Cubierta

La brisa arroja incesante, el rocio sobre mi piel. Pasan los minutos, sin embargo las fuerzas no vuelven a mi cuerpo. Pienso que, si alguien observara la playa, vería una roca abandonada en vez de mi cuerpo sentado. Es tal el cansancio que no da espacio para la desesperación. Es tal el cansancio.
Pienso en ello mientras observo el cielo, descansando en el parque. Vale decir que falté al trabajo. Me la he pasado acostado en el pasto, observando las nubes, tratando de analizar este recuerdo. Con temor, he probado a recapitular en mi memoria cada paso, en el estricto orden de sucesión. Pero cada vez que he llegado al momento en que estoy en la playa, sin poder moverme, ha sucedido lo aterrador: el cansancio ha trepado, de mi cuerpo recordado, a mi cuerpo presente. He descubierto el cansancio como algo distinto, a punto de salir de su escondite a devorarme. Es una certeza súbita de peligro la que me hace abrir los ojos. Dubitativo, levanto la mano derecha hacia el alcance de la vista. El escalofrío está desapareciendo nuevamente, mientras muevo los dedos y cierro el puño, dudando brevemente de los propios sentidos. Pienso que quizás no sea tan importante volver a ese momento. El sol está frente a mi en este momento, después de todo. Pienso en aquello que se oculta, mas allá de mi cansancio. Pienso que quizás, es momento de dejar de pensar. Solo dejar de nadar. Solo abandonar.

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