Chica cumpleañera

Publicado en Harper's Magazine Ed. Jul 2003


De la traducción al inglés de Jay Rubin

Ella atendía las mesas como siempre aquel dia, el de su vigesimo cumpleaños. Siempre trabajaba los viernes, pero si todo había ido de acuerdo al plan aquel viernes en particular, tendría la noche libre. La otra chica de medio tiempo había aceptado cambiar turnos con ella sin dudarlo: ser gritoneada por un chef furioso mientras iba repartiendo gnocchi de calabaza y fritto de mariscos a las mesas de los clientes no era la forma de pasar un cumpleaños número veinte. Pero la otra chica había empeorado de un resfrio y había sido enviada a descanso con diarrea y fiebre de 40 grados, así que, para ponerlo en corto, terminó trabajando ese dia después de todo.

Se encontró a sí misma tratando de reconfortar a la chica enferma, que llamó para disculparse. "No te preocupes," dijo "no iba a hacer nada especial de todos modos, aunque sea mi veinteavo cumpleaños".

Y de hecho, no estaba para nada desilusionada. Una razón era la terrible discusión que había tenido hace pocos dias con el enamorado con el que se supone iba a pasar aquella noche. Habían estado juntos desde la preparatoria, y la discusión había empezado de casi nada. Pero inesperadamente había pasado a mayores hasta convertirse en una larga y agria competencia de gritos - una lo suficientemente mala, estaba segura, como para romper sus lazos de tanto tiempo de una vez por todas. Algo dentro de ella se había endurecido como la roca y muerto. Él no la había llamado desde el incidente, y ella no iba a llamarlo.

Su centro de trabajo era uno de los más conocidos restaurantes italianos en el pequeño distrito de Roppongi en Tokyo. Había estado en el negocio desde finales de los 60's y aunque su sazón era dificilmente sobresaliente, su buena reputación estaba completamente justificada. Tenía muchos clientes habituales, y nunca habian sido decepcionados. El comedor tenía una atmósfera calma y relajada, sin un asomo de apuro. En vez de un público joven, el restaurant atendía a clientes ya mayores, que incluían gente famosa del escenario y escritores.

Los dos meseros de tiempo completo trabajaban seis dias a la semana. Ella y la otra camarera de medio tiempo eran estudiantes que tomaban turnos trabajando tres dias cada una. Además estaba el administrador del piso y, en la registradora, una delgada mujer de mediana edad que supuestamente había estado ahí desde la apertura del restaurant - literalmente - , sentada en el mismo sitio, al parecer, como algún melancólico y viejo personaje de Little Dorrit. Ella tenía exactamente dos funciones: Recibir el pago de los invitados y atender el teléfono. Hablaba solo cuando era necesario y siempre vestía el mismo traje negro. Había algo frio y duro acerca de ella: si la pusieras a flotar en el mar de noche, probablemente hundiría cualquier barco que diera contra ella.

El administrador del piso estaba quizás al final de sus cuarenta. Alto y de espalda ancha, su contextura sugería que había sido deportista de joven, pero un exceso de carne empezaba a acumularse en su vientre y barbilla. Su cabello, corto y pegado se enralecía en la corona, y un aroma característico de soltero ya de edad se desprendía de él - un aroma como a papel periódico que ha sido guardado por un tiempo en un cajón con jarabe para la tos -. Ella tenía un tío soltero que olía igual.

El administrador siempre vestía traje negro, camisa blanca y corbata de pajarita - no una como prendedor, sino una real, anudada a mano. Era motivo de orgullo para él, poder anudarla perfectamente sin mirarse al espejo. Su trabajo consistía en verificar la llegada y salida de los invitados, manteniendo el estado de las reservaciones en mente, recordar el nombre de los clientes habituales, recibirlos con una sonrisa, prestando respetuosa atención a alguna queja de los clientes, brindar sugerencias de experto en vinos, y supervisar el trabajo de los meseros y camareras. Cumplía con sus deberes diestramente dia tras dia. Era también su tarea especial llevar la cena a la habitación del dueño del restaurant.

