, que las ropas que llevaba no eran adecuadas para la situación, “Disculpe mi apariencia,” comenzó “Hay  razones…”

La mujer ignoró sus palabras “¿Entonces?” dijo ella, con labios fruncidos.

“¿Entonces?” Samsa repitió.

“¿Entonces, donde está la cerradura que le está dando problemas?” dijo la mujer.

“¿La cerradura?”

“La cerradura que está malograda,” dijo ella. “Usted nos llamó para repararla”

“Ah” dijo Samsa “La cerradura malograda.”

Samsa rebuscó en su mente. Sin embargo, apenas había lograba enfocarse en algo, aparecía nuevamente aquella columna de mosquitos.

“No estaba enterado de nada acerca de una cerradura” dijo “Supongo que será alguna de las puertas del segundo piso.”

La mujer lo fulminó con la Mirada “¿supone?” dijo, mirando hacia arriba, hacia su rostro. Su voz se había hecho más fría. Una ceja se arqueó, escéptica. “¿Una de las puertas?” continuó.

Samsa pudo sentir su rostro enrojecerse, Su ignorancia en lo referente a la cerradura era lo que le resultaba más vergonzoso. Se aclaró la garganta para hablar, pero las palabras no salieron.

“Señor Samsa, ¿se encuentran sus padres en casa? Creo que será mejor si hablo con ellos.”

“Parece que han salido por un asunto” dijo Samsa.

“¿Un asunto?” dijo ella, consternada. “¿En medio de todo este lio?”

“En realidad no tengo idea, Cuando me levanté esta mañana, todos se habían ido,” dijo Samsa.

“¡Demonios!,” dijo la mujer. Dejó escapar un suspiro de cansancio. “Les avisamos que alguien vendría hoy a esta hora.”

“Lo lamento mucho.”

La mujer se quedó ahí por un momento. Luego lentamente, la ceja escéptica fue bajando, y ella notó el bastón en la mano izquierda de Samsa. “¿le molestan las piernas, Gregorio Samsa?”

“Si, un poco,” consiguió mentir.

Nuevamente, la mujer se sacudió repentinamente. Samsa no tenía idea que lo que significaba eso, o cual era el motivo. Pero aun así se sintió instintivamente atraído por aquella compleja secuencia de movimientos
“bueno, a la tarea,” dijo la mujer con aire de resignación. “echemos un vistazo a esas puertas del segundo piso. Crucé el puente y todo el pueblo en esta terrible situación para llegar aquí. Arriesgué la vida, de hecho. Así que no tendría mucho sentido decir, ‘Oh, ¿así que no hay nadie aquí? Volveré despues’, ¿no crees?”

¿Esta terrible situación? Samsa no alcanzaba a comprender a qué se estaba refiriendo ella. ¿Qué horrible cambio estaba sucediendo? pero decidió no pedir detalles. Mejor evitar exponer aún más su ignorancia.

Encorvada, la joven sujetó con la mano derecha la pesada bolsa negra y subió las escaleras, como un insecto rastrero. Samsa hizo lo mismo tras ella, sujetándose a la baranda. La manera de arrastrarse le ganó su simpatía - le recordaba algo.

La mujer se quedó de pie al final de la escalera e inspeccionó el pasillo. “Así que,” dijo, “una de estas cuatro puertas probablemente tenga una cerradura malograda, ¿cierto?”

El rostro de Samsa se enrojeció. “Si,” dijo “Una de esas. Puede ser la que está al final del pasillo a la izquierda, posiblemente” dijo vacilante. Esa era la puerta de la habitación en la que había despertado esa mañana.

 “Puede ser,” dijo la mujer con tanta vida en la voz como una hoguera extinguida. “Posiblemente.” Ella volteó a examinar el rostro de Samsa.

 “Esa o alguna otra” dijo Samsa.

