Tenía planeado...

... que mi siguiente entrada fuera la traducción de un cuento de Murakami, pero bueno... ya saben lo que dicen de los planes.
Esta otra traducción salió más rápido, así que... ahí va.

Recuerdos, iluminen los resquicios de nuestras mentes

Este texto está protegido por una licencia


Del original Memories, Light the Corners of our Minds
De Steve Smith

Lucas Tres aún continuaba en la cafetería mucho después de su partida; mucho después de que la gente que había observado aquella escena ya se hubiera marchado. Sentado por horas luego de que ella, de manera calma y despiadada terminase con su relación de tres años; con tal calculada precisión de lenguaje que ni siquiera él lo hubiera podido explicar mejor.

"Ha sido divertido, realmente... ha sido fantástico, pero tú sabías que esto no iba a durar." Ella no había tocado su café, lo cual nunca era buena señal.

"Tú nunca vas a envejecer, mientras que yo envejeceré y moriré. En algún momento me dejarás por alguien más joven, y para entonces ya estaré demasiado vieja para encontrar a alguien que me ame y sencillamente moriré sola." sus manos dibujaban en el vacío frente a ella mientras hablaba. Varias veces se había preguntado, si se le hubiera forzado a mantener las manos en los bolsillos, ¿sería capaz de hablar? él sonrió ante la sola idea, y el sonreír le resultó doloroso.

"Ya mis amigos te encuentran 'pintoresco' y tus amigos me ven como si fuera poca cosa. Janson Cuatro me llamó 'reliquia'. ¿Reliquia? tengo veintinueve años, no soy una maldita reliquia." Ella levantó su vaso y lo volvió a su sitio sin beberlo. "¿Que dirán de mí a los cincuenta y nueve? ¿setenta y nueve? ¿seré entonces la atracción de feria de tus eventos sociales? lo siento, no voy a esperar a eso. Tú sabías que este día llegaría, y llegó. Ya he sacado mis cosas del departamento esta mañana. Puedes revocar mis accesos cuando quieras, ya no voy a regresar."

Ya estaba de pie en ese momento y de repente, consciente de que su voz elevada sin querer había llamado la atención de los comensales y motivado conversaciones susurradas, bajó la voz y dejó caer los hombros, mientras los ojos perdían aquella llamarada, que era su propósito de llegar hasta el final, dejándose vencer por una neblina de inseguridad

"Escucha Lucas, lo lamento. En verdad. Te he amado, aún te amo," su voz se quebró, "pero no puedo continuar así. Me tengo que ir."
Llegó hasta la puerta antes de voltear.
"Adiós" fue todo lo que dijo, y luego se había ido.

Cuando el dueño de la cafetería, nada sutil él, apagó las luces y movió la señal de "Cerrado" en la puerta, Lucas salió al aire de la noche. Ella había sido lo más hermoso que él había visto alguna vez, una luz brillante en un mar de gris, y se había marchado. Si tuviera un corazón, estaría rompiéndose en este momento, y hasta donde él sabía, su diseño no había sido preparado para sentir lo que estaba sintiendo, los pensamientos y las respuestas emotivas agolpándose en su cabeza eran demasiado para soportarlo. Empezó a pensar que si no hacía algo, terminaría por fallar por completo.

En el muelle, al murmullo de las olas acunando la costa, desactivó los seguros y ejecutó una búsqueda de sus recuerdos, trasladando cada momento que compartieron juntos a un solo bloque, y sin dudarlo un momento, eliminó ese bloque por completo.

Cuando el proceso se hubo completado, le quedó una extraña sensación de vacío, pero la ansiedad ya había desaparecido.

Cuando volteó, la vió; quizás lo mas hermoso que había visto alguna vez. Se acercaron mutuamente, y pudo ver que ella había estado llorando, el rostro marcado y el maquillaje arruinado. "Que pintoresco" pensó en voz alta, y ella se detuvo, buscando con la mirada los ojos de él.

"Lucas," dijo ella mientras él pasaba, "Lucas," su voz casi suplicante, "Lo siento, no quiero vivir sin tí."

Mientras llegaba al final del muelle, la voz de la extraña y bella mujer se apagaba detrás suyo, y al alejarse se preguntó a quién irían dirigidas esas palabras.

Dobló la esquina de la cafetería de siempre, y tropezó, con la mente acelerada, con procesos mentales y emocionales corriendo como locos sin motivo aparente. Hubiera jurado que si tuviera un corazón y alguna vez hubiera permitido a alguien entrar, que así se sentiría este corazón imaginario si es que fuera a romperse.

“¿Tienes la palabra clave?”

Fue un sueño un tanto extraño, aquello de estar del otro lado del escenario, con los sonidos tan claros y los colores tan nítidos, dándole cierto sentido de irrealidad a la escena...

.
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Cuando despertó...


... el dinosaurio todavía estaba allí

Algunas horas, nada más...

... duran más que tu vida
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https://www.youtube.com/watch?v=SBpsanEPUuk&feature=youtube_gdata_player

Hace tiempo que nunca...

Buenas... ¿Busca algo?
Buenas, si... ¿Tiene Octaedro... de Cortazar?
No
Hmm... ¿la última de Vargas Llosa?