"El dueño tenía su propia habitación en el sexto piso del mismo edificio donde estaba el restaurant," dijo ella. "Un apartamento o oficina o algo."

De alguna forma ella y yo habíamos llegado al tema de nuestros cumpleaños número veinte - qué tipo de dia había sido para cada uno de nosotros -. La mayoría de gente recuerda el dia que cumplió veinte. El suyo había pasado hace más de diez años.

"Aunque él nunca, jamás mostró la cara en el restaurant. El único que lo había visto era el administrador. Era estrictamente su trabajo enviarle la cena al dueño. Ninguno de los empleados sabía como se veía."

"Así que, básicamente, el dueño recibía pedidos a su casa de su propio restaurant."

"Exacto," dijo ella. "cada noche a las ocho el administrador tenía que enviar la cena a la habitación del dueño. Era la hora más ocupada del restaurant, así que el hecho de que el administrador desapareciera precísamente en ese momento era siempre un problema para nosotros, pero no había manera de solucionarlo ya que era la forma como siempre se había hecho. Ellos colocaban la cena en uno de esos carritos que los hoteles usan para el servicio al cuarto, el administrador lo empujaba al ascensor poniendo una expresión respetuosa en el rostro, y quince minutos después regresaba con las manos vacías. Luego, una hora después, él subía nuevamente y bajaba el carrito con los platos y vasos vacíos. Como un reloj, cada dia. Pensé que era realmente extraño, la primera vez que lo ví. Era como una especie de ritual, ¿sabes? Después de un tiempo me acostumbré, creo, y no le volví a prestar atención."

El dueño siempre pedía pollo. La receta y las verduras podian ser diferentes cada dia pero el platillo principal siempre era pollo. Un joven chef una vez le contó que había intentado enviarle exáctamente el mismo pollo rostizado todos los dias en una semana solo para ver lo que podría pasar, pero nunca hubo ninguna queja. Claro que un chef desea probar diversas formas de preparar las cosas, y cada nuevo chef se retaría a sí mismo con cada técnica que pudiera idear para preparar el pollo. Harían salsas elegantes, intentarían con pollos de distintos vendedores, pero ninguno de sus esfuerzos tendría efecto: Era igual a lanzar piedras a una cueva vacía. Cada uno de ellos se rindió y terminó enviando al dueño un pollo común y corriente cada dia. Era todo lo que se esperaba de ellos.

El trabajo empezó como de costumbre en su cumpleaños número veinte, 17 de noviembre.
Había estado lloviendo de manera intermitente desde el medio dia, y garuando al final de la tarde. A las cinco en punto el administrador reunió a todos los empleados juntos para explicarles los especiales del dia. Era necesario que los que atendían los memorizaran palabra por palabra y sin usar anotaciones. Ternera a la milanesa, pasta aderezada con sardina y col, crema batida de castañas. A veces el administrador hacía las veces de cliente y los probaba con preguntas. Luego venía la cena de los empleados: ¡los meseros de este restaurant no iban a tener los estomagos rugiendo mientras estaban de pie junto al cliente tomando sus órdenes!

El restaurant abría sus puertas a las seis en punto, pero los huespedes tardaban en llegar a causa del aguacero, y otras reservaciones simplemente fueron canceladas. Las mujeres no querían que la lluvia arruinara sus vestidos. El administrador se paseaba apretando los labios y los meseros mataban el tiempo puliendo los condimenteros de sal y pimienta o conversando de cocina con el chef. Ella examinaba el comedor con su pareja de mesa y escuchaba la música de clavicordio fluyendo discretamente de los altavoces del techo. El profundo aroma de la reciente lluvia de otoño se abría paso en el restaurante.

Fué después de las siete y treinta que el administrador empezó a sentirse mal. Se desplomó sobre una silla y permaneció sentado por un rato presionando su estómago, como si le hubieran disparado de repente. Una aceitosa gota de sudor pendía de su frente. " Creo que será mejor que vaya al hospital," murmuró. Que él tuviera problemas médicos era algo muy fuera de lo común: nunca había faltado un dia desde que enpezó a trabajar en este restaurant, hace ya más de diez años. Ese era otro motivo de orgullo para él, nunca haber caido a causa de herida o enfermedad, pero la mueca de dolor dejaba en claro que se encontraba muy mal.

