Por los siglos de los siglos...

¿Recuerdas todas las veces que cruzamos el puente que iba al pueblo, y siempre te negaste a bajar del caballo? Terca, niña terca, me río ahora. Un puente colgante no es lugar para jinetes. Tenías mi alma en vilo mientras guiaba a pie a la dócil bestia, un paso a la vez. Los señores me encargaban tu cuidado, por ser el que estaba mas cerca a tu edad, pero por eso mismo te negabas a hacer caso a las mínimas precauciones que intentaba tomar contigo.
Tu hermoso rostro arrugado. Mira cuanta gente te rodea. Te ríes hablándoles a tus nietos, pequeños que te miran, con más curiosidad que temor. No te levantas de esa vieja poltrona, tu cómodo trono matriarcal. ¿Ya para qué? Los niños siguen llegando, los hijos traen a sus hijos y estos, a sus hijos. Sonríes y los abrazas tan fuerte que a muchos de ellos haces olvidar que es la primera vez que los ves. Algo se aprende cuando se llega a tu edad.
Esa poltrona, ¿es acaso la que hice para tu madre? ¿Hace tanto? no es posible. Recuerdo que mi padre me enseñaba a hacer muebles. Fue precisamente durante la hechura de esta que ahora te sostiene. Él Estaba desbastando el armazón - siempre queda algo tosco luego de armarlo - me decía, cuando los demás peones entran al taller a llevárselo. Atisbé una expresión en su rostro que me costaba definir. No me avergüenza decir que se le quebró la voz al oír al patrón, llamándolo a salir. Afuera lo llevaron. Sostuvo la mirada del señor y en silencio, volvió la mirada hacia mí. - No te preocupes, se va a nuestra casa -.
La señora me trataba bien. Pocas veces la había visto salir en primavera. Otoño e invierno la mantenían retirada en sus habitaciones. Nunca habría entrado de no ser por tu insistencia - mi mamá quiere que vengas -. El olor fuerte de la madera húmeda.
Tal vez si las cosas hubieran sido de otra manera. Desear la muerte de un muerto no es pecado, ¿o sí? Pero tal vez si tu padre hubiera muerto primero, tal vez lo hubiera sabido antes. Ya sabes, ese secreto que la vergüenza le hacia callar. Yo lo sabia, o creía saber, que a pesar de su protección, tu padre me odiaba, tal como odiaba a mi padre por alguna rencilla perdida en el tiempo. ¿Por qué se había demorado tanto en hacer lo que hizo, finalmente?

Tuve mucho tiempo para odiarlo, cuando me enteré, por boca de tu madre, de su parte de la historia. ¿Te la contó también a ti? Digna confesión de agonizante. Al menos fue reconfortante para él, saber que el odio era mutuo. Mi padre no lo habría odiado, quizás eso lo hizo lo suficientemente insoportable como para matarlo.

Mis pasos ahora son lentos, pausados. Los más jóvenes me observan, dudosos de acercarse a ayudar a un extraño. Alguien me cede un asiento junto a la mesa donde está la gran torta que han traido para tu fecha especial. Los más pequeños corretean entre la sala y el jardín, amenazando con derribar las botellas de cerveza que presiden los corros de gente adulta. Junto a mí está una pareja con dos niñas que acaba de llegar, el padre ansioso de soltar a los hijos, como cabritos al monte – Pero primero vayan a saludar a la abuela – dice la madre – la biz… abuela – objeta la pequeña de ojos pardos, inquieta ante los intentos de su padre por acomodarle el cabello – ya – la suelta mientras la niña se va saltando, tarareando – la biz, abuela la biz, abuela la biz, abuela la biz… -.
La mujer le dice – ¿no es tu bisabuela? – si, pero si le digo a la nena entonces va a estar todo el día con el sonsonete de “es mi tatara tatara tatara tatara tatara tatara tararara tatarabuela…♫” – llévale a la bebe… - ¿por qué no vienes tú? – ya sabes que tu abuela no me quiere – no seas así… vamos! –

Mientras me guiabas hacia la habitación de tu madre, encontraba cada habitación que atravesabamos más fria que la anterior. La obscuridad era total en muchas de ellas y solo me tranquilizaba el hecho de que tu conocieras el camino.