Si... ¿la que salió ayer?
Ajá. ¿Cuanto?
Cincuenta soles
Ya, deme.
Huy, ya regreso, voy buscar cambio. Pase por acá para que busque...
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(En la parte frontal del puesto, entre Murakamis y Borges...)
¿Y este?
Veinte. En dieciocho le dejo.
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.
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(Rebuscando entre los títulos de un estante...)
Con éste... ¿Cuanto serían?
Hmm... - comienza a teclear en la calculadora.
... ¿Cien todo?
Hmm... - Se queda pensando, luego de apartar la calculadora - ya.
Ya, gracias.
Espere, para darle sus separadores.
Ah, ya.
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____________________________________

100 soles!... Tiempo que no iba a Quilca... ya me acordé porqué.

Hasta que por fin...

... llegó el sueño.
Mas tarde continúo.

What the Fox say?


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Hey! A donde se van? Neuronas? Regresen! Les juro que no lo vuelvo a hacer! Vengan! Regresen! Vamos a ver algo de... Tarkovski?... si?
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No se vaayaaaannn!!!

Releer

20121210
(Traicioneramente. Traidoramente)

Es un tiempo extraño. Detenido, si se quiere. Ya no recuerdo cuando fué la última vez que escribí, o la última vez que me detuve a escuchar  música. La escucho, obviamente, pero es un sonido ajeno, percibido lejano en alguna habitación contigua, en el laberinto de mi cabeza. Se ha hecho presente en la vigilia, un sueño recurrente: camino un camino largo, navegando la niebla más espesa, cuando me asalta la certeza de que hay una pared frente a mí, de que si sigo caminando finalmente la veré. Me detengo de improviso, porque no quiero aceptar esta certeza, este saber en los huesos, que mi camino se acaba. No quiero continuar, no quiero ver el final. Es, claramente, el punto crítico de esta escena de la que repito los pasos cada vez que ando algún camino largo, el punto en el que me quedo quieto, esperando que acabe la puesta en escena. Y es precísamente mi indecisión la que me expulsa de este onírico teatro, de vuelta a la vereda, de vuelta a ser espectador.
Ciertamente he ido cauterizando varias pequeñas heridas, una a la vez. He tratado de tomarme el tiempo necesario para comprender (y para comprenderme). He vuelto a buscar respuestas a preguntas obvias, cuyas respuestas ya sabía lógicas, pero no sinceras. Qué más he dejado? He dejado de leer, claro. He dejado de preocuparme del trabajo, de ahorrar, de pensar en que debería hacer el próximo año, o la próxima semana. He dejado de saludar, he dejado los correos o los mensajes a conocidos, he dejado de buscar eso que no sé qué es, pero que desde hace mucho tiempo buscaba. Se ha instalado el silencio. Toda comunicación no pasa de esa habitación que mencioné lineas arriba. Todo es protocolar. Acuse de recibo? Sello y retirese.
Mas de una vez abuelo mencionó aquello de encontrar "ese algo especial". Lo repetía tantas veces, desesperado en su esperanza, al borde... al otro lado del borde. Desesperado y atónito, mirando hacia atrás, al borde que acaba de cruzar. A donde acabo yo de llegar. Quisiera creer que encontró alguna respuesta, pero sé que no fué así. Se fué sin saber como buscar, tal como estoy yo ahora.
Saber, conocer. Castellano, te admiro por dejar en claro aquellas sutiles diferencias que el inglés se pierde con su apurado to know. Respuesta: te sé, pero no te conozco. Y así, sabiendo sin conocer, como quien se memoriza el mapa pero jamás se atreve a viajar, repaso los dedos por la ruta que me ha de llevar a donde no me atrevo a llegar. Ciego y deseperado, aferrado al tacto del mapa, queriendo creer que los crispados dedos puedan percibir la tinta, aferrados a una respuesta que ya no se puede leer.
He decidido reiniciar un circulo voluntariamente. He decidido releer un libro. Parecerá algo sencillo, pero la verdad es que yo no releo. Jamás he terminado por segunda vez un libro. ¿Por qué me decido a releer? Alguna vez alguien que quiero me dijo (o quizás lo soñé), que para que las cosas sucedieran, tenía que decidirme yo a hacer que sucedan. Con lo cual estoy por completo de acuerdo... siempre y cuando lo que quiero que suceda no afecte a nadie más que a mí. La idea de imponer mi voluntad, o causar malestar a alguien me aprisiona en mis razones. ¿Quien me creo yo, para importunar así algún mundo ajeno? El pensamiento de que alguien pueda verse afectado por lo que haga o deje de hacer me congela en el sitio.
Así pues, releo. Me traiciono (que no importa) con la certeza de que encontraré otras respuestas, que pensaré en las antiguas y que la idea del "esta parte ya la leí, quizás deba adelantar" estará al acecho en cada página, tentándome a abandonar.
Así empiezo este círculo de relecturas: con El fin del mundo y un despiadado pais de las maravillas. Murakami, llevando al protagonista por aquellas habitaciones extrañas de paredes blancas, techo blanco y moqueta color café. Solo hace falta en el escritorio, una botellita con la etiqueta: bébeme.