Ella salió con un paraguas y detuvo un taxi. Uno de los meseros mantuvo de pie al administrador y subió al auto con él para llevarlo a un hospital cercano. Antes de subirlo al taxi, el administrador le dijo a ella con voz ronca, "Quiero que lleves una cena a la habitación 604 a las ocho en punto. Todo lo que tienes que hacer es tocar el timbre, decir 'Su cena está aquí' y dejarla."

"La habitación 604, ¿correcto?" dijo ella.

"A las ocho en punto," repitió él. "En punto." hizo una mueca nuevamente, se subió, y el taxi se lo llevó lejos.

La lluvia no dió signos de detenerse una vez que el administrador se hubo ido, y los clientes llegaban a intevalos largos. No más de una o dos mesas eran ocupadas a la vez, así que si el administrador y un mesero tenian que ausentarse, este era un buen momento. las cosas solian ponerse tan dificiles que no era extraño que el equipo completo tuviera problemas para darse abasto.

Cuando la comida del dueño estuvo lista a las ocho en punto, ella empujó el carrito de servicio a la habitación y lo llevó al sexto piso. Era la comida acostumbrada para él: media botella de vino tinto con el corcho aflojado, un thermo con café, entrada de pollo con vegetales al vapor, bocadillos enrrollados y mantequilla. El fuerte aroma del pollo cocido llenó rápidamente el pequeño ascensor, mezclándose con el olor de la lluvia. Gotitas de agua esparcidas en el piso, sugerían que alguien con un paraguas mojado había estado hace poco en el elevador.
Ella empujó el carrito por el corredor, haciendo alto frente a la puerta marcada "604". Chequeó dos veces el encargo en su cabeza: 604. Esa era. Se aclaró la garganta y presionó el botón de la puerta.

No hubo respuesta. Se quedó en el sitio sus buenos veinte segundos. Precisamente cuando estaba pensando en tocar el timbre nuevamente, la puerta se abrió hacia adentro y un viejo delgado apareció. Era más bajo que ella, por casi cuatro o cinco pulgadas. Vestía un traje negro y una corbata de pajarita. Contra la camisa blanca, la corbata se distinguía con el amarillo parduzco de las hojas secas. Proyectaba una impresión de limpieza, sus ropas perfectamente planchadas, su cabello blanco alisado: se veia como alguien a punto de salir esa noche a algún tipo de búsqueda. Las profundas arrugas que poblaban su frente le hicieron pensar en barrancos profundos vistos en una fotografia aérea.

"Su cena, señor. " dijo ella con voz ronca, para luego aclararse silenciosamente la garganta. Su voz se hacía grave siempre que estaba nerviosa.

"¿Cena?"

"Si señor, El administrador se sintió mal de repente. Yo tomé su lugar por hoy. Su comida, señor."

"Oh, ya veo," dijo el anciano, casi como hablando para sí, su mano aún sujetando el pomo de la puerta. "¿Se enfermó, eh? no me digas."

"El estómago empezó a dolerle de pronto. Fué al hospital. Cree que pueda tener apendicitis."

"Oh, eso no es bueno," dijo el anciano, pasandose los dedos por las arrugas de la frente. "para nada bueno"

Ella se aclaró la garganta nuevamente. "¿Le dejo su comida dentro, señor?" preguntó.

"Ah, sí, claro," respondió el anciano. "sí, claro, si desea. Por mí está bien."

¿Si deseo? pensó ella. Que extraña forma de decirlo. ¿Qué se supone que yo desee?

El anciano terminó de abrir la puerta, y ella puso el carrito dentro. El piso estaba cubierto con una alfombra corta gris, sin lugar para descalzarse. La primera habitación era un estudio amplio, como si el apartamento fuera más un lugar de trabajo que una residencia. Por la ventana se podía ver la torre de Tokio cercana, su esqueleto metálico delineado con luces. Un largo escritorio junto a la ventana y junto al escritorio un pequeño sofá y un sillón de 2 plazas. El viejo señaló la mesa de café de plástico laminado en frente del sofá. Ella dispuso la comida en la mesa: servilleta blanca y cubiertos, cafetera y taza. Vino y copa, pan y mantequilla, y el plato de pollo y verduras.

