El teniente Dumbar...

... echaba de menos algunas cosas. Por ejemplo, la compañia de personas. Echaba de menos el placer de tomar una copa. Pero sobre todo, echaba de menos a las mujeres, o más bien a una mujer. No es que pensara exactamente en el sexo, sino más bien en la necesidad de compartir. Cuanto más instalado se sentía en aquel estilo de vida libre y fácil en Fort Sedgewick, tanto más deseaba poder compartirlo con alguien, y al pensar en el elemento que le faltaba, hundía la barbilla y se quedaba mirando fija y tristemente hacia la nada.
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El teniente permaneció inmovil delante de su caballo y mientras la tribu se arremolinaba alrededor de En pie con el puño en alto, él se sintió desanimado. Aquél no era su pueblo. Nunca llegaría a conocerlos. Era como si se encontrara a mil kilómetros de distancia. Y en ese momento quiso ser pequeño, lo bastante pequeño como para arrastrarse al interior del agujero mas pequeño y oscuro. ¿Qué había esperado de aquella gente? Tuvo que haber pensado que echarían a correr a su encuentro, y le abrazarían, y le hablarían en su idioma, y le invitarían a cenar, a compartir sus historias y bromas con toda naturalidad. Qué solitario debía sentirse. Que despreciable tenía que haber sido por haber concebido expectativa alguna, por haberse aferrado a aquellas ideas tan estrafalarias, por haber abrigado esperanzas tan lejanas a la realidad que ya ni siquiera parecía capaz de ser honesto consigo mismo. Se las había arreglado para engañarse acerca de todo y pensar que él era algo, cuando no era nada. Todos estos terribles pensamientos daban vueltas en su cabeza como una tormenta de destellos incoherentes, y ya no le importaba el lugar donde se encontrara ahora, delante de este poblado primitivo. El teniente Dumbar vacilaba bajo el peso de una mórbida crisis personal. El corazón y la esperanza le habian abandonado al unísono, como demasiada tiza borrada de un plumazo de la pizarra. En alguna parte, en lo más profundo de sí mismo, alguien había bajado un conmutador, y la luz del teniente Dunbar se había apagado. Inconsciente ante todo lo que no fuera la vacuidad de sus sentidos, el desgraciado teniente montó en Cisco, lo hizo volver grupas y reinició el camino de regreso por donde había venido, emprendiendo un trote vivo. Todo esto sucedió con tan poca espectacularidad, que los muy ocupados comanches no se dieron cuenta de que se había marchado hasta que él ha había avanzado cierta distancia.


Michael Blake - Danza con lobos

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