Pag. 159 - 160

¿En París, por encontrarse estabilizado, hubiera escrito más ficción? No se puede saber. Lo que sí sabemos es lo que pensaba Cortázar en cuanto al lugar y el momento adecuados para la escritura, y en esta cuestión siempre se mostró reacio a un programa y a un orden. "Nunca la he tenido [la noción de horario]. La época en la que he tenido que ganarme la vida con algo que no tenía que ver con la literatura, nunca aguanté los horarios. Siempre me busqué un tipo de empleo que supusiera dos o tres horas de trabajo a lo sumo, aunque te pagaran muy poco, porque luego salías a la calle y eras tú. Entonces en el trabajo literario es lo mismo. Yo no soy absolutamente nada disciplinado." Un cuento o una novela podían empezar en cualquier lugar, en cualquier momento. nunca fue partidario de prefijar una cuota del dia rutinariamente establecida a tal fin, como Vargas Llosao como García Márquez, por citar a dos autores próximos, entre otras cosas porque le resultaba insoportable, y mantuvo siempre que podía escribir en cualquier sitio: en el subte, en un ómnibus, en un avión, en un café, en la sala de espera de un aeropuerto o en una estación, en la oficina de la UNESCO, entre sesión y sesión, cuando se convirtió en traductor vinculado a ella.
En los últimos años, sin embargo, siempre reconoció también que prefería el silencio para hacerlo. Además, este planteamiento anárquico cambia "cuando estoy llegando al punto central de lo que quiero decir porque en ese momento yo soy un poco la víctima de lo que estoy haciendo, estoy poseído por lo que estoy haciendo. Por ejemplo, todo el final de Rayuela está escrito en condiciones físicas tremendas porque yo me olvidé del tiempo. No sabía si era de día o denoche. Mi mujer [se refiere a Aurora Bernárdez] venía con un tazón de sopa y me decía "Bueno, hay que dormir un poco", ese tipo de cosas. Pero antes de eso habían pasado dos años en que yo no había escrito nada. Escribía cosas sueltas, así un capítulo. Luego hay un momento en que todo se concentra, y ahí hay que terminar. Pero no es una cuestión de horario sino de obsesión".

Julio Cortázar, una biografía revisada
Miguel Herráez

Sombras chinescas

Llamo y como siempre, no se me ocurre nada que decir. Quizás que ví una película. Pero eso no es importante. Quizás si. Es novedoso, es algo nuevo en esta existencia de 24/3 de trabajar, dormir y pensar en qué hacer con el tercio restante. También es testimonio del porqué escribo en vez de hablar.

Acerca la cañita (“sorbete” voy a escribir, si lo llego a contar) a los labios y lo que sigue es un largo y leeeento sorbo de jugo de naranja.

¿Qué te parece?

Empieza bien… ¿cuando lo terminas?

Ehm… ese es el texto completo. Es todo el cuento.

… ah

Luego de otro largo sorbo, se digna a apaciguar mi mirada interrogante:

¿Porqué no la alargas un poco? o sea, el resultado se venía venir y a pesar de que el espectador ya conoce el final, la narración logra mantener cierto nivel de tensión, que le da un toque… fatalista? no, esa no es la palabra, pero por ahi va. Lo que pasa es que llega muy rápido. Tal vez demasiado rápido como para que esa ominosidad envuelva completamente al lector y le permita tragarse el desenlace.

Gastando menos saliva: apresuré el final.

No. Prefiero gastar más saliva a fin de que se me entienda mejor. ¿Ya ves? de repente ese es el problema con este cuento: se niega a gastar saliva.

Vuelvo la hoja a mis ojos, repasando las linea de manera casi ritual. No quiero que el protagonista pase por lo que tiene que pasar, pero ambos sabemos que es inevitable.

podría haber seguido ocultandole lo del robo a la familia…

… entonces la familia lo hubiera internado, o lo hubieran perdonado, o cosas como esas

… o lo podrían haber botado.

Eso, claro.

Pero para que el lector tema una reacción de la familia le debes mostrar los antecedentes. De repente un hermano mayor desheredado u olvidado por haber hecho algo parecido… no sé, algo así.

Pero si hago eso le quito al lector que ponga de sí en la historia. Que ponga por ejemplo, a su familia. Claro, el lector no dirá “qué haría mi familia si yo...”, pero sin querer, sus elucubraciones al desarrollar la historia tomarán como base su entorno directo, ves? ”Yo”, “mi familia”... eso es lo que quiero en el lector.

Guardo la hoja doblada en el cuaderno que luego guardo en la mochila.

Pues no sé… yo no vi nada de eso.

tal vez porque… no sé, creo que sabes porqué, pero somos demasiado flojos para explicarlo. Pero luego de las explicaciones técnicas, qué te pareció?

Llega la ensalada

te vas a terminar todo eso?

Nunca me lo acabo

¿entonces?

¿entonces qué?

dirigimos una mirada breve al mozo, que responde con un asentimiento de cabeza, mientras pone en la mesa el plato adicional que no sabíamos que tenía en la bandeja. Nos reimos y agradecemos. Se retira sonriendo.