"Si fuera tan amable de colocar los servicios en el pasillo como siempre, señor, vendré a recogerlos en una hora."

Sus palabras parecieron sacarlo de la apreciativa contemplación de su cena. "Oh, si, claro. Los pondré en el pasillo. En el carrito. En una hora. Si lo desea."

Si, respondió para sí misma. por el momento es exactamente lo que deseo. "¿Hay algo más que pueda hacer por usted, señor?"

"No, no lo creo," dijo luego de pensarlo un momento. Vestía zapatos negros que habían sido lustrados al máximo. Eran pequeños y elegantes. Tiene estilo en el vestir, pensó. Y es muy erguido para su edad.

"Bien, entonces, señor, vuelvo al trabajo."

"No, espere solo un momento," dijo.

"¿Señor?"

"¿Cree que sea posible que me brinde cinco minutos de su tiempo, señorita? Tengo algo que me gustaría decirle."

Fue tan formal en su pedido que la hizo sonrojar. "Creo que está bien," dijo ella. "Quiero decir, si en realidad son solo cinco minutos." Él era su jefe, después de todo. Él le estaba pagando por hora. No era una cuestión de que ella le dé, o él esté tomando su tiempo. Y este anciano no parecía una persona que fuera a hacerle algo malo.

"a propósito, ¿que edad tiene usted?" preguntó el anciano, de pie, con los brazos cruzados y mirandola directamente a los ojos.

"Tengo veinte ahora," dijo.

"Veinte ahora," repitió él, entrecerrando los ojos como si observara fíjamente algo a través de algún tipo de grieta. "Veinte ahora. ¿Desde cuando?"

"Bueno, acabo de cumplir veinte," dijo ella. Luego de un momento de duda, agregó, "Hoy es mi cumpleaños, señor."

"Ya veo," dijo él, frotándose la barbilla como si eso lo explicara todo. "Es hoy, ¿cierto? ¿Hoy es su veinteavo cumpleaños?"

Ella asintió en silencio.

"Su vida en este mundo empezó exáctamente hace veinte años contando desde hoy."

"Si señor," dijo ella, "así es."

"Ya veo, ya veo," dijo él. "Es maravilloso. Bien, entonces, feliz cumpleaños."

"Muchas gracias", dijo ella, y entonces cayó en la cuenta de que era la primera vez en todo el dia que alguien le había deseado un feliz cumpleaños. Claro que, si sus padres habian llamado desde Oita, ella encontraría un mensaje de ellos en la máquina contestadora cuando llegara a casa después del trabajo.

"Bien, bien, este es ciertamente un motivo de celebración," dijo él. "¿Qué tál un pequeño brindis? Podemos beber este vino tinto."

"Gracias señor, pero no puedo. Estoy trabajando ahora."

"Oh, ¿que hay de malo con un pequeño sorbo? nadie va a culparla si yo digo que está bien. Solo un sorbo, como símbolo de la celebración."

El anciano sacó el corcho de la botella y sirvió un poco de vino en su copa para ella. Luego él tomó un vaso ordinario de un gabinete de puertas de vidrio y se sirvió un poco de vino.

"Feliz cumpleaños," dijo él. "Que viva una rica y fructífera vida, y que nada haga sombras en ella."

Chocaron sus vasos.

Que nada haga sombras en ella: se repetía silenciosamente esta frase a sí misma. Por qué habría él elegido palabras tan inusuales para su brindis de cumpleaños?

"Su veinteavo cumpleaños sucede solo una vez en la vida, señorita. Es un dia irreemplazable."

"Si, señor, lo sé," dijo ella, tomando un cauto sorbo de vino.

"Y aquí, en su dia especial, usted se ha tomado la molestia de traerme la cena como un hada de buen corazón."

"Solo hago mi trabajo, señor."

"Aún así," dijo el viejo, con unos pocos y rápidos movimientos de cabeza. "Aún así, amable jovencita."

