Ataque

Ayer llovió (un momento) en la mañana. El cielo nublado se mantuvo la mayor parte del viaje diario a la oficina mientras extrañado, recibía los recuerdos que el cielo de Lima dejaba libres en mi memoria. Estaba apurado, así que intentaba no prestar atención a cada catástrofe que la breve garúa provocaba: un fragmento de la mañana que transitaba era ahora La victoria, con su olor a mercado y ajetreo de estibadores. Metros más adelante apareció intempestivo Ate, de pistas y vientos resecos, mientras detrás de mí brotaba Independencia, destilando incertidumbre al resto de recuerdos que tuviera a su alcance. Un recuerdo cayó muy cerca, dejando sobre mi rostro gotas de agua e inconsciencia. No reconocí el lugar a simple vista, tal era la conmoción. Los oídos me zumbaban y no me podía mantener en pie. La playa, solitaria y silente, había reemplazado por completo mi anterior ubicación. Poco a poco, al ceder mis oídos, los sonidos fueron cubriendo este nuevo mundo. Primero fue el viento, luego las olas, que llegaban constantes a mis pies. Busqué entonces, pero no encontré a nadie al alcance de la vista. Cuando al fin pude moverme, decidí quedarme sentado sobre la arena, hasta que todo volviera a la normalidad. Cerré los ojos y aspiré el aroma salino, que ya se sentía más real que el viaje diario al trabajo. Volteé a mi izquierda, divisando a lo lejos un pequeño mercado. Chorrillos - pensé.

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