Dias después retomé el trabajo que mi padre dejó pendiente. El armazón me igualaba en altura y no tenia la fuerza suficiente para hacer avanzar el cepillo sobre la madera. Armado únicamente con mi cólera y una buena cuota de papel de lija me dispuse a la batalla. Tu madre, nuestra madre, empeoraba cada dia y tu padre habia ordenado que solo la vea el médico. Fue hace tanto, lo he odiado tanto, lo he pensado tanto, que ahora no siento este odio como propio. Es solo un odio por encargo. Similar al amor por encargo que me impulsó a terminar el sillón que tienes ahora.

No la conocí como madre sino unas pocas semanas, que no bastaron para terminar la tarea. El relleno ya estaba cosido al cuero del respaldo, los brazos ya estaban terminados, y recién comenzaba a forrarlo con la tela que mi padre habia separado especialmente para esto. Me detuviste en silencio, bastó ver tu rostro bañado de lágrimas. No brotó un sonido de tus labios, pero tus ojos gritaban incontenibles. No habia terminado de cubrir el respaldo con la tela y fue todo tan natural como el fin del mundo para nosotros. Te abracé fuerte, incapaz de contener el llanto. Sollozando cada vez mas fuerte, sentí que me invadia una cólera ajena hasta que escuché tus sollozos entre mis brazos, quedito, sorbiendote los mocos apresuradamente. Volví a ser yo mismo, encarando la tristeza infinita, soportable solamente porque estabas ahi, llorando conmigo.
El hombre toma en sus brazos a la más pequeña, que mira con los ojos completamente abiertos a todo lo que se mueve a su alrededor, bebé de menos de un año chupándose todos los dedos de la mano.

Se acercan a ti, que estás jugando con la traviesa del “tatara…” le ries mientras acaricias sus mejillas y le ríes más, escuchando lo que te cuenta la despierta traviesa. El tiempo ha templado tu risa, pero sigue siendo el arrullo por el que tantas noches pedí al cielo direcciones. - … y después la bebita arrojó todo! Me manchó el vestido y mi mamá se molestó conmigo. . . – La escuchas mientras sujetas su rostro y puedo observar detenidamente el tuyo, de ojos cansados y de color ahora diluido. Él tiempo no pasa en vano y recién noto los gruesos lentes que descansan sobre tu pecho.

Cuando me quedé solo, hubo dias en que, a pesar de saber que te habias ido, pronunciaba tu nombre en la habitación vacía, una y otra vez, luego en otra habitación, la cocina, y me quedaba en la puerta que da a la calle, esperando que me hubieras escuchado y ya estuvieras por aparecer de regreso, doblando la esquina.

Pronuncié tu nombre otra vez y mi voz se quebró. Me arrepentí de inmediato. ¿Que derecho tengo? Volviste el rostro hacia mí, tus ojos cansados buscándome. Respondiste con mi nombre en un suspiro. Las pocas fuerzas que tenía me abandonaron y me quedé quieto, esperando dudaras de la realidad de este momento. Deseé desaparecer cuando empezaste a sollozar. Tu nieta en tu regazo, te mira desconcertada. Mi nombre nuevamente como un susurro – mamama que pasa? – el padre se acerca a la pequeña – que le pasa a la abuelita? – no sé hija, ¿mamá? ¿Que pasa?

¿Cuando dejé de verte? Ya tuve bastantes problemas para llegar. Una música que nuestra generación ya no comprende ensordece la amplia sala familiar. El taxi se perdió por más de media hora antes de encontrar la dirección. ¿Quien diría que las calles cambiarían de nombre con tanta frecuencia? Cuando llegamos a la capital creímos que nos perderíamos tarde o temprano, que en un abrir y cerrar de ojos el otro podría desaparecer y no nos volveríamos a encontrar jamás. Y claro, eso sucedió. Tan así que es probable que pasen otros cien años hasta que nos volvamos a encontrar.

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