¿Podrías escribir una historia sobre un mozo?

No sé… supongo que si



¿Pero podrías escribir un buen cuento sobre un mozo?

Sonrío ante la ironía mientras separo una porción de ensalada en el plato vacío. Espero a que se descuide e intercambio los papeles.

El cuento de la semana pasada, no sé…

¿El que te pasé por correo? - asiente en silencio -

hasta ahora todos tienen la misma atmósfera enervante, o mas bien… me enerva leerlos.

Eso fue cruel - sonríe, mostrando al fin algo de interés -

Déjame que me explique. Quizás patine feo acá, pero me da la impresión de que buscas mostrar un estilo, una especie de marca característica. Que cuando lean un cuento sepan que fuiste tú.

Esas ”elucubraciones”... eso, se lo dejo al lector.

Pero es que no te sale!

Alza los brazos al decirlo, fingiendo alarma, para luego disculparse con el mozo que creía que lo estaba llamando.

Pero no crees que hay que desarrollar un estilo?

Desarrollar… claro! pero no encontrar en algun lado un estilo para luego decir: yo voy a escribir así. Eso es buscar desarrollar cierto estilo en vez de encontrar primero el propio, no?

Pero es que ese es mi estilo! yo soy así!

Entonces caí en la cuenta: me había sobrepasado. Quizás le estuve dando demasiadas vueltas al asunto, luego de repasar los cuentos. Pero la sinceridad me pareció mejor idea. Aunque claro, es solo mi opinión. Como sea.

En los tuyos ni siquiera se distingue quien dice qué!

Ya que estamos en confianza - me dice sonriendo - tus cuentos - a excepción de este - no llegan a ninguna parte.

Bueno, ahi creo que te equivocas.

Ah?

Llamo nuevamente al mozo - Es que creo que tampoco este llegue a ninguna parte.

Oye al viento cantar
(fragmento?)

(Vagando por Internet, encontré una transcripción de la primera novela de Haruki Murakami. Es muy corta - apenas 12 hojas -, así que supongo que es un fragmento.)


Oye al viento cantar
Haruki Murakami

1.

“No existe tal cosa como la escritura perfecta. Tanto como no existe la desesperación perfecta.”

Un escritor que tuve la oportunidad de conocer cuando estaba en la universidad me dijo esto alguna vez. Aunque fue mucho después cuando comprendí el verdadero alcance de estas palabras, al menos podía hallar algo de consuelo en ellas. En el hecho de que no existiera tal cosa como la escritura perfecta.
Pero era igual, cuando tenía que ponerme a escribir, siempre era superado por la desesperación. El alcance de mis habilidades era demasiado limitado. Aún si pudiera escribir acerca de, digamos, elefantes, probablemente no hubiera escrito una sola línea acerca de los entrenadores de elefantes. Así era.
Durante 8 años, estuve atrapado en ese dilema - y 8 años es un largo tiempo.
Pero claro, uno puede decirse a sí mismo que siempre hay una lección que aprender de todo, y envejecer no debería ser así de difícil. Esa es la tendencia general.
Desde que llegué a los 20, he tratado de ceñirme a esta filosofía de vida. Gracias a la cual he recibido puñaladas, he sido engañado y malentendido innumerables veces, o con la misma frecuencia me he encontrado en las más extrañas situaciones. Todo tipo de gente se me ha acercado para contarme sus historias, pasando sobre mí como si yo fuera un puente, para no volver jamás. Todo el tiempo mantenía la boca cerrada sin decir nada. Así es como vi pasar mis veintitantos años.
Ahora creo que estoy listo para hablar.
De hecho que no he encontrado la solución a nada. Si la idea fuera esa, para cuando hubiera terminado de hablar, las cosas no serán distintas de cuando empecé. Caes en la cuenta rápidamente: escribir no es ninguna forma de autoayuda. Es apenas un pasable intento de autoayuda.
Aún así, es tremendamente difícil decir las cosas honestamente. Mientras más honesto trato de ser, más se alejan en la distancia las palabras adecuadas.
No es que quiera racionalizarlo, pero al menos este escrito es mi mejor esfuerzo en este momento dado. No hay más que decir. Y aún así, me encuentro pensando que, si todo sale bien, en algún momento más adelante, años, tal vez décadas a partir de hoy, podría descubrir, al final, que estos esfuerzos han sido mi salvación. Entonces contemplaré, desde ese punto, a los elefantes regresando a las planicies y plasmaré esta visión en palabras más hermosas.

