Bajo tierra

"Underground" de Haruki Murakami
Según la traducción al inglés de Alfred Birnbaum y Philip Gabriel
(fragmento) 

Otro motivo personal para mi interés en el ataque de gas en Tokio es que sucedió bajo tierra. Los mundos subterráneos – pozos, túneles, cuevas, ríos y fuentes subterráneas, callejones oscuros, vías del metro – siempre me han fascinado y son parte importante de mis novelas. La imagen, la sola idea de un camino oculto, inmediatamente llena mi cabeza de historias...
Los escenarios bajo tierra juegan roles importantes en dos de mis novelas, Fin del mundo y un despiadado país de las maravillas y Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Los personajes  bajan al inframundo en busca de algo y es ahí abajo donde las distintas historias se desarrollan. Ellos descienden, por supuesto, en un sentido tanto físico como espiritual. En Fin del mundo unos seres míticos llamados tinieblos había vivido debajo de nosotros desde tiempos inmemoriales. Horribles criaturas, carentes de ojos y que se alimentaban de carne podrida. Habían excavado  una vasta red subterránea de túneles debajo de Tokio, conectando sus "nidos". La gente ordinaria, sin embargo, no sabía de su existencia. El protagonista, por una razón u otra, desciende a este fantástico escenario, encuentra desconcertantes rastros de infestación tiniebla y de algún modo llega a pasar a través de las obscuras profundidades para emerger a salvo en la estación de Aoyama en la linea Ginza. Hubo veces, viajando en el subterráneo de Tokio luego de escribir esta novela, en la que fantaseaba con ver tinieblos "ahi afuera" en la obscuridad. Los imaginaba dejando una roca en el camino del tren, cortando la energía, rompiendo las ventanas y arrasando los vagones, destrozandonos con sus dientes, afilados como cuchillas...
Una fantasía infantil, lo admito. Aún así, me guste o no, cuando me llegaron las noticias del ataque de gas en Tokio, tengo que admitir que los tinieblos se me vinieron a la mente: figuras sombrías listas y esperando justo detrás de mi ventana en el tren. Si fuera a dar rienda suelta a una muy intima paranoia, habría imaginado algún vínculo entre aquellas malignas criaturas de mi creación y aquellos obscuros seres que causaban estragos entre los pasajeros del metro. Ese vínculo, imaginario o no, me dió una razón más personal para escribir este libro.
No tengo la intención de colocar a los miembros de Aum en el lugar de monstruos salidos directamente de las páginas de  H.P. Lovecraft. Que yo haya creado los tinieblos en Fin del mundo ciertamente dice más de los temores primitivos latentes en mí. Sea de mi propia mente o del inconsciente colectivo, eran una presencia simbólica, o bien representaban el peligro de una manera pura y simple. No asociado necesariamente con la obscuridad, sino con lo que está fuera de nuestro campo de visión. Aunque hay momentos en los que incluso nosotros, afectos a la luz, encontramos descanso en el suave y reparador abrazo de la obscuridad. Necesitamos el amparo de la noche, pero bajo ninguna circunstancia nos aventuramos más allá, a abrir aquella puerta cerrada que nos conduce hasta lo más profundo. Es desde ese más allá, donde se se revela la impenetrable y obscura narrativa del mundo de los tinieblos.
Es así que, en el concepto de mi propia narrativa, los cinco "agentes" de Aum, que rasgaron aquellas bolsas de sarín con las puntas afiladas de sus paraguas, liberaron enjambres de tinieblos bajo las calles de Tokio. La sola idea me llena de terror, a pesar de su simplicidad. Sin embargo, tengo que decir esto fuerte y claro: Jamás debieron hacer lo que hicieron. Por ninguna razón.

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