Dias sin sol

Era una de tantas tardes celestes, en las que uno no puede saber la hora del dia. Ni que importara. Habían quedado en encontrarse en medio de la pista y pues, ahi estaban ahora, abrazados, perdido cada cual en los ojos del otro. Si alguien se hubiera fijado, tal vez hubiera pensado que estaban copulando. La serenidad y la adormilada sonrisa en sus rostros le habría dado la razón.
La tarde se había hecho eterna mientras acompasadamente se tensaban los músculos y la respiración agitada se entrecortaba cada vez. Los automóviles pasaban raudos junto a sus cuerpos. Sentados en la pista era probable que la gente pensara en un par de suicidas. “Están drogados” decían algunos. Entre los ocasionales observadores desde la vereda, los más viejos continuaban su camino, con una sonrisa y una maldición en los labios “este mundo está loco, que bien!” mientras las madres jaloneaban nerviosamente a los niños. El resto del público, parejas jóvenes, observaban la escena en silencio y sonrisa cómplice.

Parecían dormidos. Los ojos semicerrados y la respiración profunda. Lentamente, inclinandose hacia sí, volvían a abrazarse y a besarse. Los autos seguian pasando raudos. Separaron sus pechos una vez más y se les vió las bocas abiertas, dejando escapar breves gemidos apagados por el ruido de motores.

Se levantaron tranquílamente, acomodáronse las ropas y cuidándose de los carros, corrieron al otro extremo de la pista. La gente los miraba perderse entre los demás transeuntes. Vagaron hacia calles apartadas. Se alejaron unas cuadras más, cansados. La mujer se detuvo, apoyándo su rostro en el pecho de su compañero. Él la abrazó y elevó su breve cuerpo. En ningún momento dejó de abrazarla

la cargaba como a un infante, y ella lo abrazaba a su vez. Luego de caminar por otras calles ella pide que la baje. Sin soltar su mano, ella lo guia a algun lugar, le llama alegremente pero él regresa. Durante largo rato en la ciudad, manos distantes perdidas bajo las sábanas, atesoraban el vacío entre sus dedos, intentando creer que aún sujetaban los cálidos dedos del llamado.

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