***

He aprendido bastante sobre escribir de Derek Heartfield. Tal vez casi todo. Desafortunadamente, Heartfield era un talento desperdiciado, en todo el sentido de la palabra. Léelo y verás. Su estilo es difícil, las historias, imposibles; los temas, infantiles. Sin embargo, era uno de los pocos escritores caracterizados por la habilidad de darle una buena pelea a las palabras. Un contemporáneo de Hemingway, Fitzgerald, y toda esa gente. Heartfield era, a mi parecer, no menos “luchador” que ellos. Era solo que hasta el final, Heartfield nunca tuvo una imagen clara de con quién debía haber estado peleando. Ese fue, finalmente, el desperdicio de su talento.
Durante 8 años y 2 meses él luchó en vano, luego murió. Una buena mañana de domingo, en junio de 1938, un retrato de Hitler sujeto a su mano derecha y un paraguas en su mano izquierda, saltó desde la cima del edificio Empire State. Fue tan inadvertida su muerte, como había sido su vida.
Fue durante las vacaciones de verano, en mi tercer año de preparatoria - y yo estaba con una terrible picazón en la entrepierna - que una edición agotada de Heartfield encontró su rumbo a mis manos. El tío que me dio el libro desarrolló cáncer intestinal 3 años después, y murió con dolor insoportable, las tripas por completo en pedazos y tubos de plástico entrando y saliendo de su cuerpo. La última vez que lo vi, estaba tan demacrado y enrojecido como un viejo y astuto mono.

***

En total he tenido 3 tíos, uno de los cuales murió en las afueras de Shanghai. Dos días después del cese del fuego, pisó una mina que él mismo había plantado. Mi único tío sobreviviente se había convertido desde entonces en prestidigitador, y ofrecía su espectáculo a las posadas de aguas termales por todo Japón.

***

Heartfield había dicho sobre el escribir bien: “La tarea de escribir consiste primeramente en reconocer la distancia entre uno mismo y las cosas alrededor de uno. No es sensibilidad lo que se necesita, sino una regla.” (¿Qué hay de malo en sentirse bien? 1936).
Para mí, tuvo que haber sido el año que el presidente Kennedy murió que tomé mi regla y empecé a comprobar las cosas de fuera, siempre con mucho cuidado. Eso ha sido ya hace 15 años, y en esos 15 años he abandonado un montón de cosas. Así como cuando un avión tiene problemas en el motor y empiezan a botar todo el equipaje para reducir peso, luego los asientos, y finalmente llegarán incluso a lanzar a las aeromozas. A lo largo de aquellos 15 años he descartado todo tipo de cosas, pero no me he quedado con casi nada en el proceso.
No estoy completamente seguro de haber hecho lo correcto. Ciertamente, hizo mi carga más llevadera, pero las perspectivas son realmente aterradoras: al envejecer, cuando llegue el momento de morir, ¿qué quedará en la tierra de mí? luego de mi cremación no quedará ni un hueso.
“A aquellos de espíritu triste llegan solo tristes sueños.” es lo que mi abuela siempre decía.
La noche que mi abuela murió, lo primero que hice fue acercarme a ella y cerrar sus ojos. Y en cuanto hube bajado sus párpados, los sueños de sus 79 años se dispersaron tranquilamente como una pasajera lluvia de verano en una calle de negocios, sin dejar nada atrás.

***
Una cosa más acerca de escribir. Esta es la última.
Para mí, escribir es un trabajo difícil en extremo. Hay veces que me toma un mes entero escribir una sola línea. Otras veces escribiré 3 días y noches de corrido, solo para que todo esté mal.
No obstante, escribir puede ser también divertido. Comparado con lo difícil que es la vida, el proceso de encontrarle significados a esta lo es todo para vivir tranquilo.
De vuelta en mi juventud, ¿en qué estaba? Me sorprendió tanto despertar a esta verdad, que durante una semana no dije una palabra. Que si prestaba la menor atención a las cosas, el mundo empezaría a seguir mi voluntad - eso es lo que parecía - todos los valores cambiarían, incluso el paso del tiempo empezaría a cambiar.
La trampa se descubrió, desafortunadamente, mucho después. Tracé una línea al centro de una hoja de cuaderno, puse a la izquierda las cosas que había conseguido, y a la derecha todo lo que había dejado en el camino - cosas que perdí, cosas que destruí, cosas de las que me alegraba haber perdido el rastro, cosas que sacrifiqué, cosas que traicioné - la lista era interminable.
Un enorme abismo separa a aquello de lo que intentamos ser conscientes de aquello de lo que realmente somos conscientes. Y no importa que tan larga sea tu regla, no hay medida que baste. Lo que puedo dejar aquí, por escrito, solo llega a ser un catálogo. No una novela, ni literatura, ni siquiera arte. Solo un cuaderno con una línea trazada por el centro. Y quizás una lección o dos por algún lado.
Si es arte o literatura lo que estás buscando, harías bien en leer lo que escribieron los griegos. Para que exista el verdadero arte, es necesario que exista la esclavitud. Así era con los antiguos griegos: mientras los esclavos trabajaban la tierra, preparaban los alimentos, y remaban en los barcos, los ciudadanos podían tenderse bajo el sol mediterráneo. Perderse en la composición de poemas u ocuparse de sus matemáticas. Así es con el arte.
Más los simples humanos que se dirigen a sus refrigeradores a las 3 de la mañana serían incapaces de tal escritura.
Y eso me incluye.

2.

Esta historia empieza el 8 de agosto de 1970, y termina 18 años después, el 16 de agosto del mismo año.

3.