El anciano se sentó en la silla de cuero de su escritorio y la invitó al sofá. Ella se sentó cautelosamente al borde del sofá, con el vaso de vino en la mano. Rodillas alineadas, ella tiró de su falda para alisarla, aclarándose la garganta nuevamente. Vió las gotas de lluvia trazando lineas hacia abajo en el cristal de la ventana. El cuarto estaba extrañamente tranquilo.

"Hoy resulta ser su veinteavo cumpleaños, y a pesar de eso me ha traido esta maravillosa y caliente comida," dijo el anciano, como reconfirmando la situación. Luego colocó su vaso en el escritorio con un pequeño golpe. "Esto tiene que ser algún tipo de convergencia especial, ¿no lo cree?"

No muy convencida, ella dejó escapar un asentimiento.

"Es por eso que," dijo él, tocando el nudo de su pajarita color hoja seca, "siento que es importante para mí darle un regalo de cumpleaños. Un cumpleaños especial merece un regalo conmemorativo especial."

Turbada, ella movió la cabeza y dijo, "No, por favor, señor, no le dé tanta importancia. Todo lo que hice fué traerle la comida, tal como me ordenaron hacerlo."

El anciano levantó ambas manos, palmas hacia ella. "No, señorita, no le dé usted tanta importancia. El tipo de 'regalo' que tengo en mente no es algo tangible, no es algo que tenga una etiqueta de precio. Para ponerlo en simple" él colocó sus manos sobre el escritorio y tomó una larga y lenta inspiración "lo que quisiera hacer por una amable y joven hada como usted es concederle un deseo que pudiera tener, para hacerlo realidad. Cualquier cosa. Cualquier cosa que usted desee, asumiendo que tenga usted algún deseo."

"¿Un deseo?" preguntó ella, con la garganta seca.

"Algo que usted quisiera que suceda, señorita. Si usted tiene un deseo... Un deseo, lo haré realidad. Ese es el tipo de regalo de cumpleaños que puedo darle. Pero mejor piense en ello cuidadosamente, porque solamente puedo darle uno." Él elevó un dedo en el aire. "Solo uno. No podrá arrepentirse más adelante y deshacerlo."

Ella había quedado sin palabras. ¿Un deseo? Azotadas por el viento, las gotas de lluvia golpeteaban sin ritmo el cristal de la ventana. Todo el tiempo que ella permaneció en silencio, el viejo la miraba a los ojos sin decir nada. El tiempo marcaba su paso irregular en sus oidos.

"¿Yo tengo que desear algo, y me será concedido?"

En vez de responder a su pregunta, el anciano - las manos aún lado a lado en el escritorio - solo sonrió. Lo hizo de la forma mas natural y amable.

"¿Tiene usted un deseo, señorita? ¿o no?" preguntó amablemente.

"Esto pasó realmente," dijo, mirándome fijamente. "no lo estoy inventando."

"Claro que no," dije. Ella no era el tipo de persona que inventa alguna historia tonta de la nada. "Entonces... ¿pediste tu deseo?"

Ella se quedó mirándome por un rato, luego soltó un pequeño suspiro. "No me malentiendas," dijo. "Yo misma no lo estaba tomando cien por ciento en serio. Es decir, a los veinte años tu ya no estás viviendo en un mundo de cuentos de hadas. Si esta era su idea de una broma, pensé, tenía que felicitarlo por ocurrirsele una muy buena."

Era un viejo y apuesto camarada, con una chispa en los ojos, así que decidí seguirle el juego. Era mi veinteavo cumpleaños, después de todo: supuse que merecía que algo no tan ordinario me sucediera ese dia. No era un asunto de creer o no creer."

Asentí sin decir nada.

"Puedes entender como me siento, estoy segura. Mi veinteavo cumpleaños estaba llegando a su fin sin que sucediera nada especial, nadie deseandome un feliz cumpleaños, y todo lo que estaba haciendo era llevar tortellini con salsa de anchoa a las mesas de los clientes."

Asentí de nuevo "No te preocupes," dije "entiendo."

"Así que pedí un deseo."