La mujer suspiró de nuevo. “Gregorio Samsa,” dijo secamente. “Es un verdadero placer hablar contigo. Tan rico vocabulario, y tú siempre directo al punto.” Inmediatamente su tono cambió. “Pero no importa. Revisemos la puerta del fondo a la izquierda primero.”

La mujer fue hacia la puerta. Dio vueltas al pomo de un lado a otro y empujó, y se abrió hacia adentro. La habitación estaba como la había dejado: solo una cama con un colchón sin cubierta, que estaba menos que limpio. El piso también descubierto y las tablas clavadas cubriendo la ventana. La mujer debía haber notado todo eso, pero no se mostraba sorprendida. Su falta de reacción daba a entender que habitaciones como esta podían encontrarse por toda la ciudad.

Se agachó, abrió la bolsa negra, sacó una franela blanca y la tendió en el piso. Luego sacó algunas herramientas, que alineó cuidadosamente sobre la tela, como haría un curtido torturador mostrando los siniestros instrumentos de su oficio ante algún pobre mártir.

Eligió un alambre de grosor mediano, lo insertó en la cerradura y con mano experta, lo fue maniobrando desde varios ángulos. Con ojos semicerrados en concentración y oídos alertas al menor sonido. Luego escogió un alambre más delgado y repitió el proceso. Su rostro se tornó sombrío, y su boca cambió a la forma de algo afilado, como una espada china. Acercó una linterna larga y, con una negra mirada en los ojos, comenzó a examinar la cerradura con mayor detalle.

“¿Tienes la llave de esta cerradura?” le preguntó a Samsa

“No tengo la menor idea de donde pueda estar la llave,” respondió sinceramente.

“Ah, Gregorio Samsa, a veces me haces desear morir,” dijo.

Luego de eso, no hizo más que ignorarlo. Eligió un desarmador de las herramientas alineadas sobre la tela y procedió a retirar la cerradura de la puerta. Sus movimientos eran lentos y cuidadosos. Se detenía cada cierto tiempo para removerse y temblar como había hecho antes.

Estando de pie detrás de ella, observándola moverse de esa manera, el cuerpo de Samsa comenzó a reaccionar de manera extraña. Todo él se estaba calentando, y sus fosas nasales quemaban. Su boca estaba tan seca que producía un estruendoso sonido al tragar saliva. Le picaban los lóbulos de las orejas. Y su órgano sexual, que antes colgaba descuidado, empezó a endurecerse y expandirse. Al elevarse, dejaba ver un bulto en frente de su bata. No tenía idea, sin embargo, de lo que eso pudiera significar.

Luego de retirar la cerradura, la joven la llevó hacia la ventana, a fin de inspeccionarla a la luz del sol que se filtraba a través de las tablas. Le dio unos golpecitos con un alambre delgado y la sacudió para escuchar como sonaba. Su rostro se ensombreció y frunció los labios. Finalmente suspiró de nuevo y se dirigió a Samsa.

“Lo de adentro está roto,” dijo la mujer. “Es kaput. Esta era, como dijiste.”

“Ah, qué bueno,” dijo Samsa.

“No, no es bueno,” dijo la mujer. “No hay manera de que pueda repararlo aquí mismo. Es un tipo especial de cerradura. Tendré que llevármela y que mi padre o alguno de mis hermanos la revise. Ellos quizás puedan repararla. Yo soy solo una aprendiz - Solo puedo atender cerraduras normales.”

“Ya veo,” dijo Samsa. Así que esta joven tenía padre y hermanos. Una familia entera de cerrajeros.
“En realidad, se suponía que uno de mis hermanos vendría hoy, pero a causa de la conmoción allá afuera ellos me enviaron en su lugar. La ciudad está llena de garitas de control.” Ella volvió a observar la cerradura en sus manos. “¿Pero cómo llegó esta cerradura a romperse de esta manera? Es extraño. Alguien debe haberla removido por dentro con alguna herramienta especial. No hay otra forma de explicarlo.”

