Febrero 12, 6 de la tarde
(y el infierno se apagó)

Habia pensado en ello toda la mañana.
nuevamente, en la voz y sus modulaciones, sin estridencia ni ruido. Rememoraba aquellas palabras que eran melodía ante mis ojos cerrados, a oidos prestos a saborear la finalidad última de una manzana.

Me pierdo.

Pude, al atardecer, marcar los dígitos, en un locutorio a una vuelta de esquina en algún lugar.

Se le oye lejos. Yo te oigo bien...

y la necesidad real de un cuello entre mis dedos, tan real como el silencio al colgar. Pésimo audio, digo al nadie que ha de cobrar.
En la calle, el atardecer gris y cálido muta en infierno blanco. Todo desea morir y matar (en ese orden) y yo soy ese todo.

Al infierno llegó, una gota a perderse en mi frente.

Gracias, dije. Y la lluvia comenzó.

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