Amanecía

La claridad invadía la habitación, desde las rendijas del techo, las ventanas y las paredes. El cuerpo junto al suyo, adormilado y sudoroso, ahora venía a guarecerse junto a su pecho - buenos dias - dijo. Ella no respondió. Se dedicó a restregar su sueño contra él. Mientras acariciaba su largo cabello dormido, pensó en lo extrañamente bien que iban las cosas, por primera vez en su vda. No tenia pensado quedarse tanto tiempo en un solo lugar. Cuando ella le preguntó porqué viajaba, a donde quería llegar, él - para ese entonces, ya algún amanecer los había encontrado en la misma cama - le respondió sinceramente que lo que menos le importaba era el destino. A ella se le iluminó la sonrisa al escuchar eso. Él nunca imaginó que ser sincero podia ser tan placentero - luego de otro dia más, encerrados en la habitación -.
Un fin de semana, en que ella no tenía mucho trabajo, se quedaron en la playa, tomando hasta acabarse toda la reserva de vinos de una bodega cercana. El creyó que ella querría medirse al momento de beber. Ella lo sacó de su error quitándole una botella de las manos y bebiendosela de un golpe, dejándo para él menos de la mitad. Él, divertido, se terminó lo restante. Hablaron mucho rato. Él le habló del mar - es tu obsesión, no? - y ella le habló del cielo - esa es mi obsesión -. Le dijo que preferia al cielo porque parecía otro mar, - imagínate a ese mar, cubriendo a la tierra y a tu mar... - pero el mar es el mar... - respondía él - y el cielo es el cielo, retrucaba ella -. dejaban fluir las palabras, conversaciones sin sentido que terminaban en carcajadas. El calor del atardecer extendió su borrachera, antes que el cansancio. Aún bailaron al compás de alguna música que unicamente ellos, en sus risas, podían escuchar. Así, riendo, cayeron aparatosamente, uno sobre otro, ambos sobre la arena.
Amanecía. Mientras acariciaba su largo cabello dormido, pensó en lo extráñamente bien que iban las cosas, por primera vez en su vida.
- ¿... y algún dia te irás? preguntó ella - como todos -respondió él. Luego de sobarse el rencoroso pellizco que se había ganado, la atrajo hacia sí, a fin de extenderse en su respuesta - todos nos vamos, todos abandonamos este valle de lágrimas ... - y acercándo el rostro de ella al suyo, continuó - ea pues, señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos, tus ojos misericordiosos... - ¿... me pides, acaso, el fruto bendito de mi vientre? - le susurró ella al oido. Creyó él que escuchar algo así lo asustaría, pero si algo había aprendido era que la sinceridad era jugar a ganar - lo quiero todo - respondió. Después, mucho después, comprendió que en ese diálogo habia herido el fragil orgullo de una esteril. Ella continuó tan amorosa como siempre. Incluso cuando aparecieron los primeros síntomas de la enfermedad. - Quisiera que tú fueras el que se muera primero - le dijo una noche, - ¿por qué? Dime - ella lo evadía. Tuvo que insistir mucho rato para que ella se decidiera a contestar. - Es que no quisiera dejarte acá, solo - Pero es por eso, precísamente, que yo estoy contento. Intentaron tener relaciones una vez más, pero la debilidad del cuerpo de ella, junto con su dificultad para respirar les cortaron los ánimos. Ella le pidió que fuera él quien la moviera, e hiciese todo lo necesario. Se lo pidió como quien pide un favor. A él le costó trabajo explicarle que no habia necesidad de pedirlo como favor.
Un dia, ella le pidió que la llevara a la playa. Las pocas personas que pasaban no reprimian el asco al ver el cuerpo delgado y demacrado que escapaba de las mantas - sarta de idiotas - sonreía él - Tú lo has dicho.
Dejó el cuerpo sin reclamar en la morgue, alistó sus cosas y devolvió las llaves de la habitación a la casera, que le dedicó una extraña mirada. - También me miran con asco, Noelia - dijo al vacio, a un bajar de escaleras y a una puerta cerrarse. Sarta de idiotas, dijo a la calle.

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