Otra vez ella tembló. Sus brazos giraron como si fuera una nadadora practicando una nueva brazada. Él encontró el acto hipnotizante y muy excitante.

Samsa se decidió. “¿Puedo preguntarle algo?” dijo.

“¿Preguntar?” dijo ella, dirigiéndole una mirada dubitativa. “No puedo imaginar qué, pero adelante.”

“¿Por qué se retuerce de esa manera a cada rato?”

Ella observó a Samsa con los labios ligeramente separados. “¿Retorcerme?” Lo pensó por un momento. “O sea, ¿así?” ella repitió el movimiento para él.

“Si, Así.”

“Mi sostén no encaja,” dijo hosca. “Eso es todo.”

“¿Sostén?” dijo Samsa con voz aburrida. Era una palabra que no encontraba en su memoria.

“Un sostén.  Sabes lo que es un sostén, ¿cierto?” dijo la mujer. “¿O te parece extraño que las jorobadas lleven sostenes? ¿Crees que es vanidoso de nuestra parte?”

“¿Jorobada?” dijo Samsa. Era otra palabra que había sido tragada por aquel extenso vacío que  llevaba dentro. El no tenía idea de qué estaba hablando ella. Aun así, sabía que debía decir algo.

“No, no creo eso, para nada,” murmuró.

“Pues escúchame. Las jorobadas tenemos dos senos, como cualquier otra mujer, y tenemos que usar sostenes para sujetarlos. No podemos andar por ahí como vacas balanceando las ubres”

“Claro que no.” Samsa estaba completamente perdido.

Pero los sostenes no están diseñados para nosotras - nos quedan anchos. Nuestra contextura es distinta a la de las mujeres normales, ¿cierto? así que tenemos que andar retorciéndonos para volverlos a su lugar. Las jorobadas tenemos más problemas de los que puedas imaginar. ¿Es por eso que has estado todo el rato mirándome desde atrás? ¿Es así como te excitas?

“No, nada de eso. Solo me dio curiosidad al verle hacer eso.”

Así que, en conclusión, un sostén era un aparato diseñado para mantener los pechos en su lugar, y una jorobada era una persona con la contextura similar a esta mujer en particular. Había tanto por aprender en este mundo.

“¿Seguro de que no te estás burlando de mí?” preguntó la mujer.

“No me estoy burlando de usted.”

La mujer levantó la mirada y encaró a Samsa. Pudo ver que decía la verdad - no parecía haber malicia en él. Solamente estaba algo ido, eso era todo. Era probablemente unos años mayor que ella. Además de ser lisiado, parecía ser algo tarado. Pero era de buena familia, y sus modales eran impecables. Era guapo, además, aunque un poco flaco y pálido.

Fue cuando notó la protuberancia en la parte baja de su bata.

“¿Qué diablos es eso?” dijo ella, fríamente. “¿Qué hace ese bulto ahí?”

Samsa miró hacia abajo, delante de su bata. Su sexo estaba realmente muy hinchado. Por su reacción pudo deducir que la situación era de algún modo inapropiada.

“Ya veo,” le espetó. “Te estarás preguntando como sería tirarse a una jorobada,  ¿no?”

“Tirarse?” dijo. Otra palabra que no podía ubicar.

“Estás pensando que ya que una jorobada está doblada a la altura de la cintura, puedes cogerla por detrás sin problemas, ¿no?” dijo la mujer. “Créeme, hay un montón de pervertidos como tú por ahí, que al parecer creen que les dejaremos hacer lo que quieran solo porque somos jorobadas. Pues, piénsalo de nuevo huevón ¡No somos tan fáciles!”

“Estoy muy confundido,” dijo Samsa, Si le he ofendido de alguna manera, sinceramente lo lamento. Me disculpo. Por favor, perdóneme. No quise lastimarla. He estado enfermo, y hay muchas cosas que no entiendo.

