Conflicto entre los ojos y la mirada

Muchas veces he visto cosas que otros también han visto. Esto me inspira una cólera sutil y de puntillas, a cuya íntima presencia manan sangre mis flancos solidarios.

- Ha abierto sol - le digo a un hombre.

Y él me ha respondido:

- Sí. Un sol flavo y dulce.

Yo he sentido que el sol está, de veras, flavo y dulce. Tengo deseo entonces de preguntar a otro hombre por lo que sabe de este sol. Aquel ha confirmado mi impresión y esta confirmación me hace daño, un vago daño que me acosa por las costillas. No es, pues, cierto que al abrir el sol, estaba yo de frente? Y, siendo así, aquel hombre ha salido, como de un espejo lateral, a mansalva, a murmurar, a mi lado: «Sí. Un sol flavo y dulce». Un adjetivo se recorta en cada una de mis sienes. No. Yo preguntaré a otro hombre por este sol. El primero se ha equivocado o hace broma, pretendiendo suplantarme.

- Ha abierto sol - le digo a otro hombre.

- Sí, muy nublado - me responde.

Más lejos todavía, he dicho a otro:

- Ha abierto sol.

Y este me arguye:

- Un sol a medias.

¡Donde podré ir que no haya un espejo lateral, cuya superficie viene a darme de frente, por mucho que yo avance de lado y mire yo de frente!

A los lados del hombre van y vienen bellos absurdos, premiosa caballería suelta, que reclama cabestro, número y jinete. Mas los hombres aman poner el freno por amor al jinete y no por amor al animal. Yo he de poner el freno, tan solo por amor al animal. Y nadie sentirá lo que yo siento. Y nadie ha de poder ya suplantarme.

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