El anciano mantuvo su mirada fija en ella, sin decir nada, las manos aún sobre el escritorio. También habían en el escritorio algunos folderes gruesos, que bien podían ser libros contables, había además implementos de escritura, un calendario y una lámpara con una pantalla verde. Sobre ellas, sus manos pequeñas se veían como parte del mobiliario del escritorio. La lluvia continuaba golpeando contra el vidrio, las luces de la torre de Tokio filtrándose a través de las gotas rotas.

Las arrugas de la frente del viejo se remarcaron ligeramente. "¿Ese es tu deseo?"

"Sí," dijo ella. "ese es mi deseo."

"Un poco inusual para una chica de tu edad," dijo. "esperaba algo diferente."

"Si no es bueno, desearé otra cosa," dijo ella, aclarándose la garganta. "no importa, pensaré en otra cosa."

"No no," dijo el anciano, levantando sus manos y moviendolas como banderas. "No hay nada malo, nada de eso. Es solo un poco sorpresivo, señorita. ¿No tiene algo más? como, digamos, ¿querer ser más bonita, más inteligente, o rica? ¿está usted bien sin desear algo como eso? - ¿algo que una chica ordinaria de su edad pediría?"

Ella se tomó un momento para buscar las palabras correctas. El viejo solo esperó, sin decir nada, sus manos descansando juntas sobre el escritorio nuevamente.

"Claro que me gustaría ser más bonita, o más inteligente o rica. Pero realmente no puedo imaginar que sucedería si alguna de esas cosas se hiciera realidad. Pueden ser más de lo que yo pudiera manejar. Sigo sin saber realmente de qué trata la vida , No sé como funciona."

"Ya veo," dijo el anciano. "Por supuesto. No es ningún problema para mí"

El viejo de repente fijó su mirada en un punto en el aire. Las arrugas de su frente se hicieron más profundas: bien podían haber sido las arrugas de su cerebro mismo, de lo concentrado que estaba en sus pensamientos. Él parecía estar fijándose en algo - quizás en todo - en los invisibles puntos de polvo flotando en el aire. Abrió sus brazos por completo, se levantó ligeramente de su asiento, y juntó las palmas de sus manos en un golpe seco. Incorporándose en la silla nuevamente, lentamente pasó las yemas de sus dedos a lo largo de las arrugas de su frente como para suavizarlas, y luego se volvió hacia ella con una sonrisa gentil.

"Está hecho," dijo. "su deseo ha sido concedido."

"¿Ya?"

"Sí, no fué ningún problema. Su deseo no fue ningún problema, amable señorita. Feliz cumpleaños. Puede usted volver al trabajo ahora. No se preocupe, pondré el carrito en el pasillo."

Ella bajó por el ascensor al restaurant. Con las manos ahora vacías, se sintió casi preocupadamente ligera, como si estuviera caminando en algún tipo de polvo misterioso.

"¿Estás bien? pareces ida," le dijo la joven camarera.

Ella le dedicó una ambigua sonrisa y sacudió la cabeza. "Oh, ¿si? No, estoy bien."

"Cuéntame del dueño. ¿Como es él?"

"No sé, no le presté mucha atención," dijo, terminando la conversación.

Una hora después subió a recoger el carrito. Estaba en el pasillo, y los utensilios en su lugar. Levantó la tapa para encontrar el pollo y las verduras terminados. La botella de vino y el thermo de café estaban vacíos. la puerta de la habitación 604 permanecía cerrada y sin expresión. Se quedó mirándola por un momento, con la sensación de que se abriría en algún momento, pero no se abrió. Se llevó el carrito por el ascensor y lo dejó en el lavadero. El chef dió una mirada a la bandeja, vacía como siempre, y asintió en silencio.

"Nunca volví a ver al dueño de nuevo," dijo ella "Ni una vez. El administrador resultó haber sufrido solo un dolor de estómago normal y volvió a ser él quien llevara la comida del dueño al dia siguiente. Yo renuncié después de año nuevo, y nunca he vuelto al lugar. No lo sé, siento como que es mejor no pasar cerca de ahí, es una especie de corazonada."

