Respuestas

Esta vez no hubo evasivas cuando le pregunté. La abracé. Es decir, lo intenté. Rechazó mi cuerpo con la rapidez que solo otorga la angustia, para luego explicarse de una manera que no comprendí. Juro que no comprendí, o tal vez era que las palabras no llegaban a mis oidos, como si no estuvieran destinadas a mí. Mientras reemprendiamos el camino, intentaba descrifrar lo que en mi cabeza habia sido el sonido de su voz, mirándola a los ojos de rato en rato, ella devolviendome la sonrisa por algo que seguramente creía que yo había comprendido. Me detuve un momento y ella se adelantó un par de pasos más, convencida, casi cantante, de la comunión en la que nos encontrabamos. Repentinamente, tuve la impresión de ser observado y volteé, al momento que la mano de una muchacha de cabello negro se posaba sobre mi hombro. Conocía esa mirada y la detestaba. Sabía que no era culpa suya, pero no podia evitarlo. Miré nuevamente a mi compañera, que no habia abandonado su lugar a pocos pasos frente a mí, abstraida en algún sueño que no lograríamos alcanzar juntos.
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