“Los ricos pueden comer mierda!”
Rata volteó hacia mí y gritó tristemente, ambas manos apoyándose en el mostrador. O quizás estaba gritándole al molino de café detrás mio. Rata estaba sentado junto a mí en el mostrador, así que realmente no había necesidad de que volteara en mi dirección. Bueno, como sea. Una vez que se hubo calmado, continuó saboreando su cerveza con la usual expresión satisfecha. Valga decir, ni un alma prestó atención al exabrupto. El pequeño bar estaba repleto, y ¿quién no gritaba igual de fuerte a alguien más? todo el lugar parecía un barco de pasajeros a punto de hundirse.
“¡Parásitos, es lo que son!” Rata movió la cabeza, vehemente, “¡nada más que peso muerto todos ellos! ¡Me da escalofríos de solo mirar a sus caras de monederos!”
Me llevé el vaso de cerveza a los labios y asentí en silencio. Rata había dicho su discurso y guardó silencio y se quedó mirando su mano sobre el mostrador, dando vuelta a sus dedos de un lado al otro, una y otra vez, como si los estuviera asando al fuego. Me resigné a mirar al techo. No se inició una nueva línea de conversación hasta que hubo terminado de examinar sus diez dedos en orden. Siempre era así.

Solíamos beber como posesos. Durante el transcurso de un verano llegamos a tomar un estanque de 25 metros de cerveza y comer tanto maní como para cubrir el piso del bar de J con 2 pulgadas de cáscaras. Si no lo hubiéramos hecho, no habríamos sobrevivido a aquel aburrido verano.

Un poster amarillento de nicotina colgaba detrás del mostrador del bar de J, y cuando las cosas iban insoportablemente lentas nos quedábamos mirando a esa imagen durante horas sin término. La imagen era un patrón, algo como un test de Rorschach, en el que yo veía lo que parecía ser el enfrentamiento entre 2 monos verdes lanzándose al aire 2 bolas de tenis uno al otro.

Cuando le dije esto a J, el cantinero, se detuvo un momento a echar un vistazo, para luego responder con un despreocupado, “bueno, ahora que lo mencionas...”

“¿Qué crees que simbolice?” le pregunté.

“El mono de la izquierda eres tú y el de la derecha soy yo. Yo te lanzo una botella de cerveza y tú me lanzas el dinero por ella.”

Bebí mi cerveza, muy impresionado.


“¡Me dan escalofríos!”

Rata había terminado la revisión de sus dedos y estaba empezando de nuevo. Aquellas diatribas contra los ricos no eran nada nuevo en Rata, y de hecho, realmente los odiaba. Su propia familia era de posición acomodada, aunque siempre que le mencionaba ese punto, su respuesta habitual era, “eso no es culpa mía.” A veces (generalmente cuando yo había bebido demasiado), le decía “nah, en realidad es tu culpa.” Una vez que decía eso, siempre me sentía pésimo. Porque, en cierto modo, Rata tenía razón.

“¿Por qué crees que no soporto a la gente rica?”

Esa noche, Rata no se detenía. Era la primera vez que había seguido con lo mismo durante tanto tiempo.

Moví la cabeza.

“bien, déjame decirte.” Rata siempre estaba “dejándome-decirte” algo. “Es porque los ricos no se preocupan por comprender nada. Ellos necesitan una linterna y una vara incluso para rascarse sus propios traseros”

“No me digas”

“Si, muchos de ellos no tienen un solo pensamiento que valga la pena en sus cabezas. Ellos solo fingen pensar... ¿y sabes por qué?”

“Te escucho”

“Porque no lo necesitan. Claro, tienen que usar sus cabezas un poco para enriquecerse, pero ya no para mantenerse ricos. No más que un satélite necesita gasolina para seguir dando vueltas y vueltas en el mismo lugar. Pero las cosas no son así para ti o para mí. Nosotros tenemos que ingeniárnoslas para sobrevivir. Tenemos que considerar todo, desde el tiempo que hará mañana hasta el tamaño del tapón de la bañera. ¿Cierto o no?”

“Ahá.”

“ya ves, así es la cosa.”

En cuanto Rata hubo terminado, sacó un pañuelo de su bolsillo y se sonó la nariz ruidosamente. Cuan serio era acerca del tema, no sabría decir.

“aunque, todos mueren al final,” aventuré.

“¿Y qué con eso? todo el mundo tiene que morir alguna vez. Pero hasta que llegue ese momento se pasan sus buenos 50 años de vida por vivir, y déjame decirte, vivir 50 años pensando en varias cosas es todo un infierno comparado a vivir 500 años sin pensar en nada, ¿estoy en lo cierto?”. Tuve que admitir que tenía un argumento ahí.

4.

