Releer

20121210
(Traicioneramente. Traidoramente)

Es un tiempo extraño. Detenido, si se quiere. Ya no recuerdo cuando fué la última vez que escribí, o la última vez que me detuve a escuchar  música. La escucho, obviamente, pero es un sonido ajeno, percibido lejano en alguna habitación contigua, en el laberinto de mi cabeza. Se ha hecho presente en la vigilia, un sueño recurrente: camino un camino largo, navegando la niebla más espesa, cuando me asalta la certeza de que hay una pared frente a mí, de que si sigo caminando finalmente la veré. Me detengo de improviso, porque no quiero aceptar esta certeza, este saber en los huesos, que mi camino se acaba. No quiero continuar, no quiero ver el final. Es, claramente, el punto crítico de esta escena de la que repito los pasos cada vez que ando algún camino largo, el punto en el que me quedo quieto, esperando que acabe la puesta en escena. Y es precísamente mi indecisión la que me expulsa de este onírico teatro, de vuelta a la vereda, de vuelta a ser espectador.
Ciertamente he ido cauterizando varias pequeñas heridas, una a la vez. He tratado de tomarme el tiempo necesario para comprender (y para comprenderme). He vuelto a buscar respuestas a preguntas obvias, cuyas respuestas ya sabía lógicas, pero no sinceras. Qué más he dejado? He dejado de leer, claro. He dejado de preocuparme del trabajo, de ahorrar, de pensar en que debería hacer el próximo año, o la próxima semana. He dejado de saludar, he dejado los correos o los mensajes a conocidos, he dejado de buscar eso que no sé qué es, pero que desde hace mucho tiempo buscaba. Se ha instalado el silencio. Toda comunicación no pasa de esa habitación que mencioné lineas arriba. Todo es protocolar. Acuse de recibo? Sello y retirese.
Mas de una vez abuelo mencionó aquello de encontrar "ese algo especial". Lo repetía tantas veces, desesperado en su esperanza, al borde... al otro lado del borde. Desesperado y atónito, mirando hacia atrás, al borde que acaba de cruzar. A donde acabo yo de llegar. Quisiera creer que encontró alguna respuesta, pero sé que no fué así. Se fué sin saber como buscar, tal como estoy yo ahora.
Saber, conocer. Castellano, te admiro por dejar en claro aquellas sutiles diferencias que el inglés se pierde con su apurado to know. Respuesta: te sé, pero no te conozco. Y así, sabiendo sin conocer, como quien se memoriza el mapa pero jamás se atreve a viajar, repaso los dedos por la ruta que me ha de llevar a donde no me atrevo a llegar. Ciego y deseperado, aferrado al tacto del mapa, queriendo creer que los crispados dedos puedan percibir la tinta, aferrados a una respuesta que ya no se puede leer.
He decidido reiniciar un circulo voluntariamente. He decidido releer un libro. Parecerá algo sencillo, pero la verdad es que yo no releo. Jamás he terminado por segunda vez un libro. ¿Por qué me decido a releer? Alguna vez alguien que quiero me dijo (o quizás lo soñé), que para que las cosas sucedieran, tenía que decidirme yo a hacer que sucedan. Con lo cual estoy por completo de acuerdo... siempre y cuando lo que quiero que suceda no afecte a nadie más que a mí. La idea de imponer mi voluntad, o causar malestar a alguien me aprisiona en mis razones. ¿Quien me creo yo, para importunar así algún mundo ajeno? El pensamiento de que alguien pueda verse afectado por lo que haga o deje de hacer me congela en el sitio.
Así pues, releo. Me traiciono (que no importa) con la certeza de que encontraré otras respuestas, que pensaré en las antiguas y que la idea del "esta parte ya la leí, quizás deba adelantar" estará al acecho en cada página, tentándome a abandonar.
Así empiezo este círculo de relecturas: con El fin del mundo y un despiadado pais de las maravillas. Murakami, llevando al protagonista por aquellas habitaciones extrañas de paredes blancas, techo blanco y moqueta color café. Solo hace falta en el escritorio, una botellita con la etiqueta: bébeme.

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