“De acuerdo, creo que comprendo.” ella suspiró. “Entonces eres un poco lento, ¿no? pero tu salchicha sí que está en buena forma. Así es la vida: una con otra, supongo”

“Lo lamento,” dijo Samsa de nuevo.

 “Olvidalo.” concedió. “Tengo en casa cuatro hermanos buenos para nada, y desde que era pequeña ellos me lo han mostrado todo. Todo les da risa. Jodidos bastardos, todos ellos. Así que no bromeo cuando digo que sé de qué hablo.”

Se agachó para volver sus herramientas de vuelta en la bolsa, envolviendo la cerradura rota en la tela y colocándola cuidadosamente dentro.

“Me estoy llevando la cerradura,” dijo, levantándose. “Díselo a tus padres. O la arreglamos o la reemplazamos. Y si tenemos que conseguir una nueva, eso puede tardar algo de tiempo, así como están las cosas actualmente. No te olvides de decirles, ¿O.K.? ¿Me entiendes? ¿Te acordarás?”

“Les diré,” dijo Samsa.

Ella bajó lentamente la escalera, seguida por Samsa. Ambos eran un ejemplo de contraste: Ella parecía estar arrastrándose a gatas, mientras que él iba inclinado hacia atrás de la forma menos natural. Pero sus ritmos eran idénticos. Samsa intentaba sin éxito reprimir su “bulto” pero este se resistía a volver a su estado anterior. Observar los movimientos de ella desde atrás, mientras descendía las escaleras le hizo estremecer el corazón. Sangre fresca y caliente corría en torrentes por sus venas. El terco bulto persistía.

“Como te dije antes, se suponía que uno de mis hermanos vendría hoy,” dijo la mujer cuando llegaron a la entrada. Pero las calles están infestadas de soldados y tanques. Están encerrando a la gente. Es por eso que los hombres de mi familia no pueden salir a la calle. Si te arrestan, no hay manera de saber cuándo regresarás. Es por eso que me enviaron a mí. Todo el camino cruzando Praga, sola. ‘Nadie se va a fijar en una chica jorobada,’ dijeron”

“¿Tanques?” murmuró Samsa.

“Si, un montón. Tanques con cañones y metralletas. Tu cañón es impresionante,” dijo ella, apuntando al bulto bajo su bata, “pero esos cañones son más grandes y más duros, y mucho más letales. Esperemos que toda tu familia logre regresar a salvo.”

Samsa decidió tomar al toro por las astas. “¿Sería posible encontrarnos de nuevo?” dijo.

La joven estiró la cabeza hacia Samsa. “¿Estás diciendo que quieres verme de nuevo?”

“Sí, quiero verte una vez más”

“¿Con tu cosa sobresaliendo así?”

Samsa bajó la mirada nuevamente hacia el bulto. “No sé cómo explicarlo, pero eso no tiene nada que ver son mis sentimientos. Debe ser algún tipo de problema del corazón.”

 “No digas,” dijo ella. “Un problema del corazón, dices. Es una forma interesante de explicarlo. No había escuchado esa antes”

“Verás, está fuera de mi control.”

“¿Y no tiene nada que ver con tirar?”

“Tirar no es lo que tengo en mente. En serio.”

“Entonces déjame comprender esto. Cuando tu cosa se pone así de grande y dura, ¿no es tu mente sino tu corazón lo que lo causa?”

Samsa asintió

“¿Lo juras por Dios?” dijo la mujer.

“Dios,” Samsa repitió. Otra palabra que no recordaba haber oído antes. Se quedó en silencio.

La mujer meneó la cabeza, cansada. Se retorció y volteó nuevamente para ajustar su sostén. “Olvídalo, tal parece que Dios dejó Praga hace unos días. Olvidémonos de eso.”

“Entonces ¿podré verte de nuevo?” preguntó Samsa.

Una mirada distinta se pudo ver en el rostro de la joven - los ojos fijos en algún lejano y brumoso paisaje.
“¿En verdad quieres verme de nuevo?”

