Tú y estas dolorosas punzadas

Sale de tu ser, sale de tu rincón

es tu grito, es tu enferma ilusión
Tu gloria, tu amarillenta pasión
tu reyerta, tu rabia negra expresión
Y tu aki, adentro de mi
(una herida en el vientre)

Daniel F – Vientos epinicios



60 cm de largo, 5 ml de diámetro. Acero limpio, sin filo. Parecía un juego. Una marca en el pecho, bajo el hombro. Otra en el estómago, pero él no se acostumbraba al juego. Le hacía demasiado caso a este dolor del acero abriéndose paso a través de la carne. Con movimientos cada vez más torpes intentaba ser él – por alguna vez – causante de dolor.
Casi lo habíamos dejado de lado, ante su imposibilidad de jugar. En nosotros hallábamos mayor reto: el movimiento de un brazo para desviar tu acero y otro para darte una lección de dolor. Pulmón derecho. Tu rostro contraído apenas deja escapar un suspiro. Un paso atrás, acero fuera y en tus ojos las fervientes ganas de seguir jugando. El acero atravesando de un costado a otro mi cuerpo: Te detienes, como haces siempre que das un buen golpe – para disfrutar el momento, dices – Sujeto suavemente dicha mano, alejándola. La otra mano, rápida, sujeta el extremo saliente de la vara, extrayéndola de un solo movimiento. Olvidaba que para ti, esto es un juego – también lo debería ser para mí, supongo –. Como los otros orificios, sin sangre manando y sin problemas.
Continuamos. Cada vez creía ser más rápido: hincando, bloqueando, salvando, mientras aquel viejo buscaba un descuido mío. Antes de que terminase de desfallecer, lo dejé intentar. Así me vería: con el metal en la mano, alerta a lo que esté frente a mí, respirando con dificultad, fingiendo cansancio.
Quizás creería que estaba escondido en las sombras, silencioso él, a punto de – finalmente – atinar alguna vez. Se acerca sin ruido y extiende el brazo, mientras nota su obesa barriga tocada por un largo dedo frío. Baja la vista, suspira y se da por vencido. Deja caer su peso contra mí, hundiendo más aún mi acero en sus entrañas.
No me moví. Me extrañó ver a alguien tan exhausto en estos juegos. Ese cansancio me hizo pensar que quizás yo también debería estarlo. – vamos, que llevo más tiempo que él jugando este juego –. Erguí su rostro y observé aquellos ojos semicerrados. Esa blancura fluorescente, velada por las pestañas…
Y la tan familiar línea de acero vista desde un ángulo nuevo: Naciendo de mi vista - mi ojo izquierdo -, el metal continuó su ruta, para terminar de incrustarse en el rostro del cansado.
Es curioso pensar con qué facilidad olvidé que estabas en la habitación. Al observar el cuerpo inerte de aquél. Aquel rostro blanco, Aquella solitaria lágrima roja que vino a dar la bienvenida a tu acero. Ese segundo bastó para enamorarme de ella, de su púrpura brillante, y de su cuerpo cada vez mayor al tiempo que empezaba a explorar la mejilla que la vio nacer. Ella deseó ser carne mientras subía hacia mí, me miraba acercándose, reptando el metal, sedienta de mí, sedienta hacia mí.
Detrás mio, atontada por lo que acababas de hacer, apenas alcanzabas a cubrirte la boca de espanto, sin atinar a soltar la vara que penetraba mi cabeza.
Hasta que finalmente irrumpiste en mi contemplación. Ya no se movía y lo llevaste – casi a rastras – a un sillón. Cuidando no manipular la herida en su rostro, no tuviste reparo en arrancar el acero de mi vista desde el otro lado.
Con cuidado acomodas el cuerpo exánime en el mueble y tiras del metal. Restriegas un pañuelo sobre su mejilla y veo a mi amada lágrima destrozada entre tus manos. Tu ira, inexplicable, no se aplacaba. Te oí vociferar en la lejanía, poniendo en mi garganta el punto final de tu discurso. Nos miramos a los ojos un buen rato – para disfrutar el momento, digo ahora – hasta que finalmente, no pude resistir a las primeras señales de asfixia.
Removiste la punta con desdén, dejándome una sensación de frio en los labios. El sabor de la sangre no asomó. Un portazo después, ya habías desaparecido con el cadáver.
Respiré aliviado – al fin solo – para luego buscar en la mochila algo que comer. Ya quería irme. Tuve la idea de acercarme a la ventana y verte, aunque sea con un cadáver a rastras, pero me dediqué a hurgar en la mochila – no traje nada? – No escuché la puerta abrirse. Musitaste algo y luego te acercaste. Me tomaste del rostro, para luego llevarme a aquel sillón. Apenas sentí el fluir del metal abandonando mi cuerpo. Esta vez no hubo portazo, y solo quedé yo, en el sillón junto a la ventana, extrañado de ver un punto rojo a la altura del apéndice, un punto rojo indeciso para declararse hemorragia.
Afuera, una mujer cerraba una puerta y se acomodaba un cadáver a sus espaldas, pensando en llevarlo a descansar a quien sabe donde.

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