Conocí por primera vez a Rata hace 3 años en primavera. Ambos entramos a la universidad aquel año, y los 2 habíamos quedado muy vapuleados. Así que no recuerdo absolutamente nada de los que pueda haber pasado para que termináramos en aquel viaje pasadas las 4 de la mañana en su brillante Fiat 600 negro. Supongo que teníamos algun amigo en común.
Sea cual fuere el caso, íbamos ebrios, acelerando ruidosamente, y para colmo el velocímetro llegaba ya a los 50. ¿Qué mejor razón para arrancar de cuajo los arbustos de un parque, arrasar un campo de azaleas, e irnos directo contra un poste de piedra? Solo nuestra enorme suerte permitió que ninguno de los dos saliera herido.
Cuando mi cabeza se aclaró del choque, abrí la malograda puerta de una patada y salí, solo para encontrarme con que el capó había salido volando limpiamente y había aterrizado a treinta pies frente a una jaula de monos. La parte delantera del auto estaba encajada perfectamente en la superficie del poste de piedra, y los monos de la jaula no estaban nada contentos de haber sido despertados tan rudamente.
Rata yacía sentado desarreglado, con ambas manos en el volante. No estaba lastimado, solo estaba depositando en el tablero los restos de la pizza que había pedido una hora antes. Me subí sobre el carro y atisbé por la ventana del techo que daba al asiento del conductor.

“¿Estás bien?”
“Ajá, me pasé un poco con la bebida, creo. Me hizo vomitar”
“¿Puedes salir?”
“Tendrás que jalarme.”

Rata apagó el motor, tomó su paquete de cigarrillos del tablero, se lo metió al bolsillo, y luego rápidamente tomó mi mano para alzarse al techo del auto. Y allí nos quedamos, uno al lado del otro sobre el techo del Fiat, mirando al cielo empezar a iluminarse, fumando los cigarrillos en silencio. No sé porqué, pero se me vino a la mente una película de guerra protagonizada por Richard Burton. No tengo idea de qué pensaba Rata.
“hombre, la suerte de hecho está con nosotros” dijo cinco minutos después. “O sea, míranos. Ni un rasguño. ¿Puedes creerlo?

Asentí. “el auto ya es chatarra, sin embargo.”
“”Hey, no te preocupes por eso. Puedes comprar otro auto, pero no puedes comprar tu suerte.”
Eso me sorprendió un poco, y observé a Rata “¿Eres así de adinerado?”
“Así parece”
“Bien por ti”

Rata no respondió; solo se quedó moviendo la cabeza, insatisfecho. “Como sea, viajamos con la suerte a nuestro lado”

“Supongo”

Rata apagó su cigarrillo en la suela de su zapatilla, lanzando luego la colilla en dirección a la jaula de los monos.

“Hey, ¿porqué no hacemos los dos un equipo? apuesto que podríamos hacer grandes cosas.”
“¿cómo qué, para empezar?”
“¿Qué tal unas cervezas?”

Compramos media docena de cervezas de una máquina expendedora cercana, caminamos hasta la playa, nos tendimos en la arena y luego nos sacudimos. Luego miramos al mar. Iba a ser un magnífico día soleado.

“Puedes llamarme ‘Rata’,” dijo
“¿Como conseguiste un nombre así?”
“Ya lo olvidé. fué hace mucho tiempo. Al principio realmente odiaba que me llamaran así, pero ahora ni siquiera pienso en ello. Uno se acostumbra a lo que sea.”

Lanzamos las latas vacías al mar, luego nos quedamos en el embarcadero y dormimos una hora con un abrigo sobre nuestras cabezas. Cuando desperté, mi cuerpo rebosaba una extraña energía. Se sentía muy raro.

“Apuesto que puedo llegar a setenta corriendo,” le dije.
“Yo también,” dijo Rata.


En realidad, lo que terminamos teniendo que hacer fue pagar a la municipalidad los daños al parque por un periodo de tres años, con intereses.

5.

Rata era terriblemente iletrado. De hecho, jamás lo vi leer algo excepto quizás un periódico deportivo o publicidad por correo directo. Una vez, cuando yo estaba leyendo para matar el tiempo, le dio una mirada al libro, tan perplejo como una mosca mirando un matamoscas.

“¿Por qué lees libros?”
“¿Por qué bebes cerveza?”

Le respondí entre que daba bocados a la ensalada y al escabeche de caballa, sin siquiera mirarlo. Esto dejó a Rata sumido en lo profundo de sus pensamientos. Eso fue cinco minutos antes de que volviera a abrir la boca.

“Lo grandioso de la cerveza es que puedes expulsarla toda. Un out, una base, doble juego. Así todo cerrado y terminado.”

Rata me observaba seguir comiendo mientras lo decía.

“¿Por qué solo lees libros?”

Me tomé la pieza de caballa con un trago de cerveza para pasarla, alejé mi plato y comencé a pasar las hojas de La Educación Sentimental que tenía al lado.

“porque Flaubert está muerto y enterrado. Por eso.”
“¿No lees libros de autores vivos?”
“No hay nada de valor en los autores vivos”
“¿Cómo es eso?”
“Cuando la gente está muerta, puedes perdonarle ‘casi cualquier cosa’.” Terminé mi lado de la conversación mirando una repetición de “Ruta 66” en la televisión que estaba detrás del mostrador. Nuevamente, Rata se quedó en silencio, absorto en sus pensamientos.

“entonces, ¿qué hay de la gente de carne y hueso? ¿A ellos tampoco les puedes perdonar ‘casi cualquier cosa’?”