Ella jugueteó con un posavasos de papel, absorta en sus pensamientos. "A veces tengo la sensación de que todo lo que pasó en mi veinteavo cumpleaños fue algún tipo de ilusión. Es como si hubiera pasado algo para hacerme pensar que las cosas que sucedieron en realidad no habían sucedido. Pero estoy segura que sucedieron. Puedo aún traer a mi mente imágenes muy reales de cada mueble y de cada detalle en la habitación 604. Lo que me pasó ahí realmente pasó, y eso también tiene una gran importancia para mí."

Los dos nos quedamos en silencio por un rato, bebiendo nuestras bebidas y pensando nuestros pensamientos.

"¿Te importa si te pregunto una cosa?" pregunté. "O, más precisamente, dos cosas."

"Adelante," dijo. "Imagino que vas a preguntar lo que deseé aquella vez. Esa es la primera cosa que querrás saber."

"Pero parece que no desearas hablar acerca de eso."

"¿Tú crees?"

Asentí.

Ella bajó el posavasos y entrecerró los ojos, como fijando la mirada en algo a la distancia. "No se supone que le cuentes a nadie lo que uno desea. Sabes eso, ¿no?"

"No voy a tratar de sacarte la respuesta," dije. "Aunque me gustaría saber si se hizo realidad o no. Y también - sin importar lo que hayas deseado - si llegaste a arrepentirte de haber pedido ese deseo. ¿No lamentas no haber elegido otro deseo?"

"La respuesta a la primera pregunta es sí y también no. Aún me queda mucha vida por vivir, probablemente. No he visto como irán las cosas hasta el final."

"¿Así que es un deseo que toma tiempo en realizarse?"

"Podría decirse. El tiempo va a jugar un rol importante."

"¿Como en la preparación de ciertos platillos?"

Ella asintió.

Pensé en ello por un momento, pero lo único que me vino a la mente fue la imagen de un pastel gigante cocinando lentamente en un horno a baja temperatura.

"¿Y la respuesta a mi segunda pregunta?"

"¿Cual era la pregunta?"

Siguieron unos segundos de silencio. La mirada que me dirigió parecía carecer de profundidad. La disecada sombra de una sonrisa asomó por las comisuras de sus labios, revelando una especie de callado sentido de resignación.

"Estoy casada ahora," dijo. "con un contador tres años mayor que yo. Y tengo dos hijos, un niño y una niña. Tenemos un setter irlandés. Conduzco un audi y juego tennis con mis amigas dos veces a la semana. Esa es la vida que estoy viviendo ahora."

"Suena bien para mí", dije

"¿aún si el parachoques del audi tiene dos choques?"

"Hey, los parachoques son para chocar."

"Ese podría ser un muy buen sticker de parachoques," dijo, "Los parachoques son para chocar"

Miré su boca cuando dijo eso.

"Lo que estoy tratando de decir es esto," dijo más suavemente, rascandose el lóbulo de la oreja. Era un lóbulo bellamente formado. "No importa lo que deseara, no importa que tan lejos vaya, la gente no puede ser algo distinto de lo que ya es. Eso es todo."

"Esa es otra buena para sticker de parachoques", dije. "No importa cuan lejos vaya, la gente no puede ser otra cosa que lo que ya es"

Ella rió intensamente, con gran placer, y la sombra había desaparecido.

Ella apoyó un codo en la barra y me miró. "Cuentame" dijo, "¿qué habrías deseado tú si hubieras estado en mi lugar?

"¿La noche de mi veinteavo compleaños, quieres decir?"

"Ajá"

Me tomé un momento para pensar en ello, pero no se me ocurrió ni un solo deseo.

"No se me ocurre nada," confesé "estoy demasiado lejos de mi cumpleaños número veinte."

"¿En serio no se te ocurre nada?"

Asentí.

"¿nada?"

"nada."

Ella me miró a los ojos nuevamente - directamente - y dijo, "Eso es porque ya se ha cumplido tu deseo."

Esa conversación

- a esa edad tus padres todavía no te habían explicado?
- que si! lo hicieron! me explicaron todo eso de la cigueña, de París, del tráfico de menores...!

3D

- ya viste la era del hielo en 3D?
- si
- bacán el 3D?
- ... casi no se nota, como que te sacaran algo del bolsillo