Samsa asintió.

“¿Y qué haríamos?”

“Podríamos hablar.”

“¿Acerca de qué?” preguntó la mujer.

“De varias cosas.”

“¿Solo hablar?”

“Hay tantas cosas que quisiera preguntarte,” dijo Samsa.

“¿Sobre qué?”

“Sobre este mundo. Sobre tí. Siento como si hubiera tantas cosas de las que necesitamos hablar. Tanques, por ejemplo. Y Dios. Y sostenes. Y cerraduras.”

Otro silencio cayó sobre ellos.

“No lo sé,” dijo finalmente la mujer. Sacudió lentamente la cabeza, pero el frío en su voz era menos notorio. “Tú eres más educado que yo. Y dudo que a tus padres les emocione ver a su precioso hijo en tratos con una jorobada del lado feo del pueblo. Aún si ese hijo es un lisiado y algo lento. Para colmo, la ciudad entera está repleta de tanques y tropas extranjeras. Quien sabe lo que nos espera.”

Samsa ciertamente no tenía idea de lo que les esperaba. Estaba a oscuras acerca de todo: el futuro, por supuesto, pero el presente y el pasado también. ¿Qué era correcto, y qué estaba mal? solo el aprender cómo vestirse era un enigma.

“De cualquier forma, yo volveré por aquí en unos días,” dijo la joven. “Si podemos arreglarla, traeré la cerradura, y si no podemos, tendré que regresarla, de todos modos. Se les cobrará por el servicio a domicilio, por supuesto. Si estás aquí, entonces podremos vernos. Que tengamos o no esa larga charla o no, eso no lo sé. Pero si yo fuera tú escondería ese bulto de tus padres. En la vida real, no te elogian por mostrar ese tipo de cosas.”

Samsa asintió. Aunque no tenía claro como algo así pudiera ocultarse.

 “Es extraño, no crees?” dijo la mujer con voz pensativa. “Todo está explotando alrededor nuestro, pero aún hay quienes se preocupan por una cerradura rota, y otros lo suficientemente  apegados a su deber como para tratar de repararla… pero quizás así es como debería ser. Tal vez encargarse de las pequeñas cosas tan responsablemente y honestamente como se pueda es cómo podemos mantenernos cuerdos mientras el mundo se cae a pedazos.”

La mujer miró a Samsa a a la cara. “No quisiera entrometerme, pero ¿qué hay con esa habitación del segundo piso? ¿Por qué tus padres necesitan una cerradura tan grande para un cuarto que no tiene más que una cama, y por qué les preocupó tanto cuando la cerradura se malogró? ¿Y qué hay de esas tablas cubriendo la ventana? ¿Había algo encerrado ahí, acaso - es eso?”

Samsa negó con la cabeza. Si alguien o algo hubiera estado encerrado ahí, seguramente hubiera sido él. ¿Pero por qué  habría sido eso necesario? no tenía idea.

“Supongo que no sirve de nada preguntarte,” dijo la mujer “Bien, me tengo que ir. Se preocuparán si llego tarde. Ruega por que pueda cruzar el pueblo en una pieza. Que los soldados no presten atención a una pobre y pequeña jorobada. Que ninguno de ellos sea un pervertido. Ya estamos jodidos lo suficiente, tal como están las cosas.”

“Rogaré,” dijo Samsa. Pero no tenía idea de lo que significaba “pervertido”. O “rogar,” para empezar.
La mujer tomó su bolso negro y, aún encorvada, se dirigió a la puerta.

“¿Te veré de nuevo?” preguntó Samsa por última vez.

“Si piensas en una persona con la suficiente fuerza, es seguro que la volverás a ver,” dijo ella, despidiendose. Esta vez había verdadera calidez en su voz.

“Cuidado con las aves,” le respondió. Ella volteó y asintió. Luego salió a la calle.

Samsa observaba por entre las cortinas mientras la encorvada silueta cruzaba la vereda adoquinada. Ella se movía torpemente, pero con sorprendente velocidad. Él encontraba cada movimiento de ella encantador. Le recordaba un insecto de agua que se aventurase a corretear en tierra seca. A él le parecía que caminar como lo hacía ella tenía más sentido que andar haciendo malabares en dos piernas.

No hacía mucho que la había perdido de vista cuando notó que sus genitales habían regresado a su estado blando y encogido. Aquel súbito e impetuoso bulto había, en algún momento, desaparecido. Ahora su sexo colgaba entre sus piernas como fruto descuidado, tranquilo e indefenso. Sus testículos descansaban cómodamente en su bolsa. Acomodándose el cinturón de la bata se sentó a la mesa del comedor y se terminó lo que quedaba de aquel frio café.

La gente que vivía aquí se había ido a algún otro lado. Él no sabía quiénes eran, pero suponía que serían su familia. Algo había sucedido de repente, y se habían marchado. Quizás nunca regresarían. ¿Qué significaría “el mundo se está cayendo a pedazos”? Gregorio Samsa no tenía la menor idea. Tropas extranjeras, puestos de control, tanques - todo aquello estaba envuelto en misterio.

Lo único que podía asegurar era que deseaba volver a ver a la chica jorobada de nuevo. Para sentarse uno frente al otro y conversar a sus anchas, para desentrañar los enigmas del mundo junto a ella. Deseaba observar desde todos los ángulos la manera en que se retorcía y temblaba cuando se ajustaba el sostén. De ser posible, deseaba recorrer el cuerpo de ella con sus manos. Tocar su delicada piel y sentir su calor en la punta de los dedos. Subir y bajar junto a ella las escaleras del mundo.

Solo el pensar en ella le devolvía la calidez. Ya no deseaba ser un pez o un girasol - o alguna otra cosa. Estaba contento con ser un humano. Aunque claro, era tremendo inconveniente tener que caminar en dos piernas y llevar ropa. Había tantas cosas que no sabía. Pero de haber sido pez o girasol en vez de humano, jamás habría podido experimentar esta emoción. De eso estaba seguro.

Samsa se quedó sentado largo rato con los ojos cerrados. Luego, decidido, se puso de pie, sujetó el bastón negro y se dirigió a las escaleras. Regresaría al segundo piso a encontrar la manera de vestir adecuadamente. Por lo pronto, esa sería su misión.

El mundo lo esperaba en su aprendizaje.

Mierda. Pienso

No
¿es verdad?
Entonces googleo y es cierto.
¿No había escuchado de él hace poco?
(¿hace cuanto? ¿un mes? ¿dos meses?)
Que decían que estaba mal de salud o algo así?
¿Entonces? no iba a ser sorpresa, ¿no?
O sea, todos mueren, claro
Todos mueren.
.
.
.
Entonces, ¿por qué escribo esto?

Spoilers

Cuando hablaba de Cortázar, me era imposible no mencionar cierto cuento. Era la gravedad, era un agujero negro alrededor del cual giraba la conversación. De cierta forma temía el momento, porque estoy convencido de que es un texto que hay que experimentar con todos los sentidos. Contarselo a alguien en pocas palabras, saltarme todo y contar como acaba, todo para que el interlocutor comprenda la gravedad (si, gravedad) del asunto. Y el asunto es serio, porque no se puede hacer eso con un cuento de Cortazar. Resumirlo apurado y contarlo en un dos por tres. Descubrirle al interesado solo el desenlace, es mostrarle un mapa y decirle que es territorio. Luego leo y él me hace lo mismo:

(a forzar la vista!)

(y aca suelta la sorpresa del cuento)
... y no puedo odiarlo porque igual, de no haber leido esto, no me hubiera enterado de la existencia de semejantes cuentos.

(Por cierto, gracias R por el dato. Ya me habia olvidado de esperar este libro)

(Y asi es como no termino nunca de traducir lo que me propongo -_-')