“Buena pregunta. Nunca le di mayor importancia. Pero si llegara el caso, entonces eso sería probablemente lo que sucedería. Es, sencillamente que no está en mí el perdonarles”

J se acercó y puso dos cervezas más frente a nosotros.

“Y si no puedes perdonar, ¿entonces qué?”
“Abrazo mi almohada y me voy a dormir”

Rata meneó la cabeza, se veía realmente desconcertado.

“Que extraño. Yo, no sé qué pensar,” dijo Rata.

Volví a llenar su vaso, pero eso no lo sacó de sus pensamientos.

“La última vez que leí un libro? debe haber sido el verano pasado,” dijo. “Ya olvidé el título y el autor. Ya hasta olvidé por qué lo leí, pero como sea, era una novela, escrita por una mujer. El protagonista era una mujer, una diseñadora de modas famosa, de treinta años o algo, que se le mete en la cabeza que tiene una enfermedad incurable”
“¿qué tipo de enfermedad?”
“Ya lo olvidé. Cancer o algo. ¿Alguna otra enfermedad incurable?... bien, así que va a este refugio junto a la playa, y de inicio a fin se la pasa masturbándose. En el baño, en los bosques, en su cama, en el océano, en todos sitios.”
“¿En el océano?”
“Ajá... ¿puedes creerlo? ahora, porqué alguien escribiría una novela así? tiene que haber mucho mejores cosas de las cuales escribir.”
“Eso creo”
“Novelas como esa, no gracias, no para mí. Me hacen querer vomitar”

Asentí.

“Yo, creo que escribiría un tipo de novela completamente distinto”
“¿Como por ejemplo?”

Rata pasaba el dedo por el borde de su vaso mientras se ponía a pensar un poco en ello.

“¿Qué tal esto? Estoy en un barco que se hunde en medio del pacífico. Allí estoy, sujetándome a mi salvavidas, mirando las estrellas, flotando completamente solo en el mar de noche. Una bella y tranquila noche. ¿Entonces qué debería pasar? una mujer joven, también sujeta a su salvavidas, viene nadando, así, de la nada.”

“¿Es bonita?”
“¿Tú qué crees?”

Bebo un sorbo de cerveza y meneo la cabeza.

“Suena algo tonto”
“Tú solo escucha, quieres? entonces los dos estamos flotando hombro a hombro ahí en el océano, solo disfrutando de la brisa. De dónde venimos, a donde vamos, intereses y pasatiempos, los compañeros de cama que tuvimos, programas de televisión favoritos, sueños de la noche anterior, cosas como esas. Entonces nos conseguimos unas cervezas”
“Hey, un segundo. ¿De dónde salió la cerveza?”

Rata lo pensó un segundo.

“Estaba flotando alrededor, latas de cerveza del almacén del barco. También con algunas latas de sardinas, ok?”
“Entendido.”
“Eventualmente, el amanecer se termina. ¿Qué debemos hacer? ella me pregunta. ‘Yo creo que empezaré a nadar hacia una isla’ dice ella. ‘Pero y si no hay ninguna isla?’ digo yo. ‘yo creo que me quedaré aquí, flotando y bebiendo cerveza. Seguramente vendrá un avión de rescate.’ Pero ella decide irse nadando de todos modos”

Rata suspiró y tomó un trago.

“La mujer nada durante dos días y noches hasta que finalmente llega a una isla. ¿Yo? pues, luego de la esperada resaca aparece un avión para rescatarme. Entonces, unos años después, los dos nos encontramos en un pequeño bar en Yamate,”
“Y supongo que se toman algunas cervezas, por los viejos tiempos”
“¿No te parece?”
“me conmueve” dije.

6.

La novela de Rata tenía dos puntos rescatables: primero, no hay escenas de sexo; y segundo, nadie muere. Dejado a sus anchas, un hombre se acostará con mujeres y morirá, de todos modos. Es la naturaleza del animal.

*

“¿Entonces crees que estaba equivocada?” preguntó.

Rata tomó un trago de cerveza y lentamente meneó la cabeza. “Bueno, déjame decirte, todo el mundo está equivocado.”
“¿Qué te hace pensar eso?”
“Uhm,” Rata se aclaró la garganta, luego se pasó la lengua por los labios, pero no dió respuesta.

“Yo nadé hasta no sentir los brazos tratando de alcanzar esa isla. Dolía tanto que pensé que me iba a morir. Y eso no es todo. Yo seguía pensando, ¿qué tal si tú tuvieras razón y yo estuviera equivocada? ahí estaba yo matándome, entonces, por qué tú solo te quedaste flotando sin hacer nada?”

Entonces ella forzaba una risita, para luego pasar a masajearse las sienes, desanimada. Rata consiguió algo de tiempo buscando sin rumbo en sus bolsillos. Por primera vez en tres años deseaba fumar.

“¿Deseaste que hubiera muerto?”
“Un poco.”
“De verdad, ¿solo un poco?”
“... ya lo olvidé.”

Se quedaron en silencio por un rato. Rata sintió que debía decir algo.

“Hey, no todos los hombres son creados iguales, ¿sabes?”
“¿Quien dice?”
